Episodio XVIII

Las calles parecían riachuelos desbocados. La lluvia había aparecido de forma repentina, como si aquel trueno hubiera sido el disparo que da la salida a unos corredores ansiosos por batir la marca de los cien metros lisos. La disposición inclinada del asfalto hacía que el agua corriera avenida abajo arrastrando hojas y desperdicios e inundando los lugares donde el agua acumulada no podía drenar correctamente. Hacía tiempo que no veía una tormenta como aquella. “Los puentes se inundarán, se cortarán calles y mañana se montará un buen follón para ir al trabajo” Ironizó bajo el cielo encapotado y negro. Mañana no habría follón alguno, más que el que tenía montado en la puerta.

A Roberto no le quedaba otra que volver dentro de la casa. Sobre las baldosas y el césped poco cuidado de la casa se habían acumulado varios centímetros de agua que ya le habían calado las zapatillas deportivas. Ese día se había duchado por dos veces. La primera en la bañera. La segunda, ahí fuera bajo un chaparrón de agua fría recién caída del cielo.

Durante un buen rato permaneció allí fuera, viendo como las llamas acababan por extinguirse finalmente, justo cuando habían empezado a ganarle terreno a los muertos. Y allí se habría quedado un buen rato más, entre el repiqueteo de las gotas al chocar contra el suelo y el coro de gemidos zombi, si no fuera porque el frío le estaba congelando hasta las ideas. Tenía que volver adentro o cogería una pulmonía de campeonato. Notaba el pelo mojado y apelmazado sobre su cabeza y el agua le corría espalda abajo, mojándole incluso la ropa interior que acababa de ponerse horas antes.

La tormenta había empezado tímidamente, pero en pocos minutos había arreciado con tal fuerza que ahora a Roberto le costaba ver más allá de su propia nariz. El fuego había aguantado por momentos, pero pronto toda su fuerza se había disipado bajo un manto de agua tal que creaba riadas calle abajo. Justo cuando la lluvia empezó a caer Roberto había llegado a pensar incluso que, si no arreciaba, quizás las llamas pudieran aguantar lo suficiente como para llevarse a unos cuantos de aquellos zombis por delante pero no fue así y en cuanto empezó a notar los goterones golpear sobre sus hombros, supo que no habría nada que hacer. Aun así, le costó volver bajo la protección de la casa. Se sentía tonto hasta niveles jamás alcanzados y no sólo eso, se sentía estafado. Estafado, engañado por algún dios o entidad todopoderosa que se debería de estar desternillando de la risa mientras saboteaba las acciones del pobre de Roberto.

“¿Y ahora qué hago yo?” era la pregunta que planeaba por la mente de Roberto. Su defensa se basaba en el fuego pero no había pensado en un escenario como ese. Los zombis se acumulaban y, sin duda, esto no estaba en sus planes.

Y la lluvia no paraba de caer, ajena a la voluntad de Roberto. La calle se llenaba con más de aquellos molestos zombis, que parecían invulnerables al fuego o al agua. No parecían interesarse por nada ni molestarse siquiera. Allí fuera permanecían, algunos carbonizados prácticamente en su totalidad, con el agua chorreando por sus caras, limpiando las yagas y mojando sus mohosas ropas. Ni el ruido de la tormenta, ni la catarata que estaba cayendo desde el cielo, ni los relámpagos que cortaban las nubes con sus eléctricos chispazos, conseguían acallar el coro de muertos. Le miraban, le estaban mirando, deseaban agarrarlo y despedazarlo.

“Te agarraremos, te desmembraremos, te devoraremos” parecían decir sus gemidos.

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