Desde la ventana, Roberto recibió el abrazo sofocante del aire caliente que había levantado aquella bola de fuego. Los ojos se le secaron al instante y se tuvo que llevar las manos a la cara debido al picor que sentía en esos momentos. Se frotó los ojos con las manos durante un rato y cuando los volvió a abrir, las llamas bailaban allí abajo con una intensidad brava. En pocos segundos, el humo que antes no era más que una fina capa que se levantaba tímida sobre los muertos se había convertido en una agresiva columna negra que ascendía hacia los cielos, empujada hacia la casa por la leve fuerza del viento.
En cuanto el humo entró por la ventana Roberto se vio forzado a cerrarla para que la casa no se ahumara por completo. Por suerte para él, los cigarrillos seguían enmascarando el olor dulzón a carne quemada. Una vez cerrada la ventana, Roberto se dio cuenta de que tenía una visibilidad nefasta desde esa posición, así que se decidió a volver abajo. En el primer piso el humo no le molestaría.
Mientras bajaba Roberto recapacitaba sobre la que había montado allí fuera. Una cosa era prender fuego a los muertos de uno en uno y otra muy diferente era crear un incendio en medio de la calle. Detrás de la casa no había más que árboles y matorrales que, si por una casualidad, acababan por prender se convertirían en un incendio en toda regla, capaz de devorar hectáreas enteras de terreno. Roberto se tranquilizó pensando que eso solamente solía pasar en verano, cuando el bosque estaba más seco que el desierto. Ahora estaba verde, fresco y húmedo. Pero tendría que andarse con cuidado.
Al salir de nuevo a la calle, tapándose la nariz y la boca con un pañuelo atado al cuello, Roberto pudo contemplar las llamas por encima del muro de la casa. No era un muro bajo precisamente, el primer día le costó lo suyo saltarlo, sin embargo las llamas se levantaban lo menos medio metro por encima de él. Se acercó a la puerta y notó como la temperatura subía a medida que se acercaba, metro a metro a la puerta. Al otro lado, empujándola aun, los zombis ardían con insistencia, gimiendo y retorciéndose. Algunos de los muertos que no cesaban en el empeño de superar la puerta estaban calcinados, con los ojos supurantes y reventados por el calor y la piel cuarteada y escamada, negra por la combustión. Roberto volvió a sentir nauseas, esta vez más por la aterrorizante imagen que por el olor.
Decidió que tenía que marcharse de allí por un momento. No podía soportar un minuto más aquella imagen tan escalofriante y decidió recorrer el perímetro de la casa para ver si las llamas habían alcanzado otros puntos de la zona. Miró alrededor y detrás de la casa pero no vio conatos de incendio. El viento estaba de su parte, desde hacía unos días casi ni soplaba, y eso estaba ayudando a que las llamas no escaparan de allí. En la parte de atrás de la casa, al lado de la piscina, continuaba haciendo fresco y el aire no olía tan mal. Roberto se quitó el pañuelo y los trozos de cigarro de la nariz y se sentó en una silla de teca que había allí, junto a una mesa donde solía dejar las flechas cuando practicaba tiro con arco.
¿Qué hora debía de ser? Era la pregunta que Roberto se hacía allí detrás mientras esperaba que las llamas bajaran de intensidad para poder volver a valorar el efecto de su ofensiva anti-zombis. Tenía la impresión de que no debían de ser más de las ocho o las nueve de la noche, pero había estado inconsciente durante un rato y eso hacía que no estuviera seguro de nada en ese momento. Por lo visto, los analgésicos le habían ayudado bastante y apenas notaba una ligera inflamación en la lengua, sin excesivo dolor. Roberto intentó no pensar demasiado e inclinó la espalda con cuidado sobre el respaldo de la silla. Hacía fresco pero no importaba, era invierno así que era normal. “Lo que no es normal es la que tengo montada ahí delante, ¡Qué calor por dios!” se dijo mientras cerraba los ojos. Se acababa de dar cuenta de que estaba agotado, destrozado más bien. “Sólo un momento, tengo que descansar unos minutos” continuó pensando, mintiéndose deliberadamente a sabiendas de que se quedaría dormido en un momento algo inapropiado. “Cojo fuerzas y vuelvo al frente mi capitán ¡Señor, sí, señor! Permiso para retirarse y todas esas cosas. Sólo será un momentito, cinco minutos, lo prometo”.
Sigue leyendo » Episodio XIII;
No hay comentarios en "Episodio XII"