La improvisada pira ardió durante horas, iluminando la calle con una luz mucho más intensa que la proporcionada por las escasas farolas de aquella avenida, tan alejado del centro de la ciudad. La había confeccionado a base de maderos secos que Roberto había encontrado en la caseta de la piscina, disponiéndolos en el asfalto de la calle, enfrente de la puerta de la casa, como si de un lecho se tratase. Sobre los maderos Roberto había dispuesto los cadáveres descabezados del padre y de la hija, uno sobre otro, rodeados por los objetos personales que Roberto había retirado horas antes. La libreta de tapas negras también tenía un sitio en la pira, en ella había leído que en el parking había tres pequeños depósitos de gasolina de cinco, ocho y diez litros cada uno. Los tres estaban repletos de gasolina que aquel hombre se había esforzado en recolectar de los coches igual que lo hiciera él mismo días atrás, usando un trozo de manguera. Con esa gasolina había iniciado el fuego que ahora ardía, consumiéndolo todo con sus altas llamas rojas y crepitantes.
Había sudado la gota gorda para bajar el cuerpo del hombre que yacía postrado en la butaca del despacho. Lo había envuelto en una sábana y lo había bajado cargándolo entre sus brazos por las escaleras. El cuerpo de la niña había costado menos, también envuelto en un sudario que no era otra cosa que otra sábana más. Mientras lo llevaba fuera, entre sus brazos, Roberto había temido que unas manos pequeñas y frías surgieran de entre los pliegues de la sábana y se le aferraran al cuello, pero por suerte para él, aquello finalmente no había ocurrido. Parecía que realmente aquella niña había muerto de una vez y para siempre. Tras sacar los cuerpos afuera, los brazos le dolían a rabiar.
A Roberto le hubiera gustado poder enterrar los cuerpos junto al de la mujer adulta, que había sido enterrada detrás de casa, en el bosque, pero descartó esa opción pues era muy tarde y prácticamente ya era de noche. Si acaso al día siguiente, por la mañana, cuando los huesos aun estuvieran calientes, Roberto los enterraría junto a la esposa y madre, pero esa noche no. Esa noche arderían allí fuera.
Una vez el fuego fue iniciado y la oscuridad se hizo evidente, Roberto volvió al interior de la casa. No había sido molestado por ninguno de aquellos muertos vivientes que lo habían increpado en el centro del pueblo, había podido montar la pira sin problemas, poner los cuerpos y mantenerse allí, fumando uno de sus últimos cigarros mientras el fuego comenzaba a consumirlo todo. Cuando estuvo seguro de que las llamas ya no se apagarían, entró dentro de la casa. El olor a carne asada era inmundo.
Se quedó en el salón, con todas las persianas bajadas excepto la que daba a la calle, desde donde Roberto podría observar el fuego. Encendió el televisor y el DVD. Allí al lado del reproductor había unas cuantas películas que le ayudarían a desconectar un poco y, con suerte, se quedaría dormido. Rebuscó en la hilera de DVDs, casi todos eran ediciones que regalaban el domingo con el periódico, pero a Roberto le pareció perfecto. Entre ellas encontró Excalibur, de 1981, y Roberto supo que había encontrado lo que andaba buscando. Era perfecta, épica y larga. Sublime y aburrida a la par. Sin
duda le ayudaría a desconectar y también a dormir.
Finalmente descartó la idea de cenar algo, pues tenía el estomago cerrado por el olor de la carne humana quemada y los nervios, se tumbó en el sofá y pulsó el botón del play en el mando del DVD. Mientras el fuego seguía danzando afuera, sobre el asfalto, Roberto se transportó a la antigua Inglaterra, se puso en la piel de Uther Pendragón y luego en la del Mago Merlín, Lancelot y Arturo. Desde que vio por primera vez aquella película, con tan solo 12 años, Roberto quedó fascinado con aquella historia y pese al paso de los años, cada vez que la veía sentía algo mágico en el ambiente. Aquella noche no fue diferente. No serían ni las nueve de la noche y Roberto cayó dormido a mitad de la película.
Soñó, pero no con héroes de antaño, en tierras que no conocía. Soñó con el héroe que ardía fuera, bajo la luz de la luna.
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