La fuerza del viento aumentaba a cada minuto que pasaba. Roberto notaba como las rachas de aire frío golpeaban el cristal de la ventana y lo hacían vibrar cerca de su cabeza mientras miraba a la turba crecer en torno a la puerta. “Viento, nubes y frío, o lo que es lo mismo: un día de mierda”.
Roberto se decidió a hacer algo más para colaborar en la causa aprovechando los últimos minutos en los que aun quedaría algo de luz natural. Además la situación se había tornado perfecta ya que las llamas estaban viéndose avivadas por el viento y se propagarían con facilidad. Recordó que en el aparcamiento tenía preparadas unas antorchas que podrían servir para tal efecto. Solamente tendría que encenderlas y lanzarlas por encima del muro a los zombis que quedaban ocultos tras el muro y, por lo tanto, a los que no había podido disparar con el arco. Corrió escaleras abajo para preparar las antorchas e impregnarlas con el napalm de fabricación casera. Cuando lo tuvo todo listo salió a la calle. Allí el olor volvía a ser nefasto. Olía a carne y pelo quemado y encima estaban los gemidos de aquellas cosas, que parecían no querer callarse pese a las llamas que los consumían. Se subió el cuello de la camiseta por encima de la nariz.
El viento soplaba a rachas creando remolinos de llamas y vendavales de humo nauseabundo, un viento que le recordaba algo pero no sabía a qué. El pelo de Roberto, ahora limpio y suelto, se movía al mismo son que las llamas. En sus manos portaba dos antorchas, con la tela bañada por la pegajosa combinación de jabón y gasolina, encendió una y la punta ardió al momento. La lanzó por encima del muro, entre la verja del aparcamiento, que seguía siendo ignorada por los muertos, y la puerta de entrada, donde los zombis se obcecaban en acumularse.
La siguiente antorcha estaba lista para ser usada. Roberto tenía intención de lanzarla sobre los que se agolpaban en la misma puerta. Sólo había un problema, la barricada que había detrás de la puerta era de madera. Mesas y largos palos cortados a propósito. Habían aguantado al fuego de la noche anterior, pero se veían negruzcos, algo chamuscados y agrietados por el efecto del calor del fuego cercano. Con aquel viento tan traicionero podría arder sin problemas y el problema entonces sería para él. Decidió apartarla momentáneamente, viendo que realmente su función era nula ya que la puerta de metal estaba aguantando los envites sin problemas. Como pudo, quitó los palos largos que la aseguraban y retiró la mesa que hacía de tope a la puerta. Entre el tablón y la puerta metálica había un espacio de unos diez centímetros que atestiguaba que la puerta no había cedido ni un milímetro.
“Menuda estupidez de barricada, como mucho me hubiera causado problemas si se hubiera llegado a incendiar” pensaba Roberto mientras la desmantelaba a toda prisa. “Ahora sí que se va a incendiar, pero por lo menos servirán para algo útil” se dijo mientras empezaba a arrojar los maderos y los palos por encima del muro, allá donde las llamas empezaban a crecer.
Encendió la última antorcha y se colocó en frente de la puerta, a escasos tres metros. Los zombis empezaron a extasiarse, si es que se podía definir así su estado. Gemían más y más, metían las manos entre los barrotes metálicos de la puerta e intentaban agarrarle desde una distancia imposible y los de atrás, entre las llamas, parecían querer empujar con más y más fuerza para llegar hasta él. Pero la puerta resistía. Era vieja, sí, pero también resistente. Roberto se alegraba de ello y también de que los zombis tuvieran el cerebro demasiado podrido como para colaborar entre ellos para echarla abajo.
Se acercó cautelosamente, con la antorcha bien aferrada a su mano derecha, caminando con pasos firmes mientras las manos de los zombis se movían de lado a lado, de arriba abajo, abriéndose y cerrándose una y otra vez. Sus bocas, agujeros negros rodeados por dientes, parecían abrirse hasta límites imposibles. Un cuerpo, tirado en el suelo y pisoteado por sus propios camaradas, intentaba igualmente aferrarle por debajo de las demás manos. Sus brazos surgían a la altura de las rodillas de los demás y su cabeza quedaba oculta entre la muralla de piernas que le pisoteaban sin pudor alguno. Su tesón era sobrecogedor.
Roberto tenía la impresión de que si le agarraban en un despiste, lo destrozarían allí mismo. Lo desmembrarían a violentos tirones y lo harían pasar a través de los barrotes para darse un festín con su carne. “Si pasa la cabeza, pasa todo el cuerpo” Recordó una frase que una vez le dijo su abuelo, se le había grabado a fuego en el cerebro, y sintió escalofríos. En ese momento sintió la imperiosa necesidad de mear y se tuvo que esforzar para no perder el control de sus esfínteres.
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