Episodio VII

Roberto se despertó acto seguido. Excalibur aun no había acabado. Carmina Burana sonaba por los altavoces del televisor mientras en la pantalla multitud de caballeros con espléndidas armaduras de acero cabalgaban a lomos de corceles ataviados para la batalla. Sabía que escena venía a continuación. Roberto se desveló y decidió ver acabar la película. Pasaron los minutos y en un baile de sombras Arturo se batió con Mordred, pertrechado con su armadura de oro. La lanza de éste ensartó a Arturo en el pecho, atravesándolo a la vez que este acababa con Mordred usando su magnífica espada de Rey, Excalibur.

A Roberto siempre le había parecido que era un final algo soso y técnicamente pobre, pero le fascinaba el desenlace. Padre e hijo mueren, el uno a manos de otro. No podía ser de otra forma.

Se levantó del sofá únicamente para apagar la televisión y el DVD y volvió a acostarse en el sofá. Se colocó boca arriba, recordando su extraño sueño y analizando el final de la película, saltando de un recuerdo a otro sin orden ni concierto. Había sido un sueño raro, recordaba haber revivido lo leído en aquel extraño diario. Las últimas palabras de aquel hombre muerto manuscritas en la libreta. Había sido una lectura inquietante, pero Roberto no se sentía perturbado en exceso. El sueño volvió a hacer acto de presencia y sin que se diera cuenta, volvió a quedarse dormido y el sueño continuó.

Volvía a estar de nuevo en la parte de atrás de la casa, en la zona de la piscina. Pero no era una piscina lo que tenía delante. Era un lago de aguas verdosas de un color apagado. Estaba amaneciendo y el cielo se teñía de un azul claro tan apagado como el color de las aguas. Al fondo, detrás de aquel lago, un extenso bosque verde oscuro y muy frondoso se extendía hasta donde la vista podía alcanzar. Roberto se encontraba a escasos metros del agua y su mirada estaba fija en un punto, donde unas burbujas emergían a la superficie, liberando el aire que contenían dentro.

De pronto, allí donde las burbujas se fundían con el aire de la atmosfera, una punta centelleante emergió de las profundidades. La punta metálica surgía más y más del agua, lenta y constantemente, relampagueando centellas de luz blanca y tranquilizadora desde la punta. Era un trozo de metal, afilado y esbelto, del color de la plata, pero brillaba como no había visto brillar jamás objeto alguno. El brillo dolía en los ojos, pero era un dolor reconfortante y tranquilizador, que hacía imposible retirar la mirada del objeto.

La punta metálica surgía progresivamente de las aguas y se iba haciendo más gruesa a medida que sobresalía más y más de las aguas. Roberto lo entendió rápido. Era una espada, era su Excalibur. De pronto, cuando el filo había sobresalido unos setenta centímetros del agua, una empuñadura del color del sol surgió de las aguas con un brillo aun más potente que el anterior. Éste, a diferencia del brillo del filo, era dorado y potente, cegador. Roberto tuvo que taparse la mirada por un momento. Cuando se hubo acostumbrado al refulgente destello, advirtió una mano agarrando el mango con fuerza. Una mano enguantada en un guantelete metálico oscuro, casi negro, decorado con lazos de alga, como si aquella cosa llevara años aguardando la llegada de Roberto debajo de las aguas dulces del lago.

Mientras la armadura surgía del agua agarrando la espada cegadora con el brazo derecho en alto, Roberto iba viendo aparecer las partes metálicas de ésta. Primero el guantelete, el brazo reforzado con el acero, las finas capas protectoras de metal de la articulación del codo, la hombrera articulada, el yelmo acabado en punta con ranuras y respiraderos en la visera que sólo dejaban ver negro tras de ellos, el gorjal y finalmente un peto. Todo del ennegrecido color metálico y sin florituras. Metal liso y parco en detalles, cuyos únicos ornamentos eran las algas que colgaban de diversos puntos del traje metálico. Cuando el cuerpo hubo surgido de las aguas hasta la cintura, dejó de ascender y la armadura bajó la espada, llevándosela al pecho y agarrando el reluciente filo con el otro guantelete que al contacto con el metal claro y brillante, comenzó también a emitir un brillo claro y plácido.

La armadura negra y fantasmal comenzó a caminar lentamente emitiendo su luz desde el pecho, la blanca y cálida y la dorada e imponente. A medida que salía del lago, las alargadas y filamentosas algas iban desprendiéndose y la armadura iba cobrando un color cada vez más claro. El color del acero.

Sigue leyendo » Episodio VIII;

Un comentario en "Episodio VII"

  1. Zombiman
    27/07/2010 at 11:05 Permalink

    Roberto ” El Soñador”……..

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