Episodio XII

Al entrar en la casa, Roberto tomó conciencia de todo el barro que llevaba encima. Sus pasos dejaban marcas marrones en las baldosas del suelo, así que se desvistió allí mismo y subió al baño del segundo piso en calzoncillos. Tardó unos minutos en limpiarse en la ducha con agua gélida, usando una pastilla de jabón y frotando con saña para quitarse los restos de tierra de las manos y el resto del cuerpo. El frio le hacía repicar los dientes sin cesar haciendo parecer como si su mandíbula se hubiera independizado de él, subiendo y bajando libremente. Para cuando salió del baño, Roberto no notaba frio alguno en el ambiente pese a que no debían de ser más de las diez de la mañana.

En el dormitorio de la pareja encontró ropa del dueño de la casa que, por fortuna para Roberto, le quedaba bastante bien. Durante los últimos días había perdido peso y los pantalones de aquel hombre le entraban perfectamente, aunque un poco justos. Roberto no se había fijado en la estatura de aquel hombre entre otras cosas, porque no se había atrevido a mirarlo directamente. Ver el amasijo de carne y hueso que tenía por cabeza no le hacía excesiva ilusión. No obstante, ahora se estaba dando cuenta de que debían de compartir una estatura muy similar, aunque Roberto era algo más corpulento (”¿Por cuánto tiempo?” había pensado, al comprobar que había bajado de peso). Cogió unos tejanos gastados y una camiseta de algodón de color caqui de manga larga. Probó suerte con los zapatos, pero éstos le iban demasiado pequeños. No había problema, pues abajo le esperaban sus deportivas sucias y gastadas.

Durante las horas siguientes, Roberto rebuscó por la casa en busca de cualquier cosa que pudiera resultar útil. El tiempo pareció diluirse y Roberto perdió la noción del tiempo mirando aquí y allí, en cada recoveco de la casa. Había provisiones para tirarse un buen tiempo despreocupado. Posiblemente lo primero que se le acabara fuera el agua, pero racionándola o incluso recuperando agua de las lluvias, podría alargar una eternidad su existencia. También había algo de gasolina, productos de limpieza y medicinas de sobras para él. Aquel hombre había realizado innumerables viajes al centro comercial para hacer acopio de tantos recursos. Roberto, inspirado, se decidió a hacer lo mismo regularmente.

En el despacho, manchado aun por la sangre reseca e impregnado de un olor extraño a muerte y pólvora quemada, Roberto encontró un paquete de cigarrillos de una marca que no conocía. Por lo escondido que estaba, Roberto imaginó que fumaba a escondidas de su mujer. Roberto no se escondió de nadie en el momento en que sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca, hacía un buen rato que no se encendía un cigarro. Mientras fumaba, ojeaba los nombres de los libros de las estanterías con la esperanza de que el humo disimulara aquel extraño hedor.

Los cartuchos los encontró en una taquilla que había dentro de la caseta de la piscina. Por lo visto, el hombre muerto había encerrado al zombi de su hija junto con la munición de su escopeta. Aquello no parecía muy inteligente. “Por lo menos cargó dos cartuchos cuando las cosas se pusieron feas”, se dijo Roberto. No obstante no se lo tuvo en cuenta, durante aquel corto periodo de tiempo lo había idealizado y ahora volvía a tomar conciencia de que aquel hombre también había sido humano. “Y los humanos se equivocan ¿eh que sí?, ¿Roberto?”, Roberto maldijo la vocecilla vil de su conciencia. ¿Seguía sintiéndose culpable?

Se quitó esos pensamientos de la cabeza mientras usaba su fiel amigo, el pico, para destrozar la cerradura de la taquilla y liberar los pequeños tesoros que allí se escondían: un cinturón de cuero con capacidad para llevar unos ocho cartuchos de escopeta, un chaleco de caza con innumerables bolsillos marrón claro, unas botas de montaña muy bonitas pero que le irían pequeñas, una funda para la escopeta de color caqui que se podía cruzar por detrás de la espalda, innumerables objetos para la limpieza de armas y dos cajas de doce cartuchos de un color verde oscuro. Una de ellas aun mantenía las doce unidades, mientras que la otra tenía solamente cuatro. Dieciséis cartuchos para su nueva escopeta. Por unos instantes, Roberto jugueteó con el cinturón y el chaleco. Luego se sintió un poco gilipollas y cesó en el juego. De repente la imagen del hombre postrado en la butaca negra le sobrevino mientras se cruzaba el cinturón por el pecho, al más puro estilo bandolero. La escopeta no era un juego. En ese momento se prometió que no usaría el arma en vano, debía usarla sólo en caso de emergencia. Se estremeció al pronunciar mentalmente la palabra “emergencia”. El hombre muerto también había usado el arma para solucionar una emergencia. Se encendió otro pitillo, ahora que tenía excedentes, y maldijo por no tener un hornillo a gas para prepararse un café bien cargado con el grano molido que tenía en su coche. Decidió pues que lo necesitaba imperiosamente, mientras maldecía por haber ido a parar a una casa con vitrocerámica y sin chimenea.

Además, tenía un todoterreno por estrenar.

Sigue leyendo » Episodio XIII;

2 comentarios en "Episodio XII"

  1. Buceante
    03/09/2010 at 17:44 Permalink

    Que le ponga pinchos al todoterreno!!

  2. Zombiman
    13/09/2010 at 10:57 Permalink

    Que le ponga lo que sea, pero que arranque ya¡¡¡¡¡¡ Que estamos ansiosos¡¡¡¡

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