Episodio XIV

Para tal hazaña, Roberto se había ajustado el cinturón de cuero a la cintura con 5 cartuchos de escopeta en los agujeros que éste disponía para ese motivo, había cogido también la escopeta dentro de su funda verde militar, el pico y una linterna. Sus intenciones eran claras: En cuanto llegara al centro comercial amarraría un extremo de una vieja cuerda de unos quince metros que había encontrado en el maletero a la verja y el otro a las defensas del todoterreno y la arrancaría de cuajo. A malas siempre podría empotrar el todoterreno.

Cuando Roberto regresó, habían pasado siete horas y el maletero de su nuevo vehículo estaba rebosante de los objetos que necesitaba y muchos otros que no.

Sin duda, había sido todo un éxito. Por una vez en mucho tiempo, las cosas le habían salido prácticamente como había pensado, incluso mejor. En el maletero llevaba cuatro cubos de plástico de unos cincuenta litros cada uno que, por suerte se podían meter unos dentro de otros para minimizar el espacio a ocupar, cinco hachas de diferentes tamaños, dos palas de jardinería pero grandes, una sierra de madera, lámparas de parafina para exterior y toda la parafina con la que pudo cargar. Incluso se había hecho con una barbacoa desmontable de metal que tenía intención de montar al lado de la piscina con la intención de tener un sitio donde hervir el agua con un buen fuego de leña. Sin duda, había arrasado con la sección de jardinería de la tienda de bricolaje. Justo antes de salir de allí, como inspirado por una gran idea, se volvió hacia la sección de pintura y cogió todos los espráis que pudo, sin diferenciar el color de éstos.

Con todo esto había llenado el maletero a toda prisa. La barbacoa, aunque plegada y en su caja, y los bidones de plástico, ocupaban la gran mayoría de éste. Sin embargo, una vez allí y animado por el éxito de la misión, se lanzó al saqueo de la tienda de deportes que estaba al otro extremo del recinto comercial.

La técnica de la cuerda había sido todo un éxito, así que la volvió a poner en práctica. Si la oscuridad del interior de la tienda había frenado a Roberto en la tienda de bricolaje pese a la linterna, no ocurrió lo mismo en la de deportes. Era una tienda muy grande, sí, pero Roberto se conocía sus secretos al dedillo y se movía por su interior con una naturalidad pasmosa, usando la linterna sólo cuando llegaba al lugar oportuno y tenía que confirmar la talla de alguna prenda o el número de alguna bota antes de arrojarla al carrito de la compra que le acompañaba.

Al final de la jornada, su botín era grande y se extendía más allá del maletero, inundando de ropa y trastos los asientos de la parte de atrás del todoterreno de color verde oscuro. De la tienda de deportes había saqueado principalmente la zona de montaña: camisetas térmicas, pantalones resistentes pero ligeros, chaquetas de montaña, calcetines gruesos para el invierno, botas de caña alta al más puro estilo chirucas y otras zapatillas menos aparatosas pero aptas para todos los terrenos. Y todo de las marcas más caras que antes no se había podido permitir. También había cogido un saco de dormir que parecía bastante cómodo y caliente y otro hornillo que parecía funcionar con las mismas cargas de butano que tenía en casa y era de mayor calidad.

Había disfrutado como un niño con todo aquello, pero sin duda lo que más le había acelerado el pulso estaba la zona de caza y pesca. Roberto no recordaba haber pisado jamás aquella sección, no obstante lo que allí encontró le resultó irresistible. En grandes vitrinas de cristal cerradas mediante una especie de candados Roberto divisó cuchillos de montaña, navajas multiusos y arcos. Hizo valer su pico, que le acompañaba dentro del carrito, a modo de llave maestra y reventó la vitrina. Cogió de allí un cuchillo montañés con su funda para el cinturón, un par de navajas suizas multiusos y dos arcos de madera, sencillos pero de gran calidad según su precio. Salvo el de muestra, el resto estaban desmontados en sus cajas debajo del otro ya montado. Por ese motivo había estado a punto de cortarse con los cristales rotos que habían caído dentro de la vitrina donde se guardaban.

Las flechas estaban fuera, junto a otros arcos de calidad bajísima, que más bien eran juguetes, y a unas dianas de paja compacta de algo más de un metro cuadrado de amplio y cinco centímetros de grosor de las que se agenció cinco. Había de diferentes tipos: más gruesas, más finas, más puntiagudas, más pesadas, livianas… todas con sus plumas de silicona de vivos colores y sus cuerpos alargados y negros de fibra. Y estaban en cajas. A cientos. Cogió tres cajas y se marchó. Estaba tan excitado que había olvidado si necesitaba algo más.

Sólo de vuelta, conduciendo el todoterreno de nuevo por la autopista, tomó algo de conciencia de su estado de excitación e intentó relajarse. En ese momento, Roberto había parado en medio de la autopista junto a un coche estrellado contra un lateral, estático en el arcén. Se había encendido uno de los cigarros que había usurpado del hombre muerto y durante unos segundos se concentró en la extraña sensación de poner los pies en el asfalto de una autopista. Había pasado por allí cientos, miles de veces, pero jamás había puesto los pies en aquel firme. “Qué extraño es” se había dicho, luego había dejado el cigarrillo en el suelo y había posado las palmas desnudas de las manos también, arrodillándose. Recordaba cómo el asfalto estaba caliente, pese a que el día se había levantando embotado y completamente nublado.

Mientras, desde dentro del coche una mujer miraba al hombre arrodillado en el suelo con un gesto bobalicón en su cara, atrapada por el cinturón de seguridad, agitando cansada los brazos y con la boca descolgada. Su mirada era blanca y Roberto la conocía muy bien. Pero allí no le daba ningún miedo. Minutos después de que el todoterreno reanudara la marcha, una columna de humo negro empezaba a ascender reflejada en el retrovisor y Roberto disponía de una botella de parafina menos. “El fuego también era caliente” había pensado Roberto cuando levantó la mirada para fijarse en el humo que dejaba atrás.

Sigue leyendo » Episodio XV;

3 comentarios en "Episodio XIV"

  1. Dav
    14/09/2010 at 15:50 Permalink

    OOEEEE OOOOEEEEE OOOOEEEEE!!!!! Se esta preparando!!!

  2. z33k
    14/09/2010 at 16:53 Permalink

    A punta de arco y flecha contra los zombis jejeje

  3. chus
    24/09/2010 at 1:36 Permalink

    encontre esta historia por casualidad y no he podido dejar de leer,por favor continua escribiendo,por cierto muy buena,felicidades eres todo un escretor

Deja tu comentario

XHTML TAGS:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Subscribe to Comments