Episodio XV

Después de lo acontecido en el día en que Roberto se fue de compras, su estancia en la casa parecía haber mejorado de forma considerable. Se sentía más seguro, más adaptado e incluso empezaba a notar cierta sensación de pertenencia a un lugar. “Ahora esta es mi casa”, se decía a menudo. Pese a todo, seguía durmiendo en el sofá, y hacía casi todo en el primer piso. Las estancias del segundo no eran ya más que estancias vacías, pertenecientes a los fantasmas de los que antes se alojaron en ellas. Salvo para ir al lavabo a asearse o para recoger algún libro del despacho, Roberto no subía las escaleras hacia el segundo piso. Su vida estaba abajo. O afuera.

En la parte de atrás de la casa, donde se encontraba la piscina, había instalado los diferentes bidones de plástico, dispuestos juntos para acoger el agua que las lluvias le ofrecían. Pegada a la caseta y a la pared que daba al bosquecillo de pinos había puesto la barbacoa, que usaba para hervir el agua que recogía con los bidones. Desde que instaló su rudimentario sistema de recogida de aguas, había llovido en numerosas ocasiones y ya había conseguido recoger y volver a embotellar unos diez litros de agua. No era mucho, pero iba tirando con eso, guardando la de la despensa para el futuro. Roberto desconocía si debía o no hervir el agua de la lluvia. Era una pregunta que jamás se le había planteado y ante la duda, había preferido hacerlo. La idea de que se le descompusiera el estomago y acabara con una infección le aterraba. En aquellas circunstancias Roberto se temía que pudiera incluso llevárselo a la tumba. Roberto prefería mil veces que uno de aquellos no-muertos lo llamara hipocondríaco a acabar con cagaleras. Por ahora había funcionado, además salir a cortar la leña de los árboles era de lo más divertido.

Era una actividad costosa, dura y agotadora, ¿pero no era acaso ese tipo de tareas justo lo que necesitaba Roberto? Desde que salía al bosque a cortar leña, llegaba agotado a casa y dormía como un lirón cuando llegaba la noche y se tomaba su cena con sus copitas de vino. Cada día después de desayunar Roberto salía a fuera saltando la pared de atrás, que daba directamente al bosque con un hacha y la sierra y se dedicaba a cortar las ramas más bajas de los árboles y algunas que quedaban a media altura. Incluso había talado algún pino pequeño o demasiado viejo y roto con el que había sacado buenos troncos para sus hogueras. Luego dejaba la leña en el interior del aparcamiento para que no se mojara más de lo que ya estaba e ir almacenándola allí. Pese a que el montón era ridículo aun, Roberto se sentía orgullosísimo de él.

Las manos se le habían endurecido de tanto hachazo y tanta sierra. Había perdido peso debido al esfuerzo y a que comía mucho menos desde que su alimentación se sustentaba en comida enlatada. Las llagas en las manos y el gesto de tener que levantarse los pantalones constantemente daban fe de ello. No obstante, se sentía fuerte y el peso de la mayor de las hachas que se había agenciado ya no suponía un reto tan grande, incluso empezaba a acostumbrarse y a manejarla con cierta soltura. Había días en que miraba la barbacoa, mientras las llamas calentaban el agua hasta hervirla, y salivaba pensando en las barbacoas de hacía no tanto tiempo. En alguna de esas ocasiones, se le pasaba por la cabeza la idea de cazar algún animal y colocarlo en la parrilla de la barbacoa a tostar bajo las llamas, pero desde el día en que todo se fue a la mierda, no había visto ningún animal que no fuera algún pájaro solitario cruzando los cielos. Ni siquiera un gato o un perro. Parecía como si todos se hubieran alejado de la civilización y a Roberto no le extrañaba para nada. “Ojala yo también me perdiera para siempre” pensaba en ocasiones, pero claro ¿de qué se iba a alimentar entonces? ¿Qué agua podría beber? ¿Y si le seguían aquellos muertos, y no tenía muros con los que protegerse? De momento, la idea de irse hacia la montaña le daba más miedo que quedarse guarecido tras los muros de aquella casa.

Los días pasaban y su barba se volvía más y más negra. Había dejado de afeitarse y ahora su barba estaba más larga de lo que nunca había conseguido dejarse. Para no perder la cuenta de los días, Roberto había colgado un calendario de esos que regalan cuando se pedía comida china e iba tachando los días a medida que pasaban. No tenía reloj, pues su móvil se había apagado muchos días atrás, pero Roberto se había dado cuenta de que no le hacía falta. Se levantaba con los primeros rayos de sol, comía cuando tenía hambre y se acostaba pronto, después de encender una de las lámparas de parafina y darse a la lectura un rato. Estaba activo por el día, salía de la casa saltando la vaya trasera con soltura y cortaba leña cuando hacía buen día. Cuando llovía se encargaba de recoger el agua y ordenar e inventariar los víveres que iba acumulando. Además, Roberto había descubierto una nueva actividad que le resultaba de lo más gratificante: el tiro con arco.

Al principio, no conseguía más que lanzar las flechas sin ton ni son a las dianas de paja compacta. Con suerte, alguna se clavaba pero la mayoría d veces erraba el tiro. Había colocado las dianas en la pared de la caseta de la piscina y disparaba las flechas desde unos doce metros de distancia, dejando la piscina entre medio de Roberto y su objetivo. Pensaba en la cara del viejo que estuvo a punto de matarlo en la caseta de obra y disparaba una flecha, pensaba en la cara del irlandés de gran panza y disparaba otra flecha, pensaba en la cara del quinqui con peinado de cenicero y otra flecha salía disparada, pensaba en la chica de curvas explosivas y gesto mortecino y volvía a disparar. Hasta el “segurata no-muerto” era objetivo en sus pensamientos de las flechas que lanzaba una y otra vez en pos de la diana que colgaba de la pared.

Había mellado varias puntas de flecha, pues difícilmente conseguía que dieran en su objetivo en sus inicios. Éstas salían proyectadas del arco e impactaban en la pared, dejando una marca negra redonda y pequeña. Pero a medida que más flechas lanzaba, sus tiros resultaban cada vez más acertados. “Apuntar, tensar, soltar” se repetía como si de un mantra se tratara mientras vaciaba una especie de aljaba improvisada que había confeccionado con la manga de una de las chaquetas que habían pertenecido al hombre muerto.

Con el tiempo y la práctica, Roberto se había dado cuenta que no se le daba nada mal eso de lanzar flechas y la escasa distancia que había entre la diana y él, al otro lado de la piscina, se le había quedado pequeña. “Apuntar, tensar, soltar”. Incluso las yemas de los dedos índice y corazón de su mano derecha se habían endurecido gracias a la caricia de la cuerda del arco.

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Un comentario en "Episodio XV"

  1. Unx
    04/10/2010 at 16:41 Permalink

    Os dejo tres episodios más, espero os gusten.

    Espero que me perdonéis la tardanza!

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