La gran cristalera ocupaba en toda su extensión el frontal del achatado cubo que formaba el centro comercial. A cada extremo del aparador se encontraban tanto la entrada como la salida del recinto, a unos veinte o veinticinco metros la una de la otra. Las puertas automáticas por las que días atrás la gente se adentraba para realizar su compra semanal ahora se encontraban cerradas y aseguradas mediante sendas verjas metálicas, similares a las que tapiaban la entrada del otro supermercado, que minutos atrás Roberto había intentado vencer. El resto del gran escaparate se usaba para exponer productos del estilo “muebles de exterior” o “mesitas de camping” de bajo coste, que eran los nuevos productos estrella que la compañía francesa pretendía vender para ampliar su mercado más allá de lo puramente alimentario, y no tenían la protección metálica que sí disponían tanto la entrada como la salida.
En medio del acristalado expositor se encontraba un gigantesco agujero, de más de dos metros tanto de alto como de largo. En el suelo, alrededor del tremendo agujero, innumerables trocitos de cristal creaban una tupida alfombra centelleante bajo los rayos del sol. A izquierda y derecha del agujero, cientos de miles de grietas se esparcían por las diferentes planchas de vidrio, creando un estriado gradiente que se iba diluyendo a medida que se alejaban del punto del impacto. No cabía duda, aquello era un alunizaje en toda regla. Como los que había visto en la tele, cuando ésta aun emitía algo. Como los que él mismo había pensado en llevar a cabo. Y allí había alunizado un buen trasto, porque el agujero no era precisamente pequeño.
Alguien, sin duda alguien con una furgoneta o un todo terreno, había destrozado la cristalera para entrar dentro del supermercado y, con toda seguridad, abastecerse de víveres de primera necesidad. Roberto no se lo podía ni creer. Era muy probable que, allí dentro hubiera cosas aun más interesantes que latas de albóndigas en salsa, kilos y kilos de arroz o necesaria agua embotellada. Puede que allí dentro hubiera alguna pista que evidenciara la autoría de aquel saqueo, una pista de alguien que podría ofrecerle protección y cobijo. Tal vez, simplemente compañía.
Roberto saltó de su coche casi sin llegar a frenarlo del todo y corrió hacia aquella entrada improvisada, que se encontraba a unos veinte metros de su posición. Tras realizar un par de zancadas, rectificó su acción y giró ciento ochenta grados para volver al coche y hacerse de nuevo con el pico, el cual había olvidado entre tanto frenesí. Abrió la puerta del copiloto y tiró del mango hasta que el objeto salió por completo del vehículo, cerrando la puerta de un tremendo portazo. Volvió de nuevo hacia aquella improvisada entrada, corriendo por el asfalto del aparcamiento hasta que empezó a pisar los pequeños cristales que tapizaban el suelo. Los brillantes trocitos crujían bajo sus impetuosas pisadas. Frenó en seco, derrapando sobre ellos y haciendo que crepitaran con mucha más intensidad. Delante de aquel agujero Roberto tomó consciencia de su tamaño, pues no tenía ni que agacharse para pasar a través de él. Agarró el pico cerca de su pecho, apretando fuertemente ambas manos y miró hacia adentro, donde la oscuridad parecía absorberlo todo unos metros más adelante. Intentó tragar saliva pero su boca se había secado debido al nerviosismo. Su mirada parecía absorbida por aquella abrumadora oscuridad, Roberto se sentía atraído hacia ella, sus retinas intentaban vislumbrar algo allí, quizá algún ligero movimiento, pero no lo conseguía.
Comenzó a caminar, adentrándose en la cavernosa oscuridad de aquel centro comercial con el ritmo cardiaco disparado. Los cristales ahora parecían crujir furiosamente, como queriendo delatarle. Pero no pasaba nada, pues la oscuridad no ofrecía respuesta alguna a aquellos quejidos. Cruzó el umbral del agujero y se acercó lentamente, a la línea de cajas que se encontraban a escasos cinco metros de su posición. Aquello daba miedo y Roberto se sintió gilipollas al portar un pico y no una linterna. Sin duda, algún fusible o algún fallo fortuito habían causado que el aparataje eléctrico saltara, dando vía libre a la oscuridad para hacerse dueña del lugar. Por suerte, el invierno había propiciado que los alimentos frescos y los congelados no se hubieran podrido, sino allí dentro olería aun peor que la nevera de casa de sus padres. Sin embargo, Roberto no se acercaría a las neveras, ya que éstas estaban al fondo de los pasillos, a donde la luz, valga la redundancia, brillaba por su ausencia. Creía recordar donde se encontraban los productos que necesitaba. El agua y las conservas no estaban a demasiada distancia de su posición actual, sólo necesitaba un poco más de luz. Sólo un poco.
Se palpó los bolsillos y encontró el tabaco en uno de los bolsillos de su chaqueta. Sacó el mechero, lo encendió y contempló con cierto escepticismo el tamaño de la nimia llama que de él brotaba. Aquello sólo funcionaba en las películas. Se encendió un pitillo aprovechando la situación. Le quedaban cuatro. Tendría que empezar a preocuparse por ello, pero no en ese momento. Roberto tomó varias caladas mientras continuaba mirando a izquierda y derecha, obsesionado por la profunda oscuridad que se desplegaba ante él. Volvió a llevarse el cigarrillo a los labios y mientras el humo le llenaba la boca una idea tomó forma. Nunca mejor dicho, se le encendió la bombilla.
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