Por los siguientes tres días, el clima continuó nublado y lluvioso. Hacía frío y Roberto empezaba a conocer bien el significado de esa palabra, ahora que la calefacción era cosa del pasado. Durante el día su boca no paraba de exhalar vaho con cada respiración, mientras sus manos se congelaban en el exterior. Por las noches, se enrollaba el cuerpo en mantas y maldecía por haber ido a parar a una casa sin chimenea. Hubiera dado lo que fuera por poder hacer un fuego y calentarse los huesos cerca de su cálida luz anaranjada. Incluso dentro de la casa, el ambiente era húmedo y gélido y cuando salía a la calle, infinidad de finas e interminables gotas de agua le esperaban.
Pese a todo, Roberto se había mantenido activo y había estado saliendo de aquí para allá con el todoterreno, que era mucho más divertido de conducir que su utilitario azul. En los tres días había vuelto a pasarse por el centro comercial en busca de otros objetos de supervivencia. Por fin había conseguido un hornillo y un buen arsenal de pequeñas bombonas de butano con el que se había podido preparar cafés y comidas calientes, aunque debido a la poca potencia del mismo, tardaba lo suyo cada vez que se quería preparar una. También había hecho acopio de todas las pilas que había encontrado, unas cuantas linternas y hasta encontró velas, que desde entonces le habían hecho compañía en las frías noches en las que se acurrucaba a ojear algún libro envuelto en mantas antes de quedarse dormido. Tampoco se olvidó de hacer acopio de bebidas espirituosas, papel higiénico, servilletas de papel y demás víveres que solo le resultaban interesantes una vez los veía, sobre los estantes. En total, había realizado tres viajes más a aquel centro comercial de las afueras.
Tras la lluvia volvió a salir el sol, no obstante la temperatura no pareció darse cuenta ya que el frio continuó reinando. “Es invierno”, se repetía Roberto, que agradecía disponer de las horas del medio día donde el sol se dignaba a calentar algo para salir al exterior a respirar el aire fresco. Durante esos días había cocinado latas de conserva en el hornillo de camping como sustento y bebido agua con moderación, aunque por las noches se permitía beber unas copas de vino para darle calor y algo de morriña. Se había dado cuenta de que le ayudaba a dormir.
Porque lo peor eran las noches. Desde que se había instalado en la casa del hombre muerto, no había sido capaz de dormir en otro sitio que no fuera el sofá. Por el día la casa le ofrecía protección pero por la noche el segundo piso le infundía un terror inafrontable. La oscuridad que se alzaba por encima de los escalones que llevaban hasta allí parecía reírse de Roberto cada vez que llegaba la noche y él acababa durmiendo con la escopeta bien cerca, dejando que alguna vela se consumiera mientras él se quedaba dormido. Volvía a sentir aquellos duendecillos de su cabeza, disfrutando a sus anchas del sufrimiento de Roberto, ocultándose en la oscuridad y profiriendo inaudibles carcajadas.
“¿O serán fantasmas? Los fantasmas de aquellos que vivieron anteriormente en la casa” Había pensado Roberto en alguna ocasión cuando la desesperación por no poder dormir hacía mella en su voluntad, “Bueno, el mundo debe de estar ahora lleno de fantasmas, más les vale que cojan tanda si me quieren asustar todos”.
Y peor que las noches era el silencio que reinaba en ellas. Las noches eran extremadamente silenciosas y Roberto no se sentía nada cómodo así. Él, que siempre había dormido con la radio encendida, se sentía desprotegido sin el resguardo de sus animosas tertulias deportivas. El día que el sonido de la lluvia al caer lo acompañaba en su tránsito de la vigilia al sueño, Roberto se sentía el hombre más feliz del mundo. Para las noches en que la lluvia no estaba ahí y el silencio era absoluto, había descubierto que el vino era un fiel aliado. La falta de sonidos le recordaba a cuando se encerró en su trastero. Allí lo pasó mal, muy mal, y recordaba que fruto de la desesperación fue su propia cabeza la que había empezado a hacerle escuchar cosas que realmente no existían.
Roberto tenía la impresión de que habían pasado varios miles de años desde que saliera de su encierro voluntario.
Dos días después las nubes volvieron para acabar con la tregua y Roberto, al ver que la lluvia se aproximaba de nuevo, se propuso no dejar escapar la oportunidad para hacerse con unos cuantos cientos de litros de agua gratis. Para tal hazaña, Roberto había preparado el todoterreno, despejando la parte trasera de trastos para aprovechar el mayor espacio posible. Se había propuesto desvalijar la mayor tienda de bricolaje del Llobregat y para ello iba a hacer algo que no hacía desde la última vez que fue a su trabajo. “Qué lejano queda todo aquello. Hace una semana, incluso tenía un trabajo y ni la mitad de preocupaciones”. Roberto tendría que recorrer tres pueblos para llegar hasta aquella zona comercial.
Tras preparar el coche, había vuelto dentro, se había preparado una lata de carne en salsa insípida para cenar, se había tomado sus copitas de vino y se había puesto a leer a la luz de las velas uno de los libros que habían en el despacho del segundo piso. Era duro no tener nada que hacer cuando caía la luz y se alzaba la luna.
A la mañana siguiente, con las primeras briznas de luz tenue, Roberto se había propuesto partir en dirección a la gran zona comercial. Ésta estaba situada a la izquierda de la autopista que unía la zona de Tarragona y Garraf con la ciudad condal. Era una extensión gigantesca, con un aparcamiento de más de un kilómetro de largo. Alrededor de éste se disponían un almacén de accesorios deportivos, una tienda de electrónica, un hotel, un hipermercado tres veces más grande que el de su localidad y la codiciada tienda de bricolage, que en extensión no tenía nada que envidiar a sus vecinas. Todo el recinto comercial quedaba bien visible desde la autopista a modo de reclamo publicitario, aunque ahora no le sirviera de mucho. Roberto la conocía muy bien, pues había adquirido una gran cantidad de prendas deportivas de una de las tiendas del recinto, del mismo modo que David, uno de sus mejores amigos, acudía a la tienda de bricolaje para saciar su apetito de “manitas compulsivo” a menudo.
“David habría sido un buen superviviente”, había pensado en más de una ocasión Roberto. Su amigo siempre estaba montando cosas: se hacía muebles de madera, montaba huertos, incluso se atrevía con ciertas instalaciones eléctricas básicas o ingeniosos riegos automáticos para sus humildes matas de tomates. Pero el que estaba vivo era Roberto, no David, así que poco importaba ya.
Tras desayunar su ración de galletas y zumo de melocotón, Roberto se subió al todoterreno y se puso rumbo al gran centro comercial pensando que, de haber sido David el que sobreviviera, seguro que estaría desayunando algo mucho mejor.
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