Los huesos consumidos y ennegrecidos estaban en medio de la calle, justo donde Roberto había dejado los cuerpos la noche anterior, esperándole. Antes de salir, a parte del pico, había cogido otra sabana más de la habitación de matrimonio para envolver los restos lo más rápidamente posible. Le intrigaba el estado de los cráneos reventados por la fuerza de la escopeta, pero no sabía si estaba preparado para ver aquello. Había visto muertos en los últimos días, incluso algunos caminaban, pero ver la osamenta era otra cosa. No sabía si peor o mejor, pero le infundía un gran respeto.
El aire olía a frío, humedad y limpieza. Pese a que la chaqueta le ofrecía una buena protección contra la temperatura, al poco tiempo de cruzar la puerta en dirección a la calle, ésta empezó a calarle los huesos debido a la humedad. Roberto maldijo para sus adentros por tener que cargar el pico y la sabana y no poder meterse las manos en los bolsillos. El firme estaba mojado por completo, por lo visto había caído un buen aguacero, y el aire que respiraba lo devolvía en forma de denso vaho a la atmósfera. Echó de menos un café caliente y recordó que en su maletero tenía eso y otras cosas. Se centró en la tarea que tenía que hacer y dejó de lado por un momento todas aquellas banalidades, que sin duda podían esperar. “Y los muertos también” pensó, “los muertos tienen toda la eternidad para esperar”. Maldijo de nuevo, esta vez a la vocecilla traicionera que salía de su cabeza. Roberto había usurpado aquella casa, había llegado tarde para auxiliar al dueño antes de que se hiciera explotar la cabeza y ahora él estaba solo y aquel hombre muerto. “Hubiera muerto igual y lo sabes, recuerda la mordedura, estaba emponzoñada”, Roberto lo sabía, pero eso no evitaba que se sintiera culpable.
Para cuando llego hasta el montón de huesos apilados, una fina capa de lluvia casi imperceptible ya le había mojado el pelo y la ropa. La lluvia había limpiado las cenizas y se las había llevado lejos de allí. Solo quedaban los huesos de todo aquel montón de recuerdos que Roberto apiló y roció con gasolina. No se atrevió a mirarlos directamente. Por suerte, la lluvia había llegado cuando el fuego ya había hecho todo el trabajo.
Extendió la sábana en el suelo abierta y con el pico fue golpeando los restos al centro de la sábana. Cuando uno se le resistía, lo cogía y lo lanzaba rápido hacia la sabana, que se estaba empapando mientras permanecía extendida en el suelo. “¡Qué poco pesan!” Se sorprendió Roberto la primera vez que tuvo que coger uno de los huesos. Con la cabeza gacha, mirandose los pies, Roberto fue moviendo aquellos huesos al centro del cuadrado de tela extendida que era la sábana. Tibias, fémures, costillas, vertebras, húmeros, etc. ennegrecidos por el fuego pero lisos y limpios por el agua.
Cuando hubo terminado, juntó las cuatro puntas de la sábana e hizo un rudimentario nudo creando una especie de saco, sucio y mojado. Al echárselo al hombro, volvió a sorprenderse. A Roberto le daba la impresión de que aquel saco pesaba más por el agua que había absorbido la tela, que por los huesos que contenía dentro. Se puso en marcha, con el saco a cuestas, en dirección a la parte de detrás de la casa, que era bosque de pinos y prácticamente el límite de la población. Allí por fin reuniría a la familia, bajo tierra. Atrás dejó multitud de huesecillos pequeños indefinidos que Roberto no se había atrevido a recoger. “Los muertos se tendrían que conformar con éstos”, ironizó Roberto “Y sino que se levanten y se quejen”. Roberto se alegró de poder bromear en un momento como ese.
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09/09/2010 at 13:08 Permalink
Roberto ” El enterrador”.