Episodio II

El sofá era grande y cómodo, tres personas cabían allí perfectamente y Roberto intuiría luego que allí uno se podría pegar una buena siesta. Pero en aquel momento, la siesta no era precisamente lo que más le preocupaba. Allí, entre sus manos, la libretilla negra de bolsillo era lo único en que Roberto podía pensar.

Finalmente se obligó a retirar la goma elástica y liberar las tapas de negro cartón endurecido. Revisó las primeras páginas y pasó por alto diversas notas que no parecían contener nada importante. Algunos números de teléfono, notas sobre cosas por hacer y otras tachadas que debían de estar hechas ya. Pasó otras cuantas páginas más y su atención se centró en una lista de productos que le sonaron familiares, la gran mayoría de las cosas que había apuntado estaban tachadas, cosas como gasolina, comida en lata, agua, cartuchos para la escopeta y otras tantas cosas, unas tachadas y otras no. Aquello se ponía interesante. Pues Roberto no tenía dudas de que aquellas notas habían sido tomadas después del incidente. Pasó unas páginas más. Divisó algunos garabatos indescifrables, un gran tachón y por fin encontró lo que andaba buscando. Era un texto que ocupaba varias páginas y que comenzaba indicando una fecha, día, mes y año. Roberto imaginó, sin atreverse a leer lo que allí ponía de momento, que aquello era una carta de despedida. La fecha era del día anterior, del día en que Roberto decidió escapar de su clausura y enfrentarse al nuevo mundo fuera de los límites de su trastero.

A Roberto le invadió un sentimiento de culpa y pena. Si hubiera salido antes de su encierro, si no hubiera sido un cobarde, quizá ahora mismo estaría disfrutando de una cerveza muy fría en compañía de la persona que, un piso más arriba, estaba sentada en su butaca, con los cañones de la escopeta apuntando bajo su barbilla, con la cabeza pulverizada en incontables trocitos esparcidos por las paredes.

Notó como sus ojos se humedecían y se le secaba la boca mientras la piel de sus brazos se erizaba bajo las mangas de su chaqueta. Se deshizo de ésta, dejando la libreta apoyada boca abajo en la página donde empezaba aquella carta póstuma. Sus últimas palabras, dirigidas a él. Roberto se obligó en ese momento a no demorar más aquella lectura. Notaba que se lo debía a la persona inerte que le esperaba allí arriba, así que hizo de tripas corazón y comenzó a leer para sus adentros.

Leyó durante unos treinta minutos que para Roberto pudieron ser horas. Paró a la mitad para ir a buscar agua a la cocina, donde encontró unas ocho garrafas, idénticas de las que Roberto tenía en su coche, apiladas al lado del frigorífico. Bebió largamente hasta que el agua le cayó por la comisura de los labios hasta mojarle la camiseta y luego pasó por el lavabo para mear y refrescarse la cara y la nuca con agua fría, pues su frente sudaba debido a los nervios. Nunca había leído algo tan intenso, tan visceral ni tan sincero. Antes de continuar con la lectura, tragó saliva.

Cuando finalmente acabó de leer, cerró la libretilla y volvió a asegurar las tapas con el elástico, para guardarla en un bolsillo de su chaqueta. La carta era una despedida, tal y como Roberto había imaginado. Pero también era un manual de supervivencia resumido. Y un deseo de continuar con lo que aquel hombre había empezado. Allí se encontraba descrito de forma resumida el calvario por el que había pasado durante los días que Roberto había estado encerrado, hasta que los acontecimientos habían precipitado que aquel hombre desesperado pero de mente fría y analítica acabara por usar su escopeta contra sí mismo.

Roberto miró el reloj de su teléfono móvil. Eran las seis de la tarde y, pese a que las persianas estaban bajadas, intuyó que debía de estar anocheciendo. Por lo que había leído en aquel manuscrito, en esa casa se escondía otra desagradable sorpresa a parte de la que aguardaba inerte en el despacho del segundo piso. La otra sorpresa estaba fuera, en una caseta de obra al lado de la piscina de detrás de la casa, y por lo que había podido averiguar gracias a la lectura, no estaba tan inerte como la primera.

Roberto se levantó del sofá con las piernas agarrotadas por el miedo y las manos temblorosas. Pese a lo que él le gustaría, el día no había acabado. Y no tenía pinta de que fuera a acabar pronto. Tenía cosas por hacer y le iban a ocupar bastante tiempo. Además, estas tareas no estaban ni mucho menos exentas de riesgo. Así que Roberto se convenció para hacer la más peligrosa de ellas en ese mismo momento, cuando la luz del día aun le amparaba. Recorrió el camino de vuelta al despacho lenta y pesadamente. El peso de la penitencia. Era lo que la última voluntad de aquel hombre le mandaba hacer y tenía intención de cumplirla, pues se sentía de alguna manera culpable.

Empujó la puerta del despacho y clavó sus ojos en la escopeta entre las manos de aquel cadáver. La arrancó de sus brazos rígidos y fríos con un tirón brusco y se fue de allí sin mirar atrás. Mientras bajaba por la escalera consiguió abrir la recámara del arma y se alivió al ver que aquel pobre hombre había tenido la decencia de usar solo uno de los dos cartuchos, uno por cañón, que había cargado en el arma. Sacó el usado y lo arrojó al suelo. El cartucho vacío rodó escaleras abajo entre los pies de Roberto. Cuando estuvo de nuevo en el primer piso cerró de nuevo el arma y se dirigió a la puerta con el arma a punto, pensando que el sonido que hacían las armas de verdad no se parecía en nada al sonido que el cine de Hollywood de había enseñado.

Sigue leyendo » Episodio III;

Un comentario en "Episodio II"

  1. z33k
    16/07/2010 at 5:14 Permalink

    Buenisismos los ultimos capitulos, parece que está condenado a seguir solo el pobre Roberto.

    Saludos

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