Avanzó marcha atrás por aquella calle hasta encontrar una entrada de parking. Allí realizó las pertinentes maniobras para dar media vuelta y no tener que salir de aquella calle de culo, mirando por los retrovisores continuamente sabiendo que se había quedado tuerto de uno de ellos. La encontró y no tardó mucho en dar la vuelta a su vehículo y ponerse de nuevo en marcha. Una vez realizada la maniobra, miró por el retrovisor central y vio por última vez a aquella cosa retorcerse en el suelo, sumida en la ligera nube de polvo que el coche levantaba. Roberto se preguntó por cuánto tiempo se tiraría ese ser retorciéndose en el polvo. Era una buena pregunta.
Miró a su derecha y vio el pico a su lado. Era un buen objeto, contundente y robusto. Como un flechazo en su cabeza, una imagen cruzó su mente. Una perla, ligeramente amarillenta y gastada. La perla que había saltado de la cabeza de aquel viejo cuando Roberto le asestó su mortal golpe con un pico igualito al que tenía a su derecha. Una perla que no era tal cosa, sino un viejo y gastado ojo, que cedió cortésmente su lugar para dejar paso al metal del utensilio que brutalmente atravesó el cerebro al cual estaba unido.
La imagen mental hizo que Roberto se estremeciera, alterando la trayectoria de su vehículo hasta tal punto que, de haber estado el retrovisor derecho aun en su sitio, hubiera chocado contra los retrovisores de los coches aparcados al lateral del asfalto, explotando en cientos de trocitos. Roberto, al percatarse de su desvío, corrigió de un volantazo su trazada y volvió al centro de la calzada, alejando la estremecedora imagen de su cabeza. Tragó saliva y continuó su travesía sin rumbo fijo.
El reloj de su coche marcaba la una del medio día y Roberto se encontraba en la situación de volver prácticamente con las manos vacías de su primera incursión para conseguir alimento. Había conseguido un pico, pero ese pico no le alimentaría y Roberto notaba que sus entrañas gruñían por la falta de sustento continuado al que había forzado a su cuerpo, el cual no estaba acostumbrado a periodos de ayuno prolongados. No tenía intención de volver a su piso, aun no. Debajo de su chaqueta, ahora sucia de arrastrarse por el suelo, Roberto notaba como su cuerpo sudaba debido a la pequeña carrera que se había pegado para escapar de sus captores. “Sudar es bueno…” se dijo para sus adentros, “…sudar es de vivos” matizó. Se sentía alterado, pero motivado a continuar su aventura en busca de comida pese a que tenía magulladas las manos y dolorido el trasero, así que decidió fijarse un nuevo objetivo para centrar sus pensamientos en otras cosas. De esta forma, su mente se centró en una gran superficie, alejada del núcleo urbano de su ciudad, ahora a unos dos o tres kilómetros de su posición, cerca del polígono industrial.
Ese supermercado, mucho más grande del que había intentado asaltar minutos atrás opondría menor resistencia a sus intentonas de abrirse paso hacia su interior debido a que su entrada estaba compuesta por consecutivas mamparas de vidrio que, gracias a la inestimable ayuda de su nuevo amigo, el pico, cederían con mayor facilidad que las molestas persianas metálicas.
No quiso pensar más. Se convenció de que aquella era una gran idea y puso rumbo a aquel supermercado. Realmente lo era, mucho mejor que su primera idea de asaltar un comercio mucho más pequeño. Era curioso como las grandes superficies optaban por mostrar sus escaparates impunemente, tras grandes cristales y con multitud de cámaras que amenazaban con grabarte mientras pertrechabas tus fechorías, chivándole a la centralita todo lo que su ojo electrónico había podido observar. Te podías llevar lo que te diera la gana, si no tenías miedo a armar un gran revuelo y destrozar una cristalera. Total, ¿acaso esos desperfectos no los pagaría el seguro? Luego la policía te atraparía o no. Lo importante es que el seguro pagara. En los comercios más modestos, donde no se prodigaban tanto ni las cámaras ni los seguros millonarios, optaban por una versión más ancestral de seguridad: Obstruir con metal la entrada. Efectivo desde tiempos inmemoriales. Y Roberto se había lanzado de cabeza contra el metal. Por norma general, gana el metal. Y así había sido. Sin medios, Roberto no había sido rival y casi lo paga con la vida, pero finalmente había podido evadir a sus lentos captores y escapar de una pieza. Ahora intentaría otra opción de abastecerse con algunos alimentos, sobretodo agua y comida enlatada, eso era de imperiosa necesidad, y si la cosa no se complicaba demasiado, Roberto había pensado que ya improvisaría sobre qué coger y qué no.
Entre esos y muchos otros pensamientos, Roberto pasó el puente que cruzaba por alto las vías del tren. Sorprendentemente, nada había distraído su atención de la carretera y de sus procesos mentales, dados casi por completo al noble arte de la divagación. A partir de ahí, ya se encontraba a las afueras de su ciudad. El siguiente giro a la derecha, a unos doscientos metros, le mostraría por fin la codiciada zona comercial y Roberto deseaba que estuviera totalmente desierta. Poco le faltaba para comprobarlo. Apretó el acelerador, el pobre motor de su coche rugió lo que pudo y se preparó para lo que quisiera que le estuviera esperando ahí delante.
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