Episodio XIII

Si fueron o no cinco minutos nadie lo sabrá nunca, aunque lo más probable es que en vez de eso fueran varias horas. Cuando Roberto se despertó estaba pelado de frío y totalmente entumecido. “¿Me han dado una paliza?” Se preguntó, “¡Ahh! sí, me la han dado y bien dada” se dijo al recordar que se había caído desde el tejadillo sobre el porche. Últimamente su vida era de lo más movidita: caídas, explosiones, persecuciones, zombis. Tenía todos los ingredientes necesarios para una película de serie B.

Recordaba haber soñado que golpeaba una puerta de madera, una puerta maciza y robusta como ella sola. Pero la puerta no se abría. No había manera de abrirla. Recordaba que había sentido miedo de mirar hacia atrás y de que con cada golpe que le daba a la puerta, la atmosfera se hacía más y más agobiante, como si estuviera en una habitación que se iba encogiendo poco a poco. Al final alguien le hablaba detrás de la puerta. Lo que le decía carecía de importancia por que Roberto lo único que quería era que la abrieran de una vez, cosa que nunca pasaba. Era más pesadilla que sueño, pero Roberto lo había soñado tantas veces que ya no se levantaba turbado.

“La sorpresa me la llevaré el día en que me abran la puerta”. Se levantó de la silla y se puso en marcha renqueante, en dirección de nuevo a la entrada de la casa.

Seguía siendo de noche, una noche cerrada y negra. Las llamas habían cesado prácticamente por completo y ya sólo quedaban algunos cuerpos cubiertos por unas tímidas llamas que hacían las veces de antorcha, iluminando la calle y a los zombis que allí se encontraban. Todos los muertos que había sitiado la puerta habían quedado reducidos a una masa uniforme, negra y humeante, una especie de alfombra macabra estirada más allá de la puerta, confeccionada con cuerpos retorcidos y carbonizados.

Detrás de aquella masa de cuerpos amorfos, había unos cuantos zombis tambaleándose desorientados de lado a lado. Eran los que no se habían atrevido a unirse a la “melee zombi” y los que habían llegado por la calle hace poco. Por lo visto, éstos habían vuelto a la calma y parecían de nuevo tan inofensivos como siempre. Autómatas andantes, ajenos a todo lo que ocurriese en el mundo. A lo largo del asfalto Roberto llegó a contar hasta trece. “Por ahora, luego subirán más por esa cuesta ¿Lo sabes, no?” Por supuesto que lo sabía. En ese momento Roberto le hubiera dado un puñetazo a su molesto cerebrito si no hubiera estado el cráneo de por medio.

Tapando la verja del aparcamiento, el todoterreno había sufrido daños terribles. La pintura estaba agrietada y desconchada, los faros se habían derretido, igual que los dos grandes neumáticos delanteros. El vehículo estaba irreconocible, pero lo importante era que el chasis había aguantado sin problemas y seguía tapando la entrada del aparcamiento. Había hecho bien dejando el coche seco de gasolina, a saber qué hubiera pasado si el todoterreno hubiera explotado.

Roberto recordó que aun le quedaban unas cuantas flechas arriba y estaba tan entumecido y dolorido que no quería ni siquiera pensar en volverse a dormir. Necesitaba darle calor a sus músculos. La luz de los cuerpos que aun ardían iluminaba lo suficiente a los otros para diferenciar su silueta en la oscuridad, pero no tanto como para poder discernir los detalles. Roberto no necesitaba más. Si acertaba a algún cuerpo ya tendría más luz.

Al segundo piso subió con un baso lleno de whisky hasta la mitad, recordaba como Clint Eastwood siempre se desinfectaba alguna herida de bala con esa bebida en aquellos “espagueti westerns” y Roberto se tenía que desinfectar la lengua pues tenía una buena herida. En ese momento le pareció mejor idea usar whisky que usar agua oxigenada. Bebió un trago, no sin antes intentar retener la bebida en la boca por el mayor tiempo posible. Vio las estrellas mientras aguantaba el alcohol en la boca hasta que los ojos se le quedaron llorosos y húmedos para, finalmente, escupir el líquido por la ventana con un gesto de asco y furia. Tras eso le dio otro trago al licor, esta vez para tragárselo, y armó el brazo para volver a disparar una de aquellas flechas.

Le costó ver a través de las lágrimas de dolor que se le habían saltado. El objetivo fue una sombra estática situada a escasos metros de la alfombra de muertos que había sobre la entrada de la casa. La llameante flecha le entró por entre las costillas, al lado del brazo derecho y empezó a arder tímidamente. El impacto de la saeta pareció despertar al no-muerto, que inmediatamente se puso a caminar lentamente y sin rumbo. A este muerto, cada vez más iluminado por efecto de las llamas que crecían en su pecho, se le fueron uniendo los demás muertos en su marcha. Roberto dio otro doloroso trago al whisky y apuntó al siguiente. Durante un buen rato estuvo allí apostado Roberto, con su arco y las flechas, sin prisa alguna, esperando un tiro certero para asegurarse que la flecha acertara en su objetivo.

Disparó pocas flechas y bebió bastante whisky. Cuando se le acabó el vaso que se sirvió, bajó a por más, para continuar con su cacería. En total Roberto acertó a cuatro de aquellos zombis mientras, amparado por la noche, esperaba a que aquellos no-muertos pararan quietos o se pusieran a una distancia a la que poder asegurar el tiro. De los cuatro aciertos, sólo tres acabaron por resultar efectivos y durante un rato, los tres zombis anduvieron ardiendo de arriba para abajo como luciérnagas en la noche hasta que las llamas los cocinaron lo suficiente y cayeron fulminados al suelo para seguir ardiendo, ahora en posición horizontal.

Antes de que pudiera ver el amanecer, Roberto ya iba tan borracho que ni siquiera era capaz de mantener el arco firme. El alcohol había conseguido mitigar el dolor que sentía en la boca pero era incapaz de tirar de forma certera en su estado de embriaguez. Tuvo la suficiente lucidez para decidir no malgastar flechas y se tiró sobre la cama que había en la misma habitación desde la que había realizado los disparos. Cerró la ventana y se tiró sobre la cama para quedarse allí dormido, con la ropa puesta y el olor a gasolina en sus manos.

Sigue leyendo » Episodio XIV;

2 comentarios en "Episodio XIII"

  1. Buceante
    18/11/2010 at 14:39 Permalink

    Aiii que gustillo le ha pillado al arco y las flechas el borrachuzo de Roberto… Como le meta fuego a un solo arbusto del Garraf, se va a liar parda, arderán miles de hectareas

  2. DAV
    19/11/2010 at 15:45 Permalink

    Bien!!! ya se la empieza a sudar todo y deja de ser un acojonao!!! Dentro de nada va a empezar a tener que salir de la casa para pillar más alcohol, que menudo ritmo lleva!

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