Episodio XIV

Cuando despertó el sol ya brillaba alto en un cielo cortado por densas nubes. Se volvía a encontrar desorientado y le dolía la cabeza. Era la resaca. Roberto se sorprendió de su poca tolerancia al alcohol ya que sólo había bebido tres vasos de whisky y, aun así, notaba sus destructivos efectos secundarios. Roberto lo sopesó un momento, había perdido peso desde que empezara toda su aventura y además, últimamente comía tan poco que ya casi se le notaban las costillas. Se sentía destrozado.

Ni siquiera se asomó por la ventana. Tuvo bastante con ver que entraba luz a través de ellas. Se acercó al lavabo con paso renqueante y una vez allí se miró al espejo. La luz que entraba por la pequeña ventana del cuarto fue suficiente para poder ver su reflejo postrado en frente suyo. ¿Cuántos días habían pasado desde la última vez que se mirara en un espejo? Ni siquiera se reconoció al ver la imagen del espejo. El lavabo de abajo no tenía cristal y era el que usaba siempre, ducharse no se duchaba desde hacía semanas ya que hacerlo con agua fría resultaba casi doloroso y en lo que respectaba a su imagen, Roberto había olvidado lo que era el cuidado personal desde hacía ya mucho tiempo.

Al que tenía enfrente de él era la versión Neanderthal de Roberto: su antepasado, el eslabón perdido quizás. El pelo le había crecido desde hacía un mes y pico y sobre su cabeza ahora tenía una mata de pelo negro oscuro rizada y nudosa, salpicada por algunas hebras blancas que desconocía cuando le habían salido “¿Ahora resulta que tengo canas?”. Su barba era más frondosa de lo que jamás antes hubiera sido, le crecía por varios centímetros, más larga de lo que el hubiera podido imaginar, tapándole el labio superior y todo el mentón, desde las patillas hasta la barbilla. En su anterior vida siempre se acababa afeitando por que esa misma barba le producía terribles picores, pero ¿Dónde habían estado esos picores esta vez? Se palpó la barba y sumergió los dedos en ella, era áspera y dura, tupida como no hubiera imaginado jamás. Junto con el pelambre que le poblaba el entrecejo, su rostro tenía un aire simiesco bastante marcado. “Esta claro que así no me voy a echar novia nunca” pensó mientras se reía frente a su reflejo.

La risa fue lo peor. Aquella copia desmejorada que tenía enfrente le devolvió una sonrisa siniestra, como ida, desquiciada. Los pómulos se le marcaban sobre aquella barba y a Roberto no le quedó otra que fijarse en sus ojos, bajo las negras y pobladas cejas, hundidos en sus cuencas. Sin duda, había perdido más peso del que pudiera haber imaginado. Ya había notado que los pantalones cada vez le colgaban más, pero no le había dado importancia, no hasta ahora. Rápidamente, se quitó la chaqueta y luego las dos capas de ropa que llevaba debajo. En un momento se encontraba con el torso desnudo frente al cristal, sus brazos eran delgados e incluso fibrosos, con el pecho enjuto y la piel pegada a las costillas. Si antaño Roberto había sido más bien fornido ahora nadie podría decirlo. Parecía casi decrépito “Tengo peor aspecto que los zombis de ahí fuera”, sentenció tras comprobar que su color no era más saludable que el de los muertos que allí fuera vagaban. La cara e incluso los brazos estaban algo bronceados, con un color más saludable, pero su pecho era lechoso, sólo salpicado por el vello corporal que le cubría los pectorales y le bajaba hasta la entrepierna. Roberto acercó su nariz a una de sus axilas y se maravilló al comprobar lo horrible que podía llegar a oler uno.

“Tengo que hacer algo. Tengo que hacerlo o pronto no sabré ni a que bando pertenezco. Puede que incluso me acepten entre ellos como a un igual”. Resuelto, Roberto decidió que era hora de asearse un poco. Los zombis tendrían que esperar.

Lo primero que hizo fue bajar al aparcamiento y hacer acopio de algunos troncos gordos, luego salió afuera y encendió la barbacoa con hojarasca y maderos pequeños. Cuando por fin tuvo un fuego aceptable introdujo algunos de los troncos al fuego y fue a la cocina a recoger una profunda olla que le serviría para calentar agua. Cuando por fin tuvo buenas llamas se dispuso a calentar en la olla el agua de la piscina, que pese a haber empezado a tomar un color verdoso, no parecía estar en muy mal estado.

Era un día nublado, ventoso y fresco así que Roberto se quedó de buena gana delante del fuego, calentando litros y litros de agua al lado de la lumbre. Cuando una olla estaba lista, Roberto la subía con guantes para el horno hasta el segundo piso y vertía el líquido en la bañera. Para cuando Roberto consideró que tenía su baño caliente y listo, había subido y bajado la olla siete u ocho veces y tanto las baldosas como los espejos del cuarto de baño estaban empañados por completo. El ambiente dentro del cuarto de baño era confortable y cálido. Roberto no sabía ni cuanto tiempo hacía que no se preparaba un baño como ese. Empezó a desvestirse y saltó dentro de la bañera.

El agua estaba a una temperatura ideal. Al haberla ido subiendo por turnos hacía que no estuviera ni muy caliente ni muy fría y Roberto notó un hilo de placer salvaje correrle por la espalda cuando sus pies entraron en el agua. Era como si la sangre se le calentara en los pies y luego subiera poco a poco por todo su cuerpo. Finalmente, tras disfrutar unos segundos del cosquilleo provocado por el calor en sus pies, se estiró en la bañera. El agua no le cubría entero, pero no importaba, había suficiente para asearse. Sin más dilación, Roberto redescubrió el jabón y se frotó y se frotó hasta que el agua quedó tan oscura y sucia que ni se veía el fondo de la bañera.

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