De lo que pasó antes de que Roberto encontrara el cadáver inerte del ex-propietario y también ex-primer superviviente pocos recuerdos quedarían. La casa era más grande de lo que podía parecer desde fuera. En el primer piso se encontraba un recibidor, un salón bastante decente, la cocina y un pequeño lavabo. En el segundo piso había dos habitaciones, una de matrimonio y un cuarto dormitorio decorado con pósters de los ídolos pop del momento donde imperaban los colores pastel que pertenecía a la hija del propietario, un segundo lavabo amplio y espacioso y un despacho donde se encontraba el cuerpo reventado del hombre en el que Roberto había puesto tantas esperanzas.
La casa estaba decorada de forma sobria pero acogedora. Los muebles eran del color del ébano y no faltaba ningún electrodoméstico de nueva generación que Roberto pudiera echar en falta salvo la videoconsola, cosa que no supuso ningún problema pues la podría poner él. Su modesto piso quedaba a la altura lado del betún a todos los niveles comparado con aquella casa. Y no solo en cuanto a decoración el ex-superviviente aventajaba a Roberto, durante los días en que Roberto había estado encerrado en su trastero, aquella persona se había molestado en confeccionar una espléndida despensa con todo tipo de alimentos, fármacos e incluso gasolina para hacer funcionar un pequeño generador eléctrico que estaba situado en la pequeña caseta de obra que estaba situada en la parte trasera de la casa, junto a una pequeña piscina de racholitas azul turquesa. Si no fuera invierno, Roberto se hubiera alegrado mucho de disponer de ella. De momento, el generador no le haría falta pues milagrosamente la electricidad seguía llegando a todo el aparataje eléctrico de la zona. Aunque a Roberto se le antojaba que duraría poco.
Roberto encontró el cuerpo poco después de cruzar la puerta de la entrada. Se había propuesto inspeccionar la casa por si acaso. El olor al entrar era agradable, como huelen los hogares. No obstante, todo estaba tan en calma que a Roberto se le pusieron los pelos de punta. El todoterreno aparcado en la entrada del parking le había hecho sospechar pues Roberto bien sabía que no era muy seguro salir a pie a merced de aquellos muertos que pese a ser lentos podían acabar dándote una sorpresa muy desagradable. En cuanto subió al segundo piso, el aire era como más espeso y una fragancia dulzona se intuía en el aire. Todas las puertas excepto una estaban cerradas. La puerta cerrada era la del despacho. En cuanto Roberto la abrió se encontró con la sorpresa que le aguardada allí.
Un hombre, de unos treinta y tantos quizá, aguardaba sentado en una butaca de algo similar al cuero al lado de un escritorio y un ordenador portátil cerrado. Sobre el pequeño portátil había una libretilla de tapas negras cerradas mediante una goma elástica para evitar que se abriera. Entre sus manos tenía agarrada una escopeta de dos cañones que le recordó a una similar que tenía su abuelo, que era un gran aficionado a la caza. Con los cañones apoyados en el pecho apuntando a lo que otrora fue su barbilla y el dedo índice de su mano derecha en el gatillo. Iba vestido con unos tejanos y una camiseta blanca que más bien era de un color rojo oscuro debido al torrente de sangre que había caído sobre ella. Roberto solamente pudo poner cara al cadáver una vez empezó a recoger todos los efectos personales que no le iban a resultar útiles en el futuro, entre los que se encontraban fotografías de él y su familia. La sangre había salpicado las paredes y los estantes de aquella pequeña habitación. Sin embargo Roberto había contemplado la escena mucho más sereno de lo que él mismo hubiera podido imaginar. No sabía por qué, pero antes de abrir aquella puerta, ya se imaginaba encontrar una escena similar.Y ahora, en la escena del “auto-crimen”, aquello parecía un capítulo de CSI, con pelele de silicona muy bien realizado incluido.
Roberto se había hecho con la libreta sin saber bien por qué y milagrosamente ni una gota de sangre había caído sobre ella. La guardó en el bolsillo trasero de su pantalón.
En las fotografías, aquel hombre era un hombre delgado de pelo negro corto y algo escaso, corpulento y de una altura similar a la suya. Junto a él en muchas de ellas, la que debía ser su esposa, una guapa mujer de piel blanca y larga cabellera rubia y una chiquilla menuda que sin duda había salido a su madre pues compartía sus rasgos eslavos. Roberto no tenía ni idea donde se podía encontrar tanto su mujer como su hija. No quiso pensar demasiado en ello y se deshizo lo más rápido que pudo de todas aquellas fotografías metiéndolas en unas bolsas negras de basura que había encontrado. Una vez terminó de recoger todos aquellos efectos personales y depositarlos en la cocina en dos grandes bolsas, Roberto se dejó caer sobre el sofá notando la dureza de las tapas de la libreta en una de sus nalgas.
Allí era donde se encontraba Roberto en esos momentos, con aquella libreta entre manos. Una pequeña libreta de notas negro con una cinta elástica del mismo color rodeando sus tapas. Quería abrirlo, pero a la vez le daba miedo. Era como si aquella goma elástica fuera infranqueable. Sus manos no osaban acercarse a ella.
Sigue leyendo » Episodio II;
10/08/2010 at 17:54 Permalink
Que hijoputa, lo primero que hace es tirar todas las fotos de la familia del pobre hombre!! xD