En su sueño Roberto se despertaba de madrugada, pero no estaba tumbado en el sofá, estaba en una cama de matrimonio, grande y espaciosa, tapado con una sabana y un plumón. El ambiente era cálido bajo las sabanas y Roberto se sentía muy cómodo. Giró a su izquierda y se encontró con un cuerpo tumbado de lado en la cama, dándole la espalda. Aun era de noche, pero algo de claridad entraba por la ventana. La suficiente para hacer brillar los cabellos dorados de su acompañante. La conocía, pero no sabía su nombre.
Roberto le puso una mano en la cintura, en un gesto de cariño, y notó el frío. Sobresaltado salió de la cama sin importar la diferencia de temperatura que había dentro y fuera de la cama. Miró el reloj que había dispuesto sobre la mesita de noche y el reloj marcaba las cinco y diecinueve minutos. Sentía una sensación extraña, ese era su hogar y a la vez no lo era. Sabía donde estaba pero estaba desorientado. Dio la vuelta a la cama y se puso enfrente del cuerpo tumbado y frío. Era una mujer muy bella. Su pelo era rubio y largo y brillaba de forma mágica a la luz de la luna que entraba por la persiana medio bajada de la ventana. Los rasgos de su rostro eran finos y delicados y la piel de su cara lucía un blanco que era a la vez fúnebre y cautivador. Roberto le puso una mano en la frente para confirmar la temperatura y notó como la mano se le helaba, posada entre su piel y cabellos. Estaba muerta, no obstante la tranquilidad de su rostro hacía pensar en que su transito de la vida a la muerte había sido de lo más armonioso.
Roberto comprendió todo en ese momento. Sabía donde estaba, que día era y lo que iba a pasar. Lo había leído en una libreta de color negro con una goma elástica que cerraba las tapas.
Salió del dormitorio y caminó hacia otra habitación. En el pasillo la oscuridad era prácticamente absoluta. En cuanto estuvo enfrente de la puerta, sintió un escalofrío. Roberto la recordaba, era una habitación de colores pastel y pósters de ídolos pop. Quiso no abrir la puerta pero su mano no le obedeció y agarró el pomo firmemente. Roberto no era más que un observador. La habitación estaba totalmente a oscuras y solamente se intuían líneas que formaban vagas formas. Se acercó a la cama y durante un instante permaneció allí en pie, escuchando el silencio. Finalmente posó su mano sobre la cabecita que estaba apoyada en la espalda. Frío de nuevo. Por un instante notó un reflejo en la oscuridad, unos ojos mirando en la noche, al lado de la mano que tenía apoyada en la cabeza de aquella niña y sintió miedo. Quiso retirarla pero unas manitas frías se aferraron a su brazo con una fuerza para nada normal en una niña de aquella edad. Roberto tiró hacia atrás, trastabilló y cayó de espaldas con el peso del cuerpo de la niña encima.
Finalmente se pudo deshacer del cuerpo lanzándolo hacia atrás con todas sus fuerzas y se levantó a trompicones dirigiéndose al marco de la puerta. Reptó fuera de la habitación en dirección a su cuarto dormitorio de nuevo y, a medio camino, giró la vista atrás. Su vista se debía de haber acostumbrado a la oscuridad porque ahora veía claramente el cuerpo de menos de metro y medio de pie, tras él. Roberto, o como se llamase, porque Roberto no era más que un observador, enfrentó al cuerpo muerto pero animado. En un segundo sintió amor, pena, rabia, miedo y tristeza absoluta. De la boca de Roberto surgieron palabras, frases, preguntas. Pero sonaban lejanas y distorsionadas, imposibles de descifrar. No obstante, no hubo respuesta. Lo único que hizo la que la noche anterior debía de ser su preciosa hija, espejo de su preciosa mujer, fue alzar los brazos abrir la boca y avanzar unos pasos. El sonido lento y flemoso que surgía de la caverna que era su boca llegaba a sus oídos sin la menor distorsión como un susurro espantoso.
