Roberto había disparado las flechas muy rápido y, sin duda, había errado innumerables veces. Sin embargo, las suficientes flechas habían acertado en sus objetivos y toda la fila de atrás había empezado a arder. La calle ahora estaba iluminada prácticamente en su totalidad como si las farolas se hubieran vuelto a encender y proyectaban danzantes sombras a lo largo del asfalto. Era un espectáculo muy raro, pero no estaba falto de cierta belleza. O así lo creía Roberto.
Había perdido la cuenta de las flechas que había llegado a lanzar pero estaba seguro de que no serían pocas porque le dolían las yemas de los dedos como nunca. “Me saldrá un callo terrible”, bromeó para sus adentros y se encendió un cigarrillo. Al aspirar el humo, su maltrecha lengua le profirió un terrible pinchazo que le puso la piel de gallina y Roberto acabó por lanzar el cigarrillo en dirección a los muertos en llamas. “Mierda, creo que no encontraré mejor momento para dejar de fumar” bromeó mientras el cigarrillo volaba dando vueltas en el aire hasta caer sobre el césped, unos metros más allá de donde él mismo había caído. Desde allí arriba las llamas eran un espectáculo digno de ver, algo sádico e inhumano, pero impresionante.
Alrededor de treinta cuerpos, quizá alguno más, peleando por entrar en la casa. Algunos otros cuerpos aun se mantenían algo alejados del tumulto, como tímidos, dudando si acercarse más o permanecer alejados. Pero al final todos acababan sucumbiendo a las llamas danzantes y su baile hipnótico y se sumaban a la “melee zombi”. Todos ellos andrajosos, sucios y malolientes. Hombres, mujeres y niños. Todos ellos muertos y destinados a arder. Al principio la oscuridad los amparaba, pero esa misma oscuridad no duró demasiado. Con las primeras flechas lanzadas apresuradamente por Roberto, desde la ventana, algunos cuerpos empezaron a arder. Las ropas se encendían con el naranja de las llamas hambrientas, unas más rápido que otras, y comenzaban a consumir al no-muerto que por algún arte mágico desconocido o por fruto de una biología aberrante no parecían notar el calor sofocante de las llamas.
Y el fuego no paraba de llover sobre los muertos. Más flechas caían sobre ellos. Unas fallaban e impactaban por el suelo, rebotando contra el asfalto y consumiéndose lentamente como pequeñas bengalas en la noche, otras se clavaban y se unían a los demás cuerpos candentes. Los cuerpos incendiados seguían empujando a los que tenían delante y las llamas saltaban de unos a otros en una especie de efecto dominó macabro.
Para cuando Roberto se dio por satisfecho en su empeño, múltiples cuerpos ya ardían con furia, con auras de un naranja intenso y mientras empujaba y agitaban las manos en dirección a Roberto las llamas saltaban de uno a otro haciéndose la pira más y más grande. Durante un buen rato Roberto permaneció allí arriba, asomado a la ventana y con la cara bañada por el color de las llamas, que habían pintado el mundo con una paleta de colores anaranjados. El olor de la barbacoa gigante de allí abajo le estaba empezando a marear de nuevo pero lejos de amedrentarse esta vez, cogió un cigarrillo, lo partió en dos trozos más o menos iguales y se los introdujo en los orificios de su nariz. Lo había visto en alguna película. “La Delgada Línea Roja. Estoy seguro que fue en esa”. Por lo visto el truco funcionaba bastante bien.
Sigue leyendo » Episodio XI;
No hay comentarios en "Episodio X"