Episodio XXXXIII

Aquella zona comercial era una nave industrial gigantesca, construida a base de planchas de metal ligero, cristal y hormigón. Estaba rodeada por otras naves, que hacían las veces de almacenes y concesionarios de famosas marcas de automóviles, de las cuales se diferenciaba por ser más colorida y poseer un cartel luminoso ostentosamente grande de un color rojo intenso. Había cambiado multitud de veces de nombre hasta que finalmente el pasado año fue comprada por una multinacional francesa, que había ampliado el parking esperando una mayor afluencia de clientes. Los Franceses no habían tenido mucha suerte y el mundo se había ido a la mierda mucho antes de lo que ellos hubieran esperado, sin embargo, a Roberto aquel extenso parking le venía de lujo, ya que así tendría campo abierto para ver si alguno de aquellos molestos zombis osaba seguirle.

Roberto se aproximó por la carretera mientras veía crecer las letras del cartel de la famosa marca de supermercados hasta contemplarlas en su total grandiosidad. A primera vista, estaba tan desierta como él hubiera deseado. Al llegar a la entrada del parking, las barreras estaban bajadas, salvo una que se encontraba medio levantada y por donde un coche pasaría sin problemas sin rascar su chapa. Se adentró en el parking sin hacerse demasiadas preguntas sobre qué o quién la había levantado y se aproximó hacia el gran aparador acristalado que era la entrada a la zona comercial mientras, concentrado, esquivaba hileras de carritos y finas columnas de acero que aguantaban una especie de techumbre, que protegía con su sombra a los vehículos de la lluvia o del justiciero sol de verano.

Pretendía acercarse lo máximo posible a la entrada del centro comercial, cosa que no supondría demasiados problemas, pues todo estaba tan desierto como Roberto hubiera deseado. El suelo de asfalto estaba sucio, pero no demasiado. Alguna bolsa de plástico rondaba por allí, danzando por efecto del viento, perseguida por numerosas hojas que se arremolinaban detrás mientras cruzaban la despejada zona de aparcamientos. Se notaba el abandono al que había sido sometido durante días, ya que junto a los postes que sujetaban la estructura que hacía las veces de techo se acumulaban montoncitos de hojas, papelillos y quizás colillas que el viento se había encargado de ir acumulando allí.

Roberto de vez en cuando recaía en esos nimios detalles mientras continuaba enfrascado en la misión de acercarse lo máximo posible a la primera hilera de líneas pintadas con pintura blanca, que delimitaban los márgenes de las plazas de aparcamiento. Todo estaba tan desierto que infundía cierto respeto. Llegó a escasos treinta metros de la entrada del centro comercial y finalmente pudo observar aquella codiciada cristalera, que en su imaginación había destrozado ya, a golpe de pico y cual fue su sorpresa al divisar algo que ni en sus sueños hubiera podido imaginar. Algo que cambiaba la situación drásticamente. Algo en lo que no había reparado y que le retornó de nuevo a la realidad, después de cuatro días en lo que todo había estado teñido de un tono onírico, un aire de febril ensoñación.

Aquella prueba no dejaba dudas. Era la evidencia de que Roberto no estaba solo en su cruzada por la supervivencia en un mundo de muertos-vivientes.

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Un comentario en "Episodio XXXXIII"

  1. Zombiman
    15/07/2010 at 13:50 Permalink

    Bien¡¡¡¡¡¡ Seguro que encuentra novia…..

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