Pese a que Roberto estaba bien provisto de casi todas las cosas que necesitaba, era inevitable dejar atrás la seguridad que la casa le ofrecía para salir al exterior. Allí, a las afueras de su localidad y alejado del centro, los no-muertos le habían dejado tranquilo. Se encontraba rodeado por otras casas de grandes terrenos y las familias que habitaron toda una manzana de aquel barrio antes del incidente se hubieran podido contar con los dedos de una mano. En el centro, aquello cambiaba radicalmente. Bloques de pisos donde vivían familias y más familias se alzaban del suelo y a Roberto no le cabía duda de que dentro de ellos habría más de una sorpresa en forma de no-muerto. Lo había visto, su propia madre había sido una de aquellas sorpresas. Salir de aquella zona, tan segura de momento, resultaba traumático y amenazador y por eso solía hacerlo con el todoterreno y armado con el pico y su escopeta de emergencias. Aunque la verdad es que sus armas no aliviaban demasiado su angustia cuando finalmente encendía el poderoso motor del todoterreno.
Para rebajar la tensión Roberto había descubierto el poder catártico de cortar leña. Por ese motivo tenía callos en las manos y leña de sobra acumulada en el garaje. También había conseguido recoger gran cantidad de agua durante los días de lluvia y su consumo tras hervirla no le había hecho enfermar, cosa que agradecía enormemente. Además, su destreza con el arco era más que aceptable gracias a las horas y horas de práctica. Pero quedarse allí escondido eternamente no era una opción factible a largo plazo así que había empezado a realizar salidas para dejar señales y pistas para cualquier otro superviviente, tal y como había hecho el hombre muerto antes de que Roberto encontrara la dirección anotada en una hoja. En la casa tenía espacio y provisiones de sobra y con el paso de los días notaba cada vez más la falta de compañía de otro ser humano. “Siempre que esté vivo, claro. De muertos ya estoy servido”.
De una ventana del segundo piso había colgado una pancarta hecha con una sabana en la que se podía leer la frase “Aquí vive Roberto” escrito con spray, negro sobre blanco. El cartel daba a la calle y tras debatir innumerables veces cuál debía ser el mensaje de bienvenida, al final Roberto se había decidido por escribir aquel. Además había dejado escritos mensajes similares al que había encontrado él. “AV DEL PINO VIEJO” había escrito con el spray en la iglesia, en el supermercado, en el ayuntamiento, en el centro médico, etc. Lo había escrito en paredes y cristales, en muros y vitrinas. El nombre de la calle y alguna pequeña indicación.
No se había extendido demasiado, pues no se lo habían permitido. En alguna de esas ocasiones, Roberto se había expuesto a serios peligros para poder dejar su estampa en las fachadas. Algunas veces había escrito tan rápido que dudaba incluso que cualquiera que leyese el mensaje fuera capaz de desencriptar su mensaje. Pero no era aquella una situación donde perder el tiempo deleitándose con exquisita caligrafía.
El supermercado aun permanecía desierto, pero no se podía decir lo mismo de la iglesia o el centro médico. Allí los zombis se podían contar con ambas manos. Por lo visto, el centro médico había sido un lugar concurrido horas antes de que aconteciera el desastre y aun quedaban allí unos cuantos paliduchos, más lo que parecía ser relucientes osamentas de las que no quedaba ni resto de músculo, víscera o piel. Roberto acabó por salir corriendo al todoterreno, dejando el spray atrás y por poco no deja también el estimado pico. Roberto aun recordaba cómo le habían temblado las manos cuando intentó dar al contacto del coche para irse de allí. Y aquello iría a más pues a medida que los días iban pasando, las calles parecían acoger a más y más de aquellos no-muertos. A medida que los días pasaban, a los que ya había en las calles se les sumaban otros, como por arte de magia, y la tarea de pasar inadvertido acabó por volverse imposible.
No cabía duda de que aquellos caminantes estaban saliendo poco a poco de sus prisiones, abriendo puertas, superando obstáculos, y Roberto había empezado a cuestionarse por cuánto tiempo más conseguiría darles esquinazo. Ya había tenido que atropellar un grupo de cuatro de aquellos zombis con el todoterreno y en más de una ocasión no le había quedado otra opción que dar marcha atrás y coger otro camino para poder escapar de la lenta persecución. “Bueno, suerte tengo de no haber vivido en Barcelona como Marta quería” pensaba a menudo. “Sino no sería más que un fiambre más. Algo bueno tenía que tener que me dejara”. Y era cierto, la ciudad de Barcelona debía de ser un hervidero rebosante de aquellas criaturas. Allí nada podía haber sobrevivido.
Además, Roberto sabía que los muertos le seguirían. Lenta y penosamente, a su ritmo, pero le seguirían. Ya lo habían hecho antes y sin duda lo seguirían haciendo. Era la lenta marcha, incesante y desquiciante. En sus salidas, intentaba distraerlos recorriendo mucha más distancia de la necesaria para volver a la casa del barrio residencial, dando vueltas, pero era cuestión de tiempo que empezaran a dar con su escondite. Y cuando uno lo hiciera, el flujo de caminantes de tez pálida sería incesante.
Los días seguían pasando y a medida que estos pensamientos se hacían más y más constantes, el estado de optimismo en el que se había visto sumido Roberto durante tres semanas se iba desvaneciendo poco a poco. Y mientras más acojonado estaba, más echaba de menos la paz y la calma de los días anteriores. Esa calma donde se había dedicado a recoger agua, leña y a practicar con su arco. Sin darse cuenta, ya había transcurrido más de un mes y, desde que había empezado a pensar en la posibilidad de que los zombis dieran con su refugio, cada vez dormía peor.
Le costaba conciliar el sueño y el miedo a la oscuridad había vuelto. El segundo piso volvía a aterrarlo por las silenciosas noches y había pasado de un par de copas de vino a unas cuantas copas y varios cigarros para aliviar su pesar. Además, cuando por fin conseguía conciliar el sueño, agobiantes sueños le acosaban dentro de su saco de dormir. Sueños en los que se veía atrapado, sin escapatoria, a merced de los muertos. Deseando, sin fortuna, cerrar los ojos y tener entre sus manos aquella espada resplandeciente que alejaba a los muertos de sus sueños. Y se repetían una noche y la otra también, de manera que cuando Roberto se despertaba a la mañana siguiente, algunas veces con algo de resaca, tenía la sensación de vivir el mismo día una y otra vez. “La misma rutina e incluso los mismos sueños” Se decía, “Por Dios, sólo falta la marmota”.
Sigue leyendo » Episodio XVII;
No hay comentarios en "Episodio XVI"