La llovizna continuaba cayendo, fina y molesta, pero sin la violencia del día anterior. Además, todo hacía pensar que la borrasca estaba llegando a su fin. Roberto se alegraba mucho por ello desde que esa misma mañana, hubiera decidido que se iba a marchar de allí definitivamente. Su estado de ánimo parecía haber mejorado de forma mágica tras tomar aquella decisión. Ya tenía la mochila preparada desde hacía tiempo, aunque desde siempre había albergado la esperanza de no tener que cogerla jamás. Unas esperanzas vanas que se habían ido esfumando a medida que los días pasaban hasta llegar a éste en la vida de Roberto.
En la calle, unos ciento cincuenta no-muertos se habían dado cita a las puertas de la casa a la espera de degustar el menú especial de la temporada. “De Primero: Criadillas de Roberto; de Segundo: Deliciosas Costillitas con guarnición y de Postre: Sorbete de Cerebro. El café es opcional”. Y el número parecía destinado a ir aumentado a medida que las horas y los días se sucedían. Pese a los intentos de Roberto por ponerle freno al asedio, sólo había conseguido retrasar lo inevitable.
Por suerte, la vía de escape que Roberto había planificado seguía limpia ya que los zombis no habían conseguido rodear las viviendas de la zona y cerrar el paso también por detrás, bosque a través. Su salvo conducto aun seguía en pie así que escapar iba a ser sencillo, lo complicado sería desapegarse de un techo bajo el que cobijarse, de una despensa llena hasta las trancas de comida y de unas camas cómodas y cálidas. Sin embargo no podía quedarse allí, los muertos habían cuadriplicado su número en tan sólo una noche y ya no disponía de gasolina ni napalm suficientes para ponerles freno y si conseguían apostarse en la parte trasera de la casa, Roberto estaría destinado a morir o a un más que improbable rescate aéreo.
Aun era temprano y pese a que el día había amanecido lluvioso, ésta parecía estar destinada a cesar a lo largo de la mañana de modo que no sería un día tan espantoso como el anterior. Quizá incluso dejarlo todo atado y escapar a la mañana siguiente. Roberto estaba empezando a entender que por cada día que pasara, sus posibilidades de supervivencia podían estar bajando pues la casa, pese a haber sido un lugar seguro, había dejado de serlo días atrás.
Roberto se cambió la ropa y se puso sus mejores prendas. De toda la ropa que había saqueado de la gran tienda de deportes aun había algunas prendas que ni siquiera había estrenado. Para su torso, se había puesto una camiseta interior térmica negra por estrenar bajo una de las camisetas del hombre muerto, del cual no se podía decir que tuviera mal gusto. Los pantalones eran gruesos y calientes, con amplios bolsillos laterales y de un color caqui que le conferían un look militar que sin saber bien el por qué, le conferían cierta sensación de seguridad. Las zapatillas eran unas caras deportivas montañesas de marca, con una gruesa suela que se anudaban con unos cordones especiales que no precisaban de nudo. Todo esto rematado con la más cara de las chaquetas de montaña que había podido saquear del almacén de deportes semanas atrás, una oscura chaqueta negra con franjas grises sobre los hombros, compuesta por dos capas: una exterior impermeable y una interior cálida y transpirable.
En total, Roberto debería llevar puesta ropa por valor de unos seiscientos de los antiguos euros. Se podía decir que, en aquella ocasión, Roberto había tirado la casa por la ventana.
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