Desde dentro del coche se sentía algo más seguro, pero seguía con la extraña sensación de estar siendo observado. Decidió moverse de allí y recorrer la calle para ver si podía encontrar alguna pista que aclarase el dilema. Aunque más que eso, buscaba una pista que tranquilizara sus pensamientos, los cuales no cesaban que susurrarle que había sido víctima de una cruel broma, que allí no había nadie y que todas sus esperanzas eran en vano.
Aplicando cierta razón, Roberto intentó convencerse de que había miles de opciones más plausibles que la de ser objetivo de una jugarreta del destino y que, si no había visto a nadie, quizá fuese porque aquella persona había salido en pos de algunos víveres u objetos de necesidad. Aquel razonamiento no le pareció nada descabellado, él mismo estaba ahí fuera en busca de recursos para facilitar su supervivencia, intentando buscarse la vida. De este modo, Roberto pareció calmarse y ganó fuerzas para volver a poner en movimiento su vehículo. Si aquella persona tenía su centro de operaciones en aquella avenida, con mucha seguridad habría dejado alguna señal que lo indicara. Si no ¿qué sentido hubiera tenido dejar aquel mensaje sobre las garrafas de agua en el supermercado?
Decidió girar a su izquierda y comenzar con el escrutinio de ese lado de la avenida mientras sus nervios se calmaban a una velocidad más lenta de la que Roberto hubiera deseado. Giró su volante y cogió la estrecha avenida de un solo carril avanzando lentamente por ella, mirando cuidadosamente cada lado con la intención de encontrar aquella codiciada señal que delatara al superviviente. Roberto se sorprendió de la opulencia de algunas de las casas que observaba. Casi todas ellas eran casas de varios pisos, compuestas por un patio o jardín bastante extenso y una construcción bastante más moderna que las de la urbanización que había podido contemplar en su incursión nocturna en el Garraf. Las persianas de lo que parecían los dormitorios de las casas se encontraban bajadas en la gran mayoría y Roberto sospechaba que detrás de muchas de ellas habría alguna desagradable sorpresa para el que osara abrir la puerta. Por un momento, los pelos de Roberto hicieron el ademán de erizarse.
Recorridos unos cuarenta metros por aquella calle, una casa llamó la atención de Roberto por encima de todas las demás. Era una casa de dos plantas de obra vista marrón rojizo, protegida por un muro del mismo tipo de construcción con una valla metálica pintada de color negro y una puerta también metálica del mismo color y de aspecto bastante robusto. Su diseño, mucho más convencional que la gran mayoría de casas de la zona daba la impresión de ser anterior a las demás, aunque confería un encanto especial a aquella casa, con su típico techo de tejas en uve invertida.
Por norma general, la gran mayoría de casas que Roberto había revisado seguían el siguiente patrón: En la primera planta, donde con seguridad se encontraría el salón y la cocina, se mantenían las persianas de las ventanas subidas, mientras que en la segunda planta, las persianas estaban bajadas, indicando que desde hacía cuatro noches habían permanecido así. No obstante, esa casa era diferente a las otras radicalmente. Esa casa seguía un patrón opuesto: la primera planta mantenía todas las entradas bien cerradas, con las persianas echadas sin dejar un centímetro abierto, dando incluso la impresión de estar tapiadas, mientras que en la segunda planta las persianas dejaban entrar algo de luz, con un aspecto mucho más relajado. En esa casa alguien sí se había levantado aquel día, y también las siguientes, levantando a su vez las persianas para dejar pasar el sol de la mañana.
Había otra pista, aun mucho más clara que la anterior, que Roberto fue incapaz de pasar por alto. Tras la valla de color negro mate, que no era otra cosa que la entrada para vehículos de la casa, había un todoterreno color verde botella de grandes neumáticos aparcado en el pequeño camino de baldosas que llevaba desde la puerta metálica negra hasta una de color blanca que cerraba el aparcamiento del piso. La brillante chapa de la parte trasera del enorme vehículo estaba rascada y ligeramente magullada, así que a Roberto no le costó demasiado imaginar el por qué de aquellas marcas en el vehículo- Por su gran tamaño hubiera podido crear un gran agujero de dos metros de ancho y alto mínimo, justo como el que se encontraba en el aparador del centro comercial que acababa de visitar.
Ahora ya no tenía duda alguna. Había encontrado la casa que estaba buscando y, aunque le pesaba, la sensación que tenía no era para nada esperanzadora. El ambiente que se respiraba allí, en la avenida del pino viejo, era triste y deprimente. Aunque a Roberto se le ocurrió otro adjetivo. Según sus pensamientos, allí el ambiente estaba muerto.
