Episodio III

Roberto se dirigía a la puerta de nuevo, habiendo cambiado el pico por una escopeta. Su objetivo se encontraba detrás de la casa, por el camino que se abría paso hasta detrás, donde se encontraba la piscina. Su atención estaba totalmente centrada en el arma que tenía entre manos. Aquel trasto pesaba que daba gusto. Roberto lo inspeccionaba con la mirada e intentaba mantener los dedos alejados del gatillo, por si acaso. El arma era larga, de unos noventa centímetros, los dos cañones paralelos eran de un color metálico oscuro y azulado tan pulido que uno podía verse reflejado en la oscuridad de su tonalidad, la culata era de madera maciza, pulida y barnizada hasta la saciedad, tanto que Roberto dudó de que no fuera de plástico. Los cañones se podían abrir dejando a la vista la recámara para dos cartuchos y mediante una especie de pestaña de metal negro se podía seleccionar el cañón que efectuaría el disparo al apretar el gatillo. Roberto cambió la posición del seleccionador para habilitar el cañón que se encontraba cargado.

Justo antes de salir, Roberto se aseguró de llevar las llaves de la puerta principal encima antes de cruzarla. Se palpó los bolsillos y reconoció su forma. Alargó la mano derecha y cogió el manojo de llaves donde había leído que se encontraba la llave de la caseta de la piscina y se lo guardó en el mismo bolsillo donde llevaba las otras llaves. Aquel hombre había detallado todas las instrucciones para no dejar ningún cabo sin atar.

Cuando salió de nuevo al exterior la luz diurna comenzaba a escasear y el sol ya se ocultaba detrás de las montañas que quedaban al oeste de allí. Roberto se apresuró a recorrer el estrecho camino de baldosas ladeado por arbustos y setos que llevaba a la parte trasera de la casa. Allí detrás le esperaban la pequeña piscina de unos seis metros de largo, rodeada por una parcela de césped y al fondo, pegada al muro que delimitaba los límites de la casa con el bosque que se extendía atrás, una caseta de obra de poco más de dos metros de alto, con una puerta de madera baja y un techo de tejas igual al de la casa. Allí dentro, aguardaba su objetivo. El difunto había encerrado allí algo a lo que no había sido capaz de hacer frente. Roberto debía coger el testigo.

Caminó por el borde de la piscina, cauteloso, y se posicionó en frente de la puerta. Durante un instante, tuvo el impulso de apoyar la oreja sobre la puerta para escuchar lo que estuviera pasando dentro, pero desechó esa idea y empezó a probar llaves con la intención de encontrar la que coincidiera con la cerradura. Roberto intentó ser lo más silencioso que pudo, pero fue inevitable silenciar el sonido de las llaves al moverse o el de la cerradura intentando abrirse. Finalmente, una se introdujo con una facilidad pasmosa. Por fin la había encontrado.

Roberto dejó la llave introducida por unos segundos y miró de soslayo la escopeta que cargaba entre manos. Realmente tenía dudas sobre si había colocado correctamente el seleccionador de disparo. Dudaba de que, al accionar el gatillo, el cartucho no detonara. De hecho, no se atrevía ni a poner el dedo sobre el gatillo. Como si su dedo fuera a tomar conciencia propia y no pudiera controlarlo en aquel delicado momento. Finalmente se dejó de preámbulos y abrió la puerta. La empujó nerviosamente para que se abriera y por una fracción de segundo Roberto contempló la oscuridad que reinaba dentro de esa caseta sin ni siquiera una ventana. Acto seguido Roberto saltó a la derecha de la puerta, apoyando su hombro contra pared.

Se colocó la culata de la escopeta en el hombro y la aseguró allí con todas sus fuerzas apuntando a la nada, esperando lo que pudiera cruzar la puerta. Contuvo la respiración inconscientemente y, por fin, colocó el dedo índice de su mano derecha sobre el gatillo. El metal estaba frío como el hielo y un pequeño calambrazo nervioso le recorrió el brazo hasta llegarle al cuello. Seguía dudando de si conseguiría disparar el arma. Era su primera vez y a Roberto no le gustaban nada las “primeras veces”, le ponían muy pero que muy nervioso.

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