Roberto dio la espalda con cierto recelo a aquella inmensa oscuridad. Un escalofrío recorrió su espalda, como el que siente un niño cuando se tapa con la manta para evitar las monstruosidades que acechan en la oscuridad del cuarto cuando se tienen esas edades en las que la falta de luz resulta un reto casi insuperable. Imaginó como los duendecillos se reían de él, ahora que no miraba, escondidos detrás de las estanterías repletas de alimentos, protegidos por la oscuridad. Aquellos duendecillos sólo existían en su mente, pero eso no los hacía menos aterradores.
No obstante, había otras criaturas que también existían fuera de su imaginación. Aquellos muertos vivientes sí eran reales, así que Roberto se apresuró a poner en práctica su idea. Antes de que aquello se convirtiera en un hervidero de no-muertos, pues era probable que, como antes, le hubieran seguido. Parecía que rastreaban bastante bien y eso era un punto negativo para Roberto. El punto positivo era que también eran extremadamente lentos. Un punto muy, pero que muy, positivo a favor de su supervivencia.
Volvió corriendo al coche y se subió de nuevo en él. Encendió el motor de nuevo y, casi derrapando, colocó el coche tan cerca del agujero en el cristal que multitud de pequeños cristales rechinaron con fuerza bajo las ruedas del automóvil. Roberto paró de nuevo el motor cuando el morro del coche estuvo lo suficientemente cerca de la entrada como para obstaculizar su entrada por completo. Giró la llave hasta que el motor dejó de ronronear bajo el metal que lo ocultaba. Su mano izquierda se dirigió hacia el piloto de las luces y con un golpe de muñeca encendió los faros delanteros de largo alcance de su coche. “Hágase la luz” pensó. Y la oscuridad desapareció repentinamente delante de sus ojos.
Aquello no estaba nada mal. Los pasillos que quedaban justo delante del coche de Roberto se iluminaron casi por completo. El resto de pasillos, los que no recibían tanta luz, habían mejorado algo y Roberto pensó que, si no miraba a los faros mientras permanecía dentro del centro comercial, su vista se aclimataría a la oscuridad y no tendría problemas para encontrar cuatro productos básicos. Aguardó unos segundos en los que sus ojos escrutaron cualquier indicio de la presencia de esos molestos zombis y tras no detectar nada fuera de lo normal decidió no postergar más la espera, saliendo del coche a paso ligero y sin el pico.
Saltó sobre el capó del coche y se deslizó sobre él para sortear el bloqueo que su coche ofrecía en la entrada de la nave en una maniobra bastante peliculera, pero que había resultado efectiva. Ya estaba dentro del centro comercial de nuevo y, comparado con la situación de antes, ahora estaba mucho mejor. Aquellos duendecillos habían huido a lo más profundo de su mente. Donde la luz de aquellos faros apenas alcanzaba a iluminar.
Cruzó la línea de cajas que se extendía en paralelo al destrozado aparador y agarró uno de aquellos cestos de plástico que se amontonaban justo detrás del puesto de trabajo de las cajeras, usados normalmente para realizar compras menores como pizzas prefabricadas o cervezas de marca blanca junto a unas bolsas de snacks salados. Prosiguió su marcha y se introdujo en los pasillos mientras veía su sombra oscilante alargarse prácticamente hasta el fondo de la nave, donde la luz de aquellos faros casi no llegaba a alcanzar.
Había tenido suerte. Aquel pasillo estaba repleto de latas y pequeños saquitos que debían de estar repletos de granos de arroz. Encontró algunos de ellos por el suelo, obra de aquel desconocido superviviente, y eso hizo disipar cualquier duda sobre si debía o no hacerse con esos productos. Roberto había atribuido automáticamente a aquel desconocido todas las destrezas sobre supervivencia que él mismo desposeía. Una especie de Bear Grills post-apocalíptico. Se moría de ganas de encontrarse con él y que le explicara su aventura, sin apenas pensar en lo que tendría que contar él para justificar su encierro de tres días. Puede que con aceptar que era un cobarde bastase.
Alargó las manos y sin reparar en la cantidad, empezó a rellenar el cesto hasta recordar que tendría que meter muchas más cosas. El arroz estaba bien, era un buen sustento. Pero necesitaría muchas más cosas. Cogió algunos tarros de cristal que estaban llenos de legumbres indiferenciables las unas de las otras y las depositó también en el cesto que empezaba a pesar incómodamente en su brazo. Prosiguió y hasta la mitad del pasillo, donde creyó reconocer packs de latas de atún y repitió la operación de llenado del cesto.
Así continuó, recorriendo los pasillos que quedaban a la izquierda de aquella improvisada entrada. Encontró latas de comida en conserva y se hizo con un buen puñado de ellas sin distinguir entre ellas. Prescindió de gran número de cosas, pues Roberto se quería centrar en los alimentos más imperecederos que pudiera encontrar. Haciendo uso de los pocos recuerdos que tenía de aquel sitio finalmente encontró el pasillo, ya casi fuera del alcance de la luz de su coche, donde se encontraba el café y se hizo con diversos paquetes aleatoriamente. Por desgracia para él, no encontró azúcar por ningún sitio. Era un mal menor. Tendría que volver obligatoriamente a por más alimentos y si fuera necesario incluso, llevaría una antorcha.
Decidió retirarse por el momento. Con el cesto repleto de comestibles, se giró y la luz que había intentado evitar durante todo ese tiempo le fulminó las retinas. Roberto se vio obligado a colocar la mano con la que no agarraba el cesto sobre su cara para tapar sus ojos de la funesta luminiscencia de aquellos faros. Caminó rápido pero cauto, para no tropezar con cualquier objeto que hubiera por el suelo y que en esas circunstancias sería incapaz de esquivar. Finalmente llegó de nuevo a la línea de cajas y sintió una extraña sensación al cruzarla con aquellos comestibles en posesión. Apoyó la cesta de plástico sobre el capó del coche, que casi asomaba dentro del recinto por el agujero del aparador. Roberto tendría que saltar de nuevo por encima para salir a fuera sin desgarrarse su chaqueta contra los cristales rotos. No obstante, antes de que se dispusiera a saltar sobre su coche, recordó que había olvidado algo de suma importancia: el agua.
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