Acto seguido los cuerpos chocaban y Roberto conseguía encerrar aquel pequeño cuerpo en su habitación de nuevo. Escuchaba como las mandíbulas de la chiquilla se cerraban y se abrían una y otra vez, con saña, y como los dientes chocaban con violencia repetidas veces. El poco peso del cuerpo sin vida de la niña había facilitado la faena. La puerta de la habitación se cerraba entre ellos dos y por unos minutos, se volvía a hacer el silencio. De nuevo: amor, pena, rabia, miedo y tristeza absoluta.
Ahora Roberto estaba fuera de la casa. Había sido sólo un pestañeo y allí estaba. Reconocía aquel lugar, había una piscina, césped y una caseta de obra. Llevaba unas llaves en la mano pues no tenía bolsillos y sentía el frío de la madrugada en su piel. Su mirada bajó y Roberto pudo ver por un momento que vestía unos calzoncillos holgados boxer y una camiseta de algodón. Al levantar la vista ya estaba en frente de la puerta de la caseta y su mano hacía girar la llave dentro de la cerradura por dos veces y la puerta se abría hacia dentro en el más absoluto de los silencios. Dentro había una taquilla con una escopeta de dos cañones paralelos y diversas cajas de cartuchos de munición. Cogió la escopeta y dos cartuchos y volvió tras sus pasos cargando el arma que llevaba entre las manos.
Para cuando llego a la casa de nuevo el arma ya estaba cargada y lista. Subió los escalones hasta el segundo piso con cautela y se paró ante la puerta del cuarto de la niña. Aguardó hasta que la vista se le acostumbró totalmente a la oscuridad para abrir la puerta y cuando lo hizo, pudo contemplar la silueta oscura de la que fuera su hija, no la hija de Roberto, la hija del que Roberto era en ese momento.
Estaba de pie, inmóvil, a dos metros de su posición y parecía no tener la menor intención de moverse. Su respiración, si es que respiraba, era un siseo tembloroso e irregular. Roberto deseó disparar con toda su fuerza, pero sabía que era inútil. De nuevo recordó que era un simple espectador. Los cañones la apuntaban, pero la chiquilla no se inmutaba. Quizá también supiera que no podría disparar.
Roberto sabía lo que ocurriría a continuación, pues lo había leído. Aquel sueño seguía siendo una recreación bastante fiel de lo que había leído en la libreta negra, en el diario de aquel hombre muerto. Pese a saberlo, sufría y temía por lo que pasaría a continuación. Incapaz de efectuar el disparo, dejó la escopeta apoyada en la pared y avanzó dentro de la habitación. Como si fuera un espejo, la niña avanzó también al encuentro. En un movimiento rápido, Roberto la cogió por la cintura y la levantó, cargándola como un saco de patatas sobre el hombro mientras ella se revolvía, agitándose como una posesa. Notaba que la niña lanzaba de nuevo dentelladas pero desde aquella posición no acertaba ni una.
A paso ligero, Roberto bajó las escaleras ágilmente, corrigiendo los desequilibrios que le producía el pequeño y revoltoso cuerpo que cargaba. Corrió y corrió hasta llegar fuera de la casa de nuevo, en dirección a la caseta de la piscina. Quedaban pocos metros cuando se golpeó un pie con un bordillo y se desequilibró. En ese instante, la niña que cargaba al hombro, a punto de caer, se aferró a su cuello y le asestó un mordisco en la nuca de una contundencia sobrehumana. Roberto notó como los dientes se hundían en la carne y como un calambre recorría la espalda hasta las piernas, que flojearon y por segunda vez estuvo a punto de caer.
Finalmente consiguió encerrar el cuerpo de la niña en la caseta de la piscina. Notaba el cuerpo sudado y húmedo del esfuerzo y las piernas le ardían. Un brazo pasó por delante de la vista de Roberto en dirección al cuello. Roberto se había dado cuenta del mordisco porque sabía lo que iba a ocurrir, sin embargo, el cuerpo al que estaba conectado parecía ser conciente hasta ahora. La mano se posó ante sus ojos con los dedos abiertos, mostrando la palma. Los dedos manchados de sangre en la oscuridad de la madrugada eran negros como el carbón.
Sigue leyendo » Episodio VII;
No hay comentarios en "Episodio VI"