Episodio IV

No llegaron a pasar ni tres horas cuando, a media tarde, hicieron aparición cuatro no-muertos más. Roberto se había tumbado a echar una siesta tras su primera contienda contra los invasores para intentar calmarse un poco, pues se había quedado algo alterado. Se había echado sobre el sofá con las manos oliéndole a gasolina y había cerrado los ojos, pensando que quizá al despertar la calle continuase vacía. Pero no había sido así.

Roberto se despertó algo compungido y totalmente desorientado, pensando que debían de ser las primeras horas de la mañana de un día cualquiera. El no-muerto antorcha no era más que un recuerdo difuso, que perfectamente podía pasar por un extraño sueño. El sol estaba muy bajo ya, lo que ayudaba poco a la hora de volver a orientarse, y dentro de la casa había empezado a refrescar de lo lindo. Al salir al porche como cada mañana, bien abrigado con una de las chaquetas que se había agenciado en el almacén de deportes, y ver el amasijo de carne y huesos negros y chamuscados, Roberto cayó en la cuenta de que no era un día nuevo, sino el mismo, llegando ya a su ocaso. Se llevó las manos a la nariz, olían a gasolina.

La sorpresa fue que el amasijo no estaba sólo. Cuatro cuerpos lo acompañaban allí afuera. Tres de ellos rondando la casa con la misma expresión desorientada y totalmente falta de emoción o intención. El cuarto se arrodillaba ante los restos del cuerpo chamuscado para mordisquearle uno de los pies, que precisamente era donde aun se podía encontrar algo parecido a carne.

Afinó la vista, miró más allá, y vio que no eran sólo cuatro. Dos más subían por la calle principal que desembocaba en la avenida del pino viejo, justo la misma por la que había subido él innumerables veces. Roberto se puso algo nervioso. Todo había acontecido muy rápidamente y sus peores pesadillas parecían comenzar a hacerse realidad. En la misma tarde, ya habían llegado hasta él siete de aquellos molestos no-muertos. Sus caras no mostraban voluntariedad en el hecho de aparecer allí, pero ¿qué oscuros y primarios pensamientos correrían por las mentes de aquellas cosas? Roberto intuía que detrás de aquellas caras inexpresivas y faltas de toda motivación se escondía un instinto depredador oculto, el de probar un bocado de su jugosa y viva carne.

Roberto volvió dentro de la casa y cerró la puerta sigilosamente. Notaba los pelos de su cuerpo erizarse bajo las capas de ropa de abrigo. Minutos después Roberto volvía a aparecer encaramándose por la ventana con el arco y las flechas, pasando por encima de la sábana con el mensaje, hasta llegar de nuevo a las tejas sobre el porche. Cogió una flecha y la empapó de nuevo con la mezcla, la colocó en el arco e hizo el ademán de dispararla, sólo a modo de práctica, como para desperezar toda su musculatura. Aun seguía algo desorientado y no podía evitar sentirse como si todo aquello no estuviera pasando. Como si no fuera más que otro de sus extraños sueños. “Podría bajar allí con un hacha y reventarlos hasta que no quedara de ellos más que carne picada y polvo de huesos, ¿acaso no puedo hacer lo que quiera en mi sueño?”

Se llevó la cuerda hasta la mejilla y la mantuvo allí por unos segundos, hasta que el pulso empezó a temblarle. Miraba desde las plumillas de silicona de vivos colores, a lo largo de la vara de fibra negra, más allá del trozo de tela impregnado y oloroso, prolongando la punta metálica hasta el muerto que se inclinaba sobre los restos del anterior, saludando a Roberto con las nalgas.

Destensó la cuerda y retiró la flecha, dejando ambos objetos sobre las tejas con cuidado, para que la inclinación no las hiciera caer abajo. Se llevó las manos a los ojos y se los estrujó. Le picaban y sentía los parpados pesados. Eran los efectos secundarios de una siesta excesivamente larga. Al darse cuenta, tras desperezarse, de que todo seguía igual Roberto llegó a la conclusión de que no era un sueño y volvió a recoger de sobre las tejas el arco y la flecha. Prendió el pringue incendiario, colocó la flecha de nuevo tal y como había hecho segundos antes, la tensó con confianza y le devolvió el saludo al zombi haciéndole brotar una flecha en llamas de la nalga izquierda.

El no-muerto no pareció inmutarse, no obstante, las llamas empezaron a correr por los pantalones y pronto al montón de carne y huesos chamuscados se le unió otro cuerpo, que en su impulso de morder y desgarrar carne, no paró en su empeño hasta que las llamas lo rodearon por completo. Roberto contempló el espectáculo un rato, con aire despreocupado, hasta que se cansó y volvió su mirada a los otros seis zombis que parecían no haberse ni enterado. Se rascó la frondosa y negra barba que le había crecido, pensando en cómo acabar con ellos también. “Ahí que ver qué sueños tienes, Rober”, se dijo para sus adentros y una ligera risa, algo histérica, se le escapó entre los dientes.

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