Episodio VIII

Cuando Roberto se despertó, la cabeza aun le daba vueltas y el sabor a sangre en la boca seguía siendo muy fuerte. Tenía la impresión de haber estado durmiendo horas y ya no quedaba ni un atisbo de luz en el cielo. Se encontraba boca arriba en el suelo, con medio cuerpo sobre las baldosas y el otro medio sobre el césped de la entrada. A la altura de la espalda, notaba como el pequeño bordillo que separaba un terreno del otro se le clavaba entre las costillas. “Ahí me saldrá un buen morado” pensó Roberto al momento. Dentro de su boca aun sentía como si la lengua se le hubiera inflado y ocupara el triple del volumen habitual. No había duda, al pegar el cabezazo se la había mordido y ahora estaba bien inflamada.

Los gemidos lo retornaron a la realidad rápidamente. Los escuchaba envolverlo, darle vueltas, como si provinieran de todas partes y haciendo un esfuerzo considerable, consiguió ponerse en pie a la primera, aunque con alguna dificultad. Roberto se giró en dirección a la puerta tapiada de la entrada y cuál fue su sorpresa al encontrarse a toda una legión de muertos apretujarse unos a otros contra los muros y las puertas de la casa. Gemían, agitaban los brazos y movían la cabeza de lado a lado, intentando agarrarle con las manos, morderle con la boca, pese a estar a una distancia demasiado larga para ni siquiera conseguir rozarlo. En total, más de veinte zombis sedientos de sangre se arremolinaban en torno a la entrada, tan activos y espabilados que Roberto no podía casi ni creérselo.

Corrió en dirección a la casa, se buscó en los bolsillos y allí estaban las llaves. Estaba temblando por una mezcla de frío y miedo, notaba las manos entumecidas, insensibles y torpes. Quería actuar deprisa y en un intento de acertar en la cerradura se le cayeron las llaves sobre el felpudo. Roberto maldijo en voz alta, pero la lengua inflamada sólo le permitió emitir un sonido extraño y amorfo. Mientras a varios metros de distancia, los muertos gemían en un irregular y descompasado coro de voces muertas. Hacía un frío cortante, pero Roberto notaba el sudor correr por su espalda y mojar sus manos. Finalmente consiguió recoger las llaves e introducir la correcta en la cerradura. La puerta se abrió sin problema y Roberto entró en la casa, cerrando la puerta de un portazo.

En tanto que Roberto cruzó la puerta notó como si todas sus fuerzas se diluyeran. Las piernas le flojearon y se dejó caer hacia atrás, apoyando la espalda en la madera. Su propio peso le hizo deslizar hasta el suelo. La respiración le iba del todo acelerada, creando un sonido ronco y fuerte saliendo de sus bronquios. Por momentos creía que el corazón no le aguantaría y explotaría inevitablemente en su pecho. Finalmente consiguió templar sus nervios, pero entonces empezó a notar dolores por todo su cuerpo. Las rodillas le dolían en reposo, un dolor ligero y molesto pero soportable, la cabeza le daba vueltas y notaba aun clavado el pequeño bordillo en la espalda, pero sin duda, lo que más le dolía era la boca. Toda ella era dolor, con el gusano sanguinolento que le habían cambiado por la lengua rozando contra los dientes y creando punzadas de dolor al más leve de los movimientos.

No tardaron sus oídos en acomodarse y pronto volvió a escuchar los molestos gemidos atravesar la puerta. Aquellos muertos se habían desatado, estaban idos, como en una especie de fiebre salvaje causada por la sangre fresca. Eso le recordó al “zombi de la tercera edad” en aquella mugrienta caseta de obra y a la manera en que se le abalanzó tras cruzar la puerta. Comparado con la jauría que le aguardaba ahí fuera, aquel pobre no-muerto daba más risa que miedo. Roberto empezó a pensar en los muros que le protegían, en las armas que tenía y en como ensartó el pico en la cabeza de aquel muerto desgraciado. No podían pasar. Estaba seguro allí dentro. “No pueden, no pueden, no pueden” se repitió decenas de veces en silencio.

Al final consiguió levantarse y se fue directo a la cocina. Renqueante y dolorido rebuscó en busca de algún analgésico en los montones de medicamento que le había dejado en herencia el anterior inquilino de la casa. “Ese cabrón está ahí fuera descansando, a salvo de esos jodidos caníbales, y yo aquí, metido en la mierda hasta el cuello” Al final cogió dos pastillas de paracetamol y se las metió en la boca, encima de la dolorida lengua. Cogió una botella de agua, la abrió y le pegó un buen trago que le supo a rayos y le causo una explosión de dolor en la boca. Roberto golpeó la encimera con el puño cerrado y se dio la vuelta con los ojos inyectados en sangre. “Sólo tengo que salir ahí fuera y matar a todos eso zombis de mierda. No puede ser tan difícil”, volvió a golpear la encimera y se puso manos a la obra.

La puerta de la casa se abrió de golpe en medio de la noche. Estaba oscuro pero no importaba, los ojos de Roberto se habían acostumbrado a la oscuridad y percibía todo lo necesario para llevar a cabo su objetivo. Entre sus manos llevaba la escopeta que se había obligado a usar sólo en los momentos de urgencia, convencido de que no había mejor momento para usarla que ese. Ante él, dos docenas de zombis se agolpaban sobre la puerta y los muros, apretándose entre ellos, gimiendo como locos, con los rostros descompuestos y retorcidos en una mueca asesina. Roberto avanzó con paso decidido sin escuchar ni uno solo de los aullidos que aquellos no-muertos proferían, sólo escuchaba el curso desenfrenado de sus pensamientos.

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