Aparcó el coche sin preocuparse demasiado, a Roberto se le antojaba que no molestaría demasiado, y saltó pico en mano a la calle para poner fin a aquella situación que tan desquiciante se estaba volviendo. Había dejado el coche a escasos metros del muro de obra vista. Lanzó el pico por encima de la valla y cayó plácida y silenciosamente sobre el césped que había detrás. Roberto se miró las manos y las vio magulladas y salpicadas por pequeños coágulos de sangre en las palmas que indicaban lo movido del día. Y no había acabado aun. Dio unas palmas lo más silenciosas posibles para calentarse las manos y saltó sobre el muro para trepar sobre él y entrar en el pequeño jardín que había tras él.
Casi tropieza al quedársele un pie un poco atrás y engancharse la punta en la valla. Finalmente consiguió rectificar y evitar una caída de boca sobre el mullido césped. Aterrizó finalmente de pie sobre el césped con la extraña sensación que se le queda a uno cuando se ha librado de un buen golpe, como de haber despertado de sopetón de un extraño sueño. Miró atrás, al muro que había salvado, y pensó en lo perjudicial que hubiera sido para su dentadura caer de morros desde esa altura. Se estremeció por momentos y se incorporó para continuar con su faena. El pequeño jardín tendría unos quince metros cuadrados y estaba delimitado por un camino de baldosas que emulaban un sendero de piedrecitas. Ese camino se adentraba por el lado izquierdo de la casa, pegado al muro que separaba el terreno del contiguo. Pegado al caminito, había unas estrechas jardineras en las que había plantados unos arbustos que se adentraban junto a éste hacía la parte trasera de la casa.
Roberto ni se planteó la posibilidad de ir a la parte trasera de la casa de momento, estaba demasiado concentrado pensando cómo podría entrar en la casa. Acababa de darse cuenta que tanto las ventanas del primer piso como las del segundo estaban cerradas. Lo cual era lo más normal del mundo pues estaban en invierno y por las noches aun refrescaba. Durante unos minutos que parecieron horas, Roberto permaneció allí pensando en cómo introducirse en la casa. ¿Cómo no se le había ocurrido antes que, aunque saltase la valla, luego sería imposible entrar dentro? Pensó Roberto. Supuso que estaba demasiado cagado de miedo como para pensar con claridad.
Justo en la entrada principal de la casa, había un pequeño porche con un pequeño techo también cubierto de tejas, sobre el que se encontraban dos ventanas del segundo piso. Subirse allí sería complicado pero no imposible, no obstante Roberto dudaba que luego aquellas ventanas estuvieran abiertas y aun así, intentarlo implicaba bastante riego de resbalar y caer de espaldas en el camino de piedrecitas, que no sería ni de lejos tan mullido como el césped.
Una idea pasó por la cabeza de Roberto en ese momento. Se dijo que no tenía nada que perder por intentarlo. Si no funcionaba, que parecía lo más probable, miraría detrás para ver si podía localizar alguna otra ventana de más fácil acceso. Roberto se acercó a la puerta, hasta que finalmente sus pies quedaron encima del felpudo de la entrada. Se dispuso a apretar el botón del timbre de la casa, pero justo cuando su dedo se posó sobre éste Roberto se quedó petrificado. Miró hacia abajo y soltó una ligera carcajada, un tanto histriónica.
Aquello era descabellado. Pero, no sabía por qué, las cosas últimamente funcionaban así. Había que fiarse de las corazonadas. Quitó los pies de encima del felpudo, se agachó y lo levantó con expectación. Ahora la carcajada fue más evidente. Bajo el felpudo, una llave normal y corriente. Insultantemente vulgar, gastada por el uso y como recién sacada de un llavero. Sobre la cabeza de Roberto, una puerta. Era evidente y Roberto no albergó ningún tipo de duda, aquella llave abriría la puerta que tenía justo enfrente. No tendría que trepar, ni romper una ventana, ni ninguna otra idea descabellada. Sólo introducir la llave en la puerta y ésta se abriría. Sin magia ni artificio. Sólo una llave y una puerta. Así de fácil.
Sigue leyendo » Episodio I;
22/06/2010 at 17:31 Permalink
NOO!!!! que te van a volar la cabeza como pases sin llamar!!! Di hola??? hay alguien?? esas cosas!!! no asaltes una casa!! XDDDDDD
30/06/2010 at 17:41 Permalink
PON MÁS, QUE SE ESTÁ PONIENDO INTERESANTE.!!!!!
02/07/2010 at 16:08 Permalink
Estoy en ello! Ahora con las vacaciones veraniegas seguro que puedo dedicarme a escribir más en serio. En breve recibireis noticias fieles lectores!
15/07/2010 at 14:20 Permalink
Mas¡¡¡¡¡¡¡¡ carne fresca…..