Episodio XXXXVII

La avenida del Pino Viejo, una calle de aceras estrechas y asfalto bacheado por efecto de las raíces de los árboles, situada en la zona alta del pueblo. De la misma manera que la zona residencial que Roberto había cruzado para llegar al mirador del parque del Garraf, donde había pernoctado la noche anterior, toda aquella zona estaba situada en la ladera de la pequeña ladera que coronaba aquel pino. Compuesta en su mayoría por casas de “alto standing”, con algo de suerte podías tener por vecino a algún famoso futbolista del Fútbol Club Barcelona.

Esa zona había proliferado de forma considerable en los últimos años y estaba compuesta casi exclusivamente por casas de varios pisos y bonitos jardines. Allí se mezclaban casas más antiguas, junto a otras de nueva construcción y diseño vanguardista. Por lo visto aquel o aquellos supervivientes no se lo habían montado nada mal. Una casa en esa zona no estaba al alcance de cualquiera y menos de Roberto, con su sueldo de becario.

El cómo Roberto había encontrado finalmente aquella calle era algo que ni el mismo podía entender. No había tardado demasiado. En menos de una hora había conseguido llegar gracias a su intuición y por suerte para él, aquella avenida no era una calle demasiado extensa, pues era de las últimas calles de aquella zona residencial. Dos calles más arriba, el asfalto y el ladrillo se acababan y empezaban los matorrales, las zarzas y los palmitos típicos de la flora de la zona.

Pese a que el día continuaba siendo soleado y poco invernal, el ambiente allí arriba era mortecino, como si fueran las seis de la mañana, con todas las persianas bajadas, los coches en los garajes y la pinaza de los pocos pinos de la zona esparcida por el firme, dando fe de que ni un alma se había dignado a mover por allí en días. Aquello le producía una sensación de desamparo y desconfianza. Roberto no había imaginado con demasiado detalle como sería su encuentro con los supervivientes de aquella masacre no-muerta, pero si algo tenía claro era que aquella estampa desolada no cumplía para nada con sus expectativas.

Roberto se había bajado de su coche en el cruce del serpenteante paseo por el que avanzaba en el momento de encontrar la ansiada avenida. Miró a izquierda y derecha con la esperanza de ver algún cartel, alguna señal, que identificara cual era el punto de reunión. No vio nada. Sólo la desmotivadora escena de soledad y abandono descrita. Allí de pie, con la puerta del conductor abierta, al tiempo que una leve brisa movía la hojarasca esparcida por el suelo, Roberto sintió como se le erizaban los pelos de la nuca e intentó girarse en un torpe movimiento, con los ojos tan abiertos que podrían haber caído rodando por su rostro. Con la extraña sensación de que unas manos estaban a pocos centímetros de su cuello, Roberto se preparó para sentir el frío de muerte de aquellas manos asiendo su cuello mientras giraba sobre sí mismo, preparado para contemplar de nuevo aquellos matices blanquecinos y tenebrosos en la cara de algún cadáver andante.

Nada. Tras de sí no había nada ni nadie. Sin embargo ese hecho no tranquilizó a Roberto, que seguía sintiéndose observado de un modo que no le gustaba ni un pelo. Su vista se centró en escudriñar las casas que tenía alrededor, estaba seguro de que en una de ellas encontraría a uno de esos muertos andantes observándole, con la boca desencajada, pero no conseguía localizarlo. Sabía que estaba allí, pero se negaba a revelar su posición. Las ventanas de aquellas casas, todas ellas cerradas y con las persianas bajadas prácticamente en su totalidad, ayudaba más bien poco al pobre de Roberto.

Un eléctrico escalofrío recorrió toda la espalda de Roberto haciendo que incluso sus extremidades vibraran nerviosamente. Roberto interpretó esa señal como un “mejor vuelve al coche” y sin dudarlo hizo caso a ese consejo. Saltó dentro del vehículo y acercó la mano izquierda, de forma involuntaria, al mango del pico que hacía las veces de copiloto. En esa posición de seguridad continuó revisando, de forma infructuosa, las fachadas de los edificios que le rodeaban hasta que no pudo reprimir un ligero grito ahogado. Roberto estaba totalmente cagado de miedo. Había estado en situaciones peores, pero esta vez se había generado una vaga expectativa y lo que había encontrado no se aproximaba lo más mínimo a esa idea mental. Si no fuera porque había revisado lo escrito en el papel una y otra vez, Roberto hubiera jurado que se había equivocado de dirección.

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