Episodio VIII

Cuando la armadura emergió completamente de las aguas, Roberto pudo contemplar las perneras y las grebas, así como la faldilla carmesí con flecos de oro que lucía ceñida a la cintura, por debajo de las correas de cuero negro que mantenían las protecciones de la cadera. La armadura, permaneció de pie fuera de las aguas durante unos segundos hasta que finalmente hincó una rodilla en la arcilla fangosa de la orilla y alzó la espada por encima de su yelmo, agarrando la espada por el filo con sumo cuidado, orientando la empuñadura hacia Roberto y bajando la cabeza en un gesto reverencial. Roberto no hizo esperar al ser fantasmal surgido de las aguas y avanzó en su dirección para recoger el excelente presente que le ofrecía el hombre de acero. Para cuando estuvo delante de él, toda la armadura parecía nueva y reluciente, sin resto alguno de las algas que había tenido enganchadas segundos antes.

Roberto cogió la espada por la empuñadura y la levantó, ya en su poder. Las brillantes pulsiones plata y doradas cesaron al momento, como si de repente la espada las absorbiera dentro de ella. La espada estaba ardiendo, como si hubiera sido forjada en ese mismo instante, pero no causaba dolor ni herida en la mano que la empuñaba. La armadura, tras cesar el contacto de su metal con el de la espada, se volvió negra de nuevo, como si su claridad hubiera sido absorbida también por la espada.

Roberto se fascinaba observando la espada delante de sus ojos, mientras la armadura fantasmal seguía de rodillas. Miró más allá de la espada, a la arboleda oscura que se extendía por detrás del lago y Roberto contempló como de entre los árboles surgía una multitud de hombres de piel blanca, grandes ojeras violáceas y andar descoordinado. Le observaban desde la lejanía, con gesto osco y violento, deseando atraparlo, morderlo, devorarlo. Roberto alzó aun más la espada, apuntando con su afilada punta al cielo y notó como su calor se proyectaba en todas las direcciones, en un sofoco expansivo. Los muertos vivientes de la arboleda retrocedieron torpemente ante aquella visión aullando de forma inhumana. Incluso algunos cayeron al suelo fulminados mientras el resto volvían al amparo de la oscuridad.

Su vista volvió al caballero de la armadura de color cambiante. Se había desenganchado el yelmo y el gorjal y se había liberado de ambos, dejándolos en el suelo. Una melena desmarañada y negra caía ahora sobre su cuello y las hombreras y Roberto vio a través de ella que los ojos del caballero estaban igual de muertos que los de aquellos que habían huido entre la frondosidad del espeso bosque. Le estaba ofreciendo su cabeza.

En la vida real Roberto hubiera dudado, seguramente hubiera huido. Pero en el sueño no. En el sueño Roberto sabía lo que tenía que hacer y cómo lo tenía que hacer. Se colocó a su lado con la espada aun en alto. Era un arma liviana y equilibrada, como una extensión de su brazo. La agarró con ambos brazos en alto. El filo cayó en un arco de luz plateada sobre el cuello del caballero no-muerto. Sin que Roberto notara la densidad de los tejidos que cercenaba, la cabeza se separó del cuerpo rodando por el suelo, hasta que se deshizo en fluidos sobre la tierra, de donde nacieron de forma mágica diversas plantas y flores de los más diversos colores. La armadura arrodillada empezó a rezumar los mismos fluidos y en un instante se vio atrapada en una maraña de enredaderas que se agarraban y giraban sobre las diferentes partes metálicas. Roberto no se fascinó, era lo que tenía que pasar. Miró la espada y ésta le devolvió la mirada cegándolo en la luz plata de su filo.

Roberto se levantó del sofá y se dirigió al lavabo del segundo piso. Cuando llegó se miró al espejo con cierto miedo de encontrar reflejada la cara del antiguo propietario de la casa y no la suya. Se alivió al ver su cara, sus cejas anchas, su barba naciente y raspante, la curvatura de su rostro. Pero no duró mucho el alivió, pues se fijó en la ropa que llevaba y se sobresaltó. Calzoncillos holgados y camiseta de algodón.

