Tragó saliva e hizo de tripas corazón para ganar la suficiente fuerza como para dar el paso que le faltaba para poder empezar a usar la antorcha. Las manos, algunas de blancas y otras ennegrecidas por el efecto de la putrefacción, intentaban aferrarse a él. El movimiento de los miembros eran casi hipnóticos y Roberto se quedó atrapado durante unos instantes mirando el movimiento lento pero incesante de aquellas garras a la escasa distancia de un metro. “Te agarraremos, te desmembraremos, te devoraremos” le decían las caras vacías que tenía delante sin pronunciar palabra alguna. “Sólo tienes que dar un paso más y serás nuestro. Un paso más y podrás olvidarte de todos tus problemas. Te agarraremos, te desmembraremos, te devoraremos”. Detrás de aquellas caras, las llamas bailaban agitadas por el viento.
“Naranja” pensó Roberto a la hora que parecía despertar de aquella extraña hipnosis. Dio un paso adelante, tímido e inseguro, a la vez que alargaba el brazo de la antorcha con la seguridad que le faltaba en las piernas.
Adelantó la antorcha y la meneó delante de los ansiosos brazos que se estremecían entre las varas de metal. En la incipiente oscuridad la antorcha dejaba un trazo a su paso, de lado a lado, delante de los rostros que se apretaban contra la puerta. Los ojos macilentos de los muertos se movían al son de la antorcha, brillando con el mismo color del fuego reflejado en sus corneas. Las manos que antes intentaban agarrarle a él, ahora empezaban a lanzarse, furtivas, en dirección al fuego. Intentaban agarrarlo y llevarlo hasta ellos, pero Roberto esquivaba las manos lo suficiente para que sus dedos o sus antebrazos se impregnaran del pringoso líquido inflamable. Por un momento la bajaba y todas las manos bajaban con la antorcha, luego la subía intentando rozar los antebrazos de aquellos zombis, quemándoles, y volvía a menearla, la pasaba por delante de sus narices y volvía a bajarla. Era como jugar con un gatito.
Roberto, después de menear la antorcha por delante de las manos y un poco aburrido de reírse de los muertos, empezó a lanzar estocadas a las caras, aprovechando la longitud del palo que tenía entre manos. La antorcha, como si de una brocha de fuego se tratase, dejaba horribles marcas incandescentes, quemando piel y pelo por igual. Jugó por unos instantes hasta que la mano anónima de un muerto le pilló con la guardia baja y agarró el palo de la antorcha para comenzó a tirar de él hacia la puerta.
Instintivamente, Roberto empezó a tirar en dirección contraria. Aquellas cosas estaban muertas pero eran fuertes. A pesar de estar quemándose, aquellos zombis no soltaban el palo, y cada vez más manos se sumaban a la que ya había agarrado la antorcha. Por un segundo Roberto reflexionó y decidió entregarles de muy buena gana la antorcha. La soltó y las manos la llevaron más allá de la puerta con una velocidad ansiosa, quemándose unas a otra, incendiándose poco a poco. Los restos de napalm ardiente habían quedado impregnados en la puerta de metal y en los cuerpos que allí se apelotonaban, que ahora intentaban mordisquear el palo ardiente. Todo resplandecía con el color naranja de las llamas. Pronto, varios cuerpos empezaron a quedar ennegrecidos mientras que a otros las mugrientas ropas empezaban a arder.
El viento comenzó a silbar con fuerza en sus oídos y Roberto recibió de nuevo el asqueroso olor a incineración. La noche era casi absoluta y a medida que oscurecía más y más el viento también crecía, moviendo las llamas y el humo por igual. El cielo encapotado era un manto gris oscuro que se dejaba ver a través del humo. Las llamas crecían, el viento aumentaba y la noche se echaba encima.
De repente un cuchillo azulado se hundió entre las nubes negras, en un zigzag repentino, iluminándolo todo por centésimas de segundo de un blanco puro. Casi instintivamente Roberto contó los segundos “uno, dos, tres, …” y un monstruoso rugido llegó hasta sus oídos. “Está cerca” pensaba mientras el pelo le bailaba atolondrado y el aire silbaba en sus oídos. “Es viento de tormenta”. Pocos minutos más tarde, finas gotas de lluvia empezaron a precipitar sobre sus cabezas.
“Ya sé de qué me suena, es viento de tormenta”. A Roberto no le quedó otra que echarse a reír mientras la lluvia arreciaba.
Sigue leyendo » Episodio XVIII;
01/12/2010 at 17:41 Permalink
Enhorabura por el curro que te ha salido. Y gracias por estos dos capítulos.
15/12/2010 at 15:07 Permalink
hola!!!
ya vamos echando en falta algún capitulillo más!!!
27/12/2010 at 21:29 Permalink
Me alegra lo del trabajo (solo los simbis “viven” del aire), pero ya paso casi un mes y nada…
Con este ritmo terminaremos la historia en el 2020
Espero que puedas tener algo de tiempo para continuar con la historia, pues es aburrido dejar una lectura por la mitad.
Gracias