Episodio XI

Poco le duró el humor una vez encontró la improvisada tumba de la mujer. Estaba, tal y como había leído en el diario del hombre muerto, detrás de la casa, enterrada en la tierra blanda y arcillosa que acunaba innumerables pinos de basto tamaño. “Si continuo subiendo por este bosque, llegaré hasta aquel viejo y retorcido pino” pensó Roberto al adentrarse en el bosque escasos metros. Sobre el montículo de tierra removida había clavada una improvisada cruz realizada con maderos de color abedul, sin barnizar, húmedos e inflados por el agua que había llovido aquella madrugada. A Roberto no le había dado la impresión de que el hombre que se disparó a sí mismo en la cabeza fuera una persona religiosa, sin embargo, allí estaba la cruz.

Supuso que en momentos de dificultad, uno hacía lo que podía, sobre todo a la hora de honrar a los muertos. “Y si no, que me lo diga a mi” pensó, mientras aun cargaba con el saco de huesos a la espalda. De igual forma que Roberto sentía la necesidad de devolver el favor a aquel hombre, uniendo eternamente a aquella familia en el bosque de pinos, aquel hombre debió sentir la necesidad de otorgarle un sepulcro mínimamente digno a su pareja. Y si, por si acaso el Dios de los cristianos la esperaba allí arriba, que la gloria de la cruz donde ajusticiaron a su hijo la acompañara. Más valía curarse en salud.

Mientras dejaba el saco en el suelo, Roberto agradeció que hubiera llovido aquella noche. La tierra estaría más blanda y tardaría menos en hacer el agujero necesario para depositar los huesos con la ayuda del lado plano del pico, el mismo con el que había intentado levantar la persiana del supermercado. Había sido un fracaso absoluto y de poco no le cuesta la vida. Roberto se rió recordándolo, pero fue una risa trémula y nerviosa. Pensando en el gigantón de pelo rojizo, el que le agarró por la espalda, comenzó a golpear la tierra del suelo levantando trozos de tierra mojada. Los golpes se sucedían y el tamaño del agujero parecía no crecer pese a que el montón de tierra rojiza removida y piedras que se acumulaba a los lados era cada vez más abultado.

Dejó correr su imaginación mientras continuaba con la fatigosa y repetitiva tarea de cavar. Recordó al otro no-muerto, el chavalillo de pelo cenicero, en el que casi ni se había fijado. Estaba allí, sin más, y su aspecto era de risa. Una caricatura del terror. Al lado del fortachón pelirrojo de prominente panza, el delgado y purulento joven no conseguía si quiera asustar un poco. Luego estaba la chica, que le había sorprendido con su comportamiento. Eso sí que asustaba. Los dos le siguieron y debido a la diferencia en la velocidad de Roberto consiguió poner tierra de por medio. Sin embargo, la chica no picó el anzuelo, ya fuera voluntaria o involuntariamente. Había demostrado una brizna más de inteligencia. Volvió a pensar en sus curvas, en sus pechos apretados en el jersey, y Roberto acabó por preguntarse a sí mismo por el tiempo que hacía que no estaba con una mujer.

Hacía demasiado tiempo. Pensó en Marta, su última pareja. También su primera. El pico bajaba y subía con sincronía, atacando el firme y haciendo saltar la tierra que manchaba la chaqueta, los pantalones y las zapatillas a Roberto. Siempre que pensaba en ella le invadía un sentimiento de culpa extraño, pues ella le había dejado argumentando que era una persona muy complicada, que nunca se sabía lo que pasaba por su cabeza, que no se aclaraba con lo que quería y lo que no. Era cierto, y ella fue la única que lo aguantó como pareja durante un tiempo, que no llegó al año.

Cuando ella se lo dijo, cuando le propuso dejarlo en aquel bar, Roberto no hizo más que asentir y darle la razón. La presunta calma de Roberto no hacía más que enfadarla más y más. Roberto no recordaba cuantos “tienes razón” pudo llegar a contestar a todas sus reprimendas, a todas las cosas que le decía que no le gustaban de él. Al final ella le dijo que no lo aguantaba más, se levantó y se fue. Roberto se acabó el café y lo acompañó con un cigarro, desconcertado pero incapaz de reaccionar de otra forma. Luego él también se marchó y más tarde hablaron por teléfono, pero ya estaba hecho. Aquella conversación fue fría como el hielo. Unas cuantas semanas más tarde Marta había vuelto con su expareja y a Roberto le quedó claro que todas las mujeres preferían a un macho celoso y violento antes que a un indeciso. “Supongo que todos prefieren cualquier cosa a un indeciso” volvió a pensar apesadumbrado. A días, Roberto la odiaba por volver con aquel tío, otros días la deseaba de nuevo y otros días le producía una dolorosa indiferencia que él mismo no entendía. Roberto hubiera deseado sentir uno de esos tres sentimientos solamente. Ya había pasado un año de todo aquello. Más o menos, Roberto quería pensar que lo tenía superado.

El pensar en Marta, y en él mismo, había hecho aumentar el ritmo de oscilaciones del pico y el agujero en la tierra tenía casi el tamaño necesario para albergar el saco de huesos. Lo que más le había cabreado desde siempre era su propia torpeza para con las mujeres, más aun, su indecisión general. Siempre pensó que las reprimendas de Marta aquel día en el café eran totalmente ciertas.

Esta vez, su frustración había obtenido su fruto. Un hermoso foso de algo más de medio metro de ancho y unos treinta o cuarenta centímetros de hondo se encontraba a sus pies, a pocos centímetros del la tumba de la mujer.

Allí depositó los restos del padre y la hija, junto a la madre. Entre tierra, raíces y piedras. Una vez colocó los restos de forma que entraran en el agujero, empezó a arrojar la tierra removida sobre ellos, primero con el pico y acabando con las manos, que se volvieron de un marrón rojizo hasta las mangas de la chaqueta.

Pese al frescor matinal, Roberto estaba acalorado y notaba como el sudor le corría por la espalda. Estaba bastante satisfecho con el resultado y había perdido la noción del tiempo desde hacía un buen rato. Con aspecto de trapo sucio y usado, Roberto volvió a la casa con el pico, igual de sucio que él, aliviado pensando que había hecho por fin algo bueno y digno en estos raros días. De camino, la silueta de un cuerpo encorvado y gastado tomaba forma a bastantes metros de la posición de Roberto. Se paró durante unos segundos a contemplar la figura, desde la distancia era imposible distinguir los detalles. Aquella cosa no parecía atender a Roberto y se desplazaba cruzando la calle hacia abajo a un ritmo tan lento que daba incluso risa. A Roberto le dio la impresión de que aquel cuerpo acababa de encontrar la manera de abrir una puerta y había alcanzado la libertad después de varios días. Libertad para vagar indefinidamente.

Mientras el desorientado viandante continuaba con su errático paseo Roberto imaginó a cientos, a miles, de esos seres no-muertos abriendo al unísono las puertas que los mantenían encerrados y saliendo a la calle, todos a una. Por un momento, Roberto se estremeció. Aquello sería muy problemático.

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