Se llevó la mano izquierda a su nuca y cuando la puso delante de su vista volvió a ver los dedos manchados de sangre negra y putrefacta. Hedía a muerte inminente, a infección irrefrenable. Pronto vendrían las fiebres como le había pasado al hombre muerto que se había volado la cabeza con la escopeta de dos cañones paralelos ¿y cuanto resistiría Roberto antes de morder también los cañones de metal azulado de la escopeta y apretar el gatillo? Aquel hombre, más preparado y más valiente que Roberto, había tardado tres días en hacerlo. El tiempo que él había estado encerrado en su trastero. Durante aquellos días había intentado cerrar la herida causada por la mordedura de su hija muerta. Falló, la herida no se cerraba. Intentó frenar la infección y también falló. La mordedura era ponzoñosa y la infección rápida e implacable. Durante dos días había hecho acopio de medicamentos, comida y gasolina, pero al tercer día se había sentido abatido, cansado y enfermo y la herida seguía ahí, negra y supurante.

Roberto había leído el relato de puño y letra del autor, en la libreta de tiras de goma negra. Aquel hombre hablaba de fiebres e ideas extrañas que le acosaban, y de cómo, una vez desesperado, había dispersado los panfletos con la dirección de aquella casa para que su esfuerzo no fuera en vano, con la idea clara de acabar con su vida ese mismo día. Era una historia muy triste.

Roberto se dio cuenta de que en la mano derecha llevaba la escopeta mientras seguía mirando fijamente la otra mano manchada de sangre negruzca. La alzó y se dio cuenta de que era más ligera de lo que recordaba. Cuando finalmente pudo apartar la mirada de su mano manchada, se estremeció al ver que no era una escopeta lo que tenía aferrada en la otra, sino que blandía aun la espada que había sido rescatada del lago en su sueño. Una espada de hoja de color plata tan reluciente que parecía un espejo y empuñadura dorada, sin ornamentes pero tan majestuosa que Roberto se sentía un Rey al blandirla. Al mirarla Roberto se dio cuenta de que emitía una luz que inundaba de claridad todo el lavabo. La levantó y la colocó delante de su rostro, al lado de la mano que tenía manchada de sangre negra. Cuando la espada se acercó a su otra mano, empezó a calentarse y Roberto se sorprendió al ver como la mancha de sangre se tornaba de un rojo escarlata y luego se evaporaba sin dejar rastro. La agarró con las dos manos y acercó la hoja plana a la mordedura infectada del cuello. Empezó a notar con fuerza la calidez, casi ardiente, que emitía la espada. Posó la hoja sobre la herida y Roberto sintió como si ardiera por dentro, como si su sangre se encendiera y le quemara todas sus venas y arterias, desde los dedos de las manos a los dedos de los pies. “Purificación” pensó. Luego se quedó ciego, pero el mundo no se volvió oscuro sino que todo se baño del color de la plata y Roberto se despertó. Era de día y él estaba helado en el sofá.

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8 comentarios en "Episodio VIII"

  1. Zombiman
    27/07/2010 at 11:08 Permalink

    Y la bella durmiente despertó.

  2. DAV
    27/07/2010 at 11:44 Permalink

    FUEGO PURIFICADOR PARA TODOS!!!

  3. Buceante
    20/08/2010 at 12:42 Permalink

    ¡Quereeemos más!
    ¡Quereeemos más!
    ¡Quereeemos más!

  4. DAV
    23/08/2010 at 12:27 Permalink

    En las vacaciones he estado unos dias en Barcelona, viendo lo tipico y eso. Pero como iba en coche a punto estube de buscar la calle del Pino, pero me dio reconocer algo! XD

  5. el_ilegal
    23/08/2010 at 15:57 Permalink

    a ver cuando os pones algún capítulo más, que estamos en un sinvivir!!!!!!

  6. z33k
    24/08/2010 at 18:00 Permalink

    waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, y que va a pasar???

  7. Unx
    25/08/2010 at 15:34 Permalink

    Gracias por la presión! estoy acabando un episodio y subo unos cuantos del tirón.

    PD: cuando os dejo sin lectura no veas como posteais!

  8. DAV
    30/08/2010 at 11:30 Permalink

    más bien, potestamos!!!

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