Episodio IX

El cañón se posó, tras las barras de la puerta de metal de la entrada, sobre el rostro de uno de aquellos zombis. Una mujer de mediana edad recibió el contacto frío del metal mordiendo con ansia el cañón de la escopeta. Era fea como ella sola tras su muerte y posiblemente también antes de su muerte lo fuese con avaricia. No importaba. Roberto no pudo ver más detalles que su larga cabellera negra y sucia, pues en menos de un segundo la detonación del cartucho hizo explotar su cabeza en mil trozos.

Primero, un fogonazo de luz le cegó los ojos, luego cientos de trozos de cráneo chamuscados volaron por los aires al tiempo que sus oídos recibían el atronador sonido de la detonación. En menos de un segundo, la repentina luz le había cegado y el coro de gemidos había dado paso a un pitido sostenido y muy molesto. Pero eso no importaba.

El cuerpo de la mujer, descabezado e inerte, aun seguía pegado a la puerta metálica por efecto de la presión que ejercían los otros zombis empujando hacía delante, intentando abrirse un hueco hasta él. Pero eso no era digno de la atención de Roberto en esos momentos. En cuanto recuperó la suficiente visión como para poder posar el cañón de la escopeta en la cabeza de otro de aquellos no-muertos, una nueva detonación inundó con su atronador sonido las calles de aquella barriada. Esta vez Roberto había cerrado los ojos involuntariamente, pero no pudo evitar sentir el terrible estallido en sus oídos. Olía a carne demasiado hecha en la barbacoa y a fuegos artificiales. Aunque Roberto sabía que aquellos fuegos no eran ningún artificio, eran muy reales. Aquel era el olor de la pólvora.

El molesto pitido ahora convivía con los gemidos, pero Roberto no se molestó en tomarlo en consideración. Aun no había acabado. Se había permitido el lujo de reventar dos cabezas con la escopeta. Dos cartuchos. Dos y no más. Volvió sobre sus pasos sin mirar atrás para continuar con aquel correoso trabajo nocturno. Sólo un objeto extraño le desvió de su trayectoria por un momento. Por el rabillo del ojo divisó algo en el césped, ya bastante crecido, de la entrada de la casa. Era el arco. Por lo visto había caído con él tras el accidente. Lo recogió y volvió dentro de la casa.

Subiendo a oscuras hasta el segundo piso Roberto comprobó que aun funcionaba a la perfección. Una vez arriba se asomó a la ventana que daba a la parte frontal de la casa y agarró una de las flechas que tenía preparadas para ser incendiadas. Había subido un buen montón de ellas allí arriba, y también varios cócteles molotov de los que había preparados días atrás. Sin duda, sería un buen momento para usarlos.

Se asomó a la ventana, pero esta vez no salió fuera. Roberto no quería caerse de nuevo desde el tejadillo del porche, así que se quedó asomado a la ventana, con medio cuerpo fuera para evitar accidentes con el fuego. Desde allí arriba podía ver mejor a los muertos agolpados contra la pared de ladrillos del muro exterior. Eran más de una veintena, sin duda, desde abajo no había podido verlos a todos agolpados allí. Los que estaban más pegados al muro quedaban fuera de su alcance pero podía acertar a los más rezagados y si ellos ardían, el resto también ardería.

La puerta principal estaba aguantando bastante bien la acometida. Los zombis hacían presión sobre ella, pero ésta parecía negarse a ceder y, al parecer, la idea de colocar el todoterreno delante de la entrada del aparcamiento había sido un gran acierto. Los zombis lo rodeaban pero no conseguían hacer fuerza suficiente ni para que se notara. Entre la puerta y el todoterreno habría espacio para uno o dos zombis, no más, y así era imposible que consiguieran empujar entre todos y tirarla abajo. Roberto se alegró por el resultado de su estrategia y se puso de nuevo manos a la obra. Cogió una flecha, la encendió, la colocó en el arco y tras menos de cinco segundos ésta voló en dirección a la muchedumbre apostada en las murallas de su impenetrable fortaleza. Tras la primera, muchas la siguieron. Tensar, apuntar, soltar. Tensar, apuntar, soltar. Tensar, apuntar, soltar.

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5 comentarios en "Episodio IX"

  1. AngelVG
    10/11/2010 at 0:40 Permalink

    Hola, pienso que no debio gastar esos dos cartuchos, luego le pueden hacer falta y el ruido terminaria animando a mas muertos para su escondite…

  2. DAV
    10/11/2010 at 15:34 Permalink

    si, pero estaba cabreado y le apetecia rebentar un par de cabezas! es comprensible… Aunque mejor que el arco era una buena oportunidad para probar uno de los “mojitos inflamables” de roberto :D

  3. Unx
    10/11/2010 at 17:24 Permalink

    Mojito inflamable? me gusta como suena, pero DAV no te adelantes a los acontecimientos!!

  4. Pep
    10/11/2010 at 23:21 Permalink

    Se como sea ya está hecho. Ahora lo impotante es acabar con la ameza directa (esa veintena de podridos), además recordad que Roberto tiene una plan de fuga. Pero por encima de todo hemos de buscarle una novieta al chico, que ya se lo merece.

  5. DAV
    11/11/2010 at 15:39 Permalink

    jajajaja! bien por lo de la novieta!! y si esta viva, ya ni te cuento!!

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