La mañana comenzó fría, como comenzaban todas las mañanas de su nueva vida de superviviente. No debían de ser ni las ocho de la mañana y el día aun era oscuro, aunque pronto la luz empezaría a despuntar. Roberto se desperezó y tras acudir a vaciarse al baño, recogió su saco de dormir y lo enroscó para guardarlo en su funda. Desde hacía unos días había estado pensando en la posibilidad de un plan “B” ante el hipotético asedio que esperaba inevitable sobre su fortín, allí a las afueras de su ciudad.
Su plan principal consistía en organizar algunas defensas para hacer inexpugnable la casa contra los muertos que cada vez se encontraban más cerca. Para ello había aparcado el todoterreno encima de la acera, a menos de un metro de distancia de la verja metálica que daba entrada al aparcamiento. De todo el muro de ladrillo que delimitaba el perímetro de la casa, aquella verja metálica era uno de los dos puntos débiles. Roberto temía que si se agolpaban a la vez demasiados zombis sobre ella, ésta cediera rápidamente. Con el gran todoterreno allí colocado evitaría que se acumulara el peso de muchos cuerpos directamente sobre la estructura, obligándolos a pasar por delante del morro o del culo del coche. Tampoco podrían usarlo para saltar el muro, en el caso de que aquellos zombis tuvieran dotes de funambulistas y, si por desgracia, el tosco vehículo empezaba a arder en medio del fragor de la batalla, Roberto no se tendría que preocupar, pues lo había dejado encendido toda una noche y al despertar, el depósito estaba más seco que una mojama. “Si quiere arder, que arda. Consume demasiada gasolina como para llegar muy lejos con él. Sólo espero que con él ardan unos cuantos muertos también”. Sin duda, las llamas eran un argumento de peso dentro de la defensa de Roberto.
El otro punto débil era la puerta metálica que se encontraba a escasos dos metros a la izquierda de la otra. Ambas estructuras eran del mismo material y databan de la misma fecha, sin duda, más vieja que el resto de la casa. Para atrancarla bien había improvisado una especie de barricada con la mesa del despacho del hombre muerto y los asientos del todoterreno, que Roberto había arrancado de vehículo días atrás. Para asegurar aun más dichas puertas, Roberto había talado unas largas pero robustas ramas de quince centímetros de diámetro para atrancar las puertas apoyándolas detrás de las cerraduras de las verjas.
Dentro de la casa almacenaba doce cócteles molotov, once antorchas, alrededor de doscientas flechas y unas cincuenta preparadas para ser impregnadas en “Napalm Roberto&Co”, una garrafa de cinco litros de su creación, dos botellas de litro y medio de gasolina y los doce cartuchos íntegros de la escopeta. Esa era su potencia de fuego. A parte, Roberto disponía del pico, dos hachas de mano, dos algo más grandes y una especialmente contundente, que no manejaba del todo mal y que era la que había hecho brotar enormes callos en sus manos, para la lucha cuerpo a cuerpo.
Roberto esperaba una aparición gradual de aquellos no-muertos. Intentaría incendiar con antorchas a los que se acercaran demasiado al perímetro de la casa, y si así conseguía controlar el ataque, aguardaría dentro de su nuevo hogar todo el tiempo que fuera posible, donde se podía refugiar y además tenía comida para afrontar un largo periodo. Era imposible que aquellos muertos aparecieran en tropel y menos que saltaran los muros, ya que incluso a él, le había costado un esfuerzo superar aquel obstáculo. Estaban cerca, en su última incursión al exterior los había visto, hacía ya varios días, y su número aunque elevado, no era suficiente para romper sus defensas por la fuerza. Por su comportamiento, Roberto estaba convencido de que llegarían en oleadas de pocos que, por azar, dieran con él. Si se mantenía escondido y acababa con ellos rápido, no correría ningún peligro. Estaba convencido.
Aun así, había noches en que, entre sueño y sueño, Roberto temblaba pensando en que su plan fallaba y se veía, de repente, rodeado de aquellas cosas. ¿Cuánto tiempo podría aguantar? ¿Cuánto durarían sus armas? Aunque no consiguieran entrar, si rodeaban la casa y no se marchaban ¿Cuánto tiempo soportaría verlos rondar, gemir, mirarle con esa expresión hueca?
Aun no había empezado y Roberto ya notaba el asedio. Necesitaba un plan “B”. Necesitaba una vía de escape.
Sigue leyendo » Episodio II;
No hay comentarios en "Episodio I"