Episodio XI

El mundo olía a nicotina. Por suerte para Roberto la nicotina resultaba mucho más agradable que la carne de zombi a la parrilla. Las llamas, mientras tanto, seguían consumiendo poco a poco a los muertos que se agolpaban en la puerta. La fila de atrás del todo estaba ardiendo prácticamente en su totalidad y ni uno de los muertos se libraba de tener un brazo, la cabeza o el torso en llamas, y esas llamas ya habían saltado a los siguientes. Éstas se alzaban un metro por encima de sus cabezas agitándose frenéticamente, intentando alcanzar el cielo para luego diluirse. Pero iban demasiado poco a poco para el gusto de Roberto, que pese a haber conseguido aplacar su rabia con los dos disparos de escopeta, aun se sentía excesivamente inquieto.

Su vista se desvió hacia el suelo. Allí, al lado de sus pies, bajo la ventana, aguardaban dos botellas de vino rellenas hasta la mitad y con un trozo de tela saliendo de la punta. Eran sus cócteles molotov. La artillería pesada.

“Me encanta el olor a Napalm por la mañana” resonó la voz de Robert Duvall en su cabeza. Era una frase cruel, usada en una película cruel. Pero además de todo eso, era una idea muy tentadora. Roberto recordó que no era Napalm lo que había dentro de esas botellas, era simplemente gasolina, su “Napalm Roberto&Co” sólo lo había usado para las flechas y lo tenía abajo. Pero eso no lo sabía el Robert Duvall de su cabeza, además ¿qué importaba ya? Lo realmente importante era que la semilla había sido plantada. La semilla de una idea algo loca y atrevida, pero atractiva sobremanera y demasiado tentadora como para intentar alejarla de sus pensamientos. Sentía el impulso incontrolable de lanzar uno de aquellos regalitos sobre la masa de zombis de allí abajo. Quería acelerar su incineración. Además ¿si no era para ese motivo, para qué había hecho aquellos cócteles molotov?

No le costó demasiado convencer a su parte prudente para ceder ante el impulso de usar la artillería. En un instante, Roberto estaba asomado a la ventana con una de aquellas botellas altamente inflamables en la mano. Su parte prudente había llegado a un acuerdo con su parte impulsiva: “No la enciendas. Lánzala apagada. Total allí abajo llamas no faltan”. Y le había parecido bien. Así que eso era lo que iba a hacer. Y lo quería hacer ya.

Cogió la botella y la sopesó con cuidado. Roberto temía fallar el lanzamiento y causar un destrozo, pero volvió a pensar en que la iba a lanzar apagada, así que si erraba como mucho mancharía un poco el suelo. Eran unos escasos diez metros los que separaban a Roberto de la muchedumbre zombi. Llegar, llegaría sin problemas. Lo único que le preocupaba era pasarse y perder el coctel incendiario. Decidió que ya estaba bien de dudar tanto y lanzó la botella sin pensarlo más, con brazo firme y seguro, dándole una marcada parábola.

La botella giró por los aires innumerables veces para caer, sin más dilación, en medio de la muchedumbre. Los zombis parecían no haberse inmutado de la que se les venía encima y continuaban mirando en dirección a Roberto, dando dentelladas y alargando los brazos, los que podían. El zombi que recibió el botellazo era un adolescente alto y delgado, de más de metro noventa y con el pecho al descubierto que sobresalía casi una cabeza por encima del resto. Su cabeza, como si de un pararrayos se tratase, atrajo el artefacto incendiario y cuando éste golpeó en la coronilla del muerto, el cristal se quebró liberando el combustible que contenía dentro. El zombi quedó empapado, del mismo modo que los muertos que tenía alrededor. Pero no duró demasiado. En cuanto algunas gotas cayeron en las llamas que había tras ellos una columna de fuego de la altura de tres coches se alzó por encima de todos ellos, hasta llegar hasta la altura a la que estaba Roberto, iluminándolo todo con tal fuerza que pareció como si estuviesen en la mismísima boca del infierno.

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6 comentarios en "Episodio XI"

  1. sark
    16/11/2010 at 14:32 Permalink

    de momento problema solucionado pero creo que es hora de que roberto se vaya buscando otro refugio,que tal algun castillo de la zona,no se me ocurre mejor fortaleza,y para cuando algo de compañia va a terminar chalado de tanta soledad

  2. Buceante
    16/11/2010 at 17:09 Permalink

    Vaya dos capitulones de acción!

    No sé vosotros, pero yo le he cogido gustillo a leerme los capítulos de Zombis.net con esta música de fondo:

    http://www.youtube.com/watch?v=ST2H8FWDvEA

  3. AngelVG
    16/11/2010 at 20:12 Permalink

    Hola Buceante…

    Muy buen aporte!

  4. Unx
    17/11/2010 at 14:57 Permalink

    Ayy que mal cuerpo le deja a uno esa canción.

    Por cierto, que tal el ritmo de publicación últimamente? espero que no tengáis queja!

    Un saludo

  5. el_ilegal
    17/11/2010 at 18:58 Permalink

    muy buenos capítulos…lo que me extraña es que con tanto zombi ardiendo el coche aparcado en la puerta no se haya prendido o explotado, derribando la puerta y dejando entrar a los podridos…….no se si pensar si roberto tiene buena suerte o mala suerte…..

    el ritmo genial, te animo a seguir con esta historia….por lo que a mi respecta, si sigue siendo tan buena ya puedes pensar en publicarla, porque en cuanto salga aquí tienes a un comprador seguro

    suerte!!!

  6. Pep
    17/11/2010 at 23:38 Permalink

    Ahí ahí, publicando cada pocos días.
    Además ya le hemos perdido el miedo a los podridos. Sabemos acabar con ellos. Adiós a los días de pánico en el trastero. Podrido que ve Roberto, podrido re-muerto. ¡Podemos!

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