Episodio IX

El frío le había calado hasta los huesos y sus dientes rechinaban como si de unas castañuelas se tratase. Roberto recordaba que en los días que habían precedido a éste, el tiempo había sido demasiado caluroso para enero, el sol había brillado durante todo el día y por la noche no había refrescado demasiado. Sin embargo, aquella mañana, la primera en la extraña y solitaria casa del hombre muerto, la temperatura había bajado en picado.

Roberto deseó agarrar una manta y envolverse en ella hasta las orejas pero lo único que encontró fue su chaqueta, tirada en el suelo, al lado del sofá. Se la puso y cerró la cremallera hasta arriba. La luz que entraba por la ventana era de un gris apagado y en cuanto Roberto se acercó al cristal pudo ver que el cielo estaba totalmente nublado y el suelo totalmente mojado. Aquella noche había llovido. Por lo que recordaba, hacía tiempo que no llovía y la última vez que lo hizo, el mundo aun mantenía su orden normal: la gente caminaba por la calle con su habitual indiferencia, los coches abarrotaban las carreteras y Roberto era un pringadillo de tres al cuarto más que pasaba totalmente desapercibido.

Aquella mañana Roberto deseó volver a ser un pringadillo del tres al cuarto más de nuevo. Pero eso ya no era posible. Ahora como poco podía ser un pringado de tres al cuarto único en el mundo entero, aunque por lo visto, nadie sería testigo de su gran hazaña. Se dirigió al baño pensando en ello y al pulsar el interruptor las bombillas no se encendieron. “Se acabó lo bueno” pensó Roberto en ese mismo instante, olvidándose de sus anteriores divagaciones. La luz se había ido, seguramente debido a la tormenta de la noche y Roberto tenía serias dudas de que volviera por sí sola.

El agua seguía corriendo por las tuberías, de modo que Roberto se mojó la cara con agua helada e intentó despejarse. Había dormido profundamente y se encontraba descansado. Recordaba vagamente algunas imágenes sobre lo que había soñado: Una espada, caballeros y sobretodo una luz que irradiaba la oscuridad y hacía huir a los muertos. No obstante, no encontraba un hilo que uniera esos conceptos. Del sueño que había tenido justo antes, como suele pasar, no recordaba nada de nada.

No recordaba haber vivido en la piel del antiguo inquilino de la casa que ahora habitaba, pero no importaba, porque la historia que había leído en la libreta de tapas negras se había marcado a fuego en su recuerdo. Era una historia muy triste, aquel hombre había pasado un calvario. Enterró a su mujer, encerró a su hija y fue mordido por ella, luego durante dos días recopiló alimentos, medicinas y otros víveres de primera necesidad hasta que al tercer día, con una herida ponzoñosa en el cuello, febril y posiblemente delirante, se voló la cabeza de un tiro con su escopeta. Aquel hombre era cien veces mejor superviviente que Roberto, y ¿de qué le había servido? Más bien era una historia deprimente.

Y así se sentía Roberto aquella mañana, rara como pocas, aunque eso era lo habitual últimamente. Roberto miró el móvil y marcaba las siete y media. Era temprano pero no tenía nada de sueño. Pensó en lo inútil que era su móvil ahora y en la opción de tirarlo y usar reloj de una vez por todas ¿A quién iba a llamar ahora? Además, tampoco le duraría mucho la batería.

Entró en la cocina, pues se sentía hambriento, y abrió la nevera buscando no sabía qué. Estaba vacía. El ex-propietaria de la casa iba un paso por delante y todo lo que había almacenado estaba en conserva o se podía guardar en la despensa. Abrió cajones de armario, rebuscó por los estantes y encontró zumos de naranja en briks individuales, habría unos cincuenta almacenados en un armario. Debajo de estos, había numerosos paquetes de galletas. Era una estrategia inteligente, aquello podía aguantar mucho tiempo almacenado. Se hizo con un zumo y abrió un paquete de galletas. Comió de pie y hasta hartarse. No se había dado cuenta de lo hambriento que estaba hasta que empezó a introducirse galletas en la boca. Comió un poco más de medio paquete y lo dejó, saciado y con la boca pastosa, para otro día.

Tenía una tarea por hacer aun y el desayuno le había dado fuerza. No serían ni las ocho de aquella mañana nublada cuando Roberto agarró el pico de nuevo para ir a acabar con lo que había empezado la noche anterior.

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