Y en eso consistía su plan de emergencia. El plan “B” no era más que una forma de escapar cuando la situación allí en la casa se tornaba insostenible. Había cogido una gran mochila y la había llenado de comida enlatada. Adentro también había introducido una botella de agua de un litro y medio y diferentes briks de zumo, junto al uno de los hornillos de gas y un par de pequeñas bombonas de gas. En los amplios bolsillos laterales había guardado ropa de abrigo de recambio como calcetines gruesos, calzoncillos y camisetas y su linterna más potentes con unas cuantas pilas extra. También había dejado la funda de la escopeta cerca con cuatro cartuchos de emergencia, un hacha de mano y la navaja suiza. En total la mochila debía de pesar algo más de quince kilos, sin contar con el saco de dormir y la escopeta en su funda.
En los días anteriores Roberto había subido desde allí hasta el pino viejo y retorcido que coronaba la colina en cuya ladera sur se posaba el barrio residencial donde ahora residía. No le había costado demasiado encontrarlo pues sólo tenía que ascender en línea recta y después de una hora había llegado hasta allí, donde la vista alcanzaba decenas de kilómetros a la redonda. Desde lo alto de la montaña el aspecto de la ciudad condal tenía cierto aire de normalidad.
Pero no había subido hasta allí para disfrutar de las vistas. Roberto sabía que por detrás del pino transcurría un viejo sendero que unía el Bajo Llobregat con el Garraf. Si Roberto lo tomaba dirección noreste el camino lo llevaría a adentrarse en antiguos senderos ascendentes y sinuosos que daban a diferentes masías abandonadas que le servirían de refugio hasta que llegara a una localidad situada a unos veinte kilómetros, pequeña y apartada, que se encontraba justo detrás de la primera línea de la sierra litoral. Con aquellas provisiones tendría de sobras para llegar hasta allí. Una vez allí, Dios diría.
Conocía el camino, porque ya había estado allí en alguna ocasión, de excursión con sus amigos. Todos ellos ahora estaban muertos, quizá esperando para hincarle el diente allí abajo.
El camino era cuesta arriba en casi todo su trayecto, y eso le beneficiaba pues, si los muertos eran lentos, cuesta arriba lo serían aun más. Si caminaba raudo les podría sacar una buena ventaja teniendo claro que él tendría que descansar, y los muertos no. Había pensado en escapar con su pequeño coche, pues el todoterreno ahora hacía las veces de barricada, pero para su desgracia, su coche estaba tan seco de gasolina como el todoterreno y no llegaría muy lejos. Además, las carreteras llevaban a las ciudades y sabía que a medida que pasaban los días su tiempo en la ciudad se estaba acabando. Las ciudades eran ahora feudo de muertos. Si quería partir de allí en su coche, debería hacerlo ya, antes de la llegada de los muertos, luego sería tarde. Y a Roberto le costaba aceptar la idea de abandonar la casa en la que tan cómodo había pasado las últimas semanas. Había decidido defender su posición el máximo tiempo posible. Quizá todo fuera fruto de su imaginación, quizá aquellos no-muertos no llegaran nunca en masa y acabando con los que se acercaran demasiado a su posición tuviera suficiente, se decía todas las noches antes de conciliar el sueño. Y, sobretodo, quizá un día no muy lejano alguien acudiera en respuesta a sus mensajes y se acabara de una vez por todas la soledad de aquellos días. “Mañana mismo, alguien podría acudir en mi auxilio, alguien podría venir y hacerme compañía, o mejor, alguien podría venir y llevarme a un lugar seguro”.
El día que los muertos por fin dieron con su escondite Roberto estaba dentro de la casa comiendo una fabada en lata recién calentada en la barbacoa. Hacía un día espléndido y Roberto quería disfrutar de una comida caliente al sol. Había estado practicando con las flechas incendiarias, aunque con las puntas apagadas, sólo para acomodarse a la diferencia de peso. La temperatura era perfecta pese a ser mediados de febrero. Sobre el medio día, cuando el sol se alzaba en lo más alto del cielo azulado, un no-muerto escuálido, semidesnudo y de un blanco maculado de lila y negro. Roberto lo vio unos minutos más tarde cuando, después de acabar con su alimento, salió al porche de la casa a fumar un cigarrillo.
No se sorprendió. Simplemente apuró su cigarrillo siguiendo con la mirada los movimientos torpes y lentos del muerto. Cuando la colilla estaba en el suelo, apagada y aplastada por su bota, Roberto entró de nuevo en la casa pensando en cómo acabar con el intruso.
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