Episodio XVIII

Pero no lo estaba. Él lo sabía. “Los muertos no tiran con arco, ni cortan leña” se decía. “¡Los muertos tampoco hacen cocteles molotov!” y era cierto. Los muertos sólo vagabundeaban por las calles y gemían penosamente. Roberto no estaba muerto, ni quería estarlo por ahora. Por ese motivo había vuelto a las andadas y se había propuesto trabajar duro para proteger su nuevo hogar de los muertos. Durante días, había salido de la casa para coger toda la gasolina que pudiera de los coches con el trozo de manguera que aun estaba guardada en el maletero de su pequeño utilitario. Le había costado más de lo que esperaba pero había conseguido varios litros de carburante a base de llenarse la boca con aquel asqueroso líquido tan irritante. De la que había recogido antes de su muerte el antiguo dueño de la casa quedaba más bien poca, pues el todoterreno consumía con avidez la poca que Roberto le iba echando, por ese motivo Roberto cada vez salía menos con los coches, que ya tenían incluso una fina capa de polvo debido al desuso.

Con la pequeña reserva extra, Roberto no pretendía abrevar sus dos vehículos de combustión. La gasolina estaba destinada a la confección de defensas para la casa y con ella había creado ya media docena de cocteles molotov que estaba almacenando en el parking. No le había costado demasiado hacerlos: botellas de vino vacías, camisetas del hombre muerto y gasolina. De los dos primeros objetos tenía de sobras. El resto de la gasolina la guardaba en botellas de agua vacías o garrafas que no llenaba del agua de la lluvia. Pensando en qué otra finalidad le podía dar a aquel combustible sobrante.

Se le ocurrió mientras practicaba con su arco en su sesión de entreno diaria: Flechas incendiarias. Roberto tenía serias dudas de que un simple flechazo en el estómago frenara a los muertos andantes, su experiencia e innumerables películas de terror eran suficiente aval para fundamentar sus dudas. Pero si conseguía clavar una flecha donde fuera, las llamas se extenderían y el no-muerto pasaría a la historia sí o sí. Había mejorado bastante su técnica y era capaz de acertar a un objetivo estático con bastante fiabilidad desde cierta distancia ¿por qué no iba a acertar sobre uno de esos lentos zombis? En el fondo, tampoco se movían tanto. Se puso manos a la obra y sin demasiado esfuerzo confeccionó sus primeros prototipos. Enrollaba una tira de tela a la punta, la bañaba en gasolina, la prendía y la lanzaba. Al principio con algo de miedo, pero finalmente con más seguridad y puntería. No obstante Roberto había descubierto un problema, al dispararlas muchas de las puntas se apagaban.

Le costó un par de días dar con una fórmula mejor. No sabía ni cómo ni por qué, pero al cavo de un par de mañanas se despertó tras una de las pocas noches de sueño reparador y la solución ya se encontraba en su cabeza. Jabón. Aquella mañana Roberto ni desayunó. Simplemente se vistió lo suficiente para guarecerse del frío de la mañana y se puso manos a la obra. En unas pocas horas y tras algún intento fallido Roberto había redescubierto el Napalm y se sentía tan ansioso por probarlo que tuvo que imponerse a su lado más salvaje para no acabar saliendo a la calle en busca de algún no-muerto. “Puedes esperar, Roberto. Puedes esperar”.

Al recapacitarlo después, Roberto se dio algo de miedo y reflexionó sobre si no se estaba volviendo majara de tanta soledad. “Necesito compañía, y la necesito ya” pensaba para sus adentros.

Los días pasaban y Roberto continuó con sus planes de defensa. Por la mañana se adentraba calles abajo en busca de coches cuya gasolina no hubiera sido ya saqueada, partía con un hacha de mano y una mochila con botellas vacías e intentaba llenarlas con la manguera chupando del extremo que quedaba fuera del depósito. Muchas veces no conseguía sacar más que gases que le mareaban y le provocaban una horrible nausea, otras, las menos frecuentes, conseguía que brotara del extremo el líquido inflamable. Las tardes las dedicaba a confeccionar flechas, crear antorchas o su preciado y nueva adquisición, el “Napalm Roberto&Co, marca registrada”.

Se había acostumbrado a llamarlo así, le hacía gracia, y eso era algo que Roberto estaba empezando a valorar sobremanera. “Pocas cosas me sacan una sonrisa últimamente, no me pienso privar de ellas” se decía. La confección de su “Napalm Roberto&Co, marca registrada” no albergaba demasiados secretos. El hombre muerto se había creado un pequeño arsenal de pastillas de jabón en el lavabo y Roberto sólo se había dedicado a hervirlas al baño maría dentro de un tarro de cristal para mezclarlas luego en estado líquido a partes igual con la gasolina. El resultado era una pasta densa pero líquida, de un color marrón un tanto desagradable, que se enganchaba a los tejidos como el demonio y ardía con avidez. Las dianas de paja que Roberto usaba en sus prácticas de tiro podían dar fe de que prácticamente el cien por cien de las “Flechas Roberto&Co, marca registrada” conseguían seguir ardiendo una vez alcanzaban su objetivo: Ya había quemado dos de ellas.

A medida que iba consiguiendo gasolina, la gama de productos “Roberto&Co” aumentaba. Todos ellos creados para repeler el ataque zombi que Roberto intuía inevitable. En sus incursiones para conseguir gasolina, Roberto ya había tenido contacto con los muertos andantes, pero por suerte, había conseguido pasar inadvertido. Si era lo suficientemente silencioso podía evadir a uno de ellos sin problema, aunque no creía que eso fuera posible en el caso de un grupo, y últimamente, a varias calles de distancia de su casa ya había divisado unos cuantos. Ahora lo raro era verlos solos. Aparecían en un lugar y se juntaban en una especie de manada sin líder ni jerarquías visibles, algunos no-muertos desaparecían, pero la mayoría se acababan quedando y cada vez había más y más cerca. Si Roberto volvía al día siguiente, permanecían allí, estáticos o en movimiento, pero rara vez avanzando en alguna dirección, como esperando para dar el siguiente paso. Y cada paso los acercaba más a Roberto ¿Le habían seguido? ¿Acaso podían rastrearlo? ¿O es que el olor a carne no putrefacta era demasiado tentador para aquellos bichos? Por la poca repercusión de sus mensajes ofreciendo cobijo y comida, Roberto intuía que debía de ser el único superviviente en kilómetros a la redonda. “De algo estoy seguro, soy la carne más cotizada del mercado. Ahora mismo ¿me pregunto a cuanto estará el kilo?”

Sigue leyendo » Episodio I;

3 comentarios en "Episodio XVIII"

  1. DAV
    07/10/2010 at 14:54 Permalink

    Muy buena entrada!!! a tenido un poquito de todo y sobre todo, empieza a haber preguntas que se hace roberto!

  2. Pep
    11/10/2010 at 21:35 Permalink

    Acción!!!! acción!!!!

  3. AngelVG
    13/10/2010 at 22:32 Permalink

    Felicitaciones, la lectura es muy entretenida :-) por favor continua!

Deja tu comentario

XHTML TAGS:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Subscribe to Comments