Dentro, en la cocina, la cafetera empezó a silbar mientras la fragancia del café recién hecho llamó a Roberto a volver a la cocina. Vertió la bebida en una taza y lo apretó entre sus manos para que le calentaran las manos, aun destempladas de la noche anterior. Roberto se encendió un pitillo y disfrutó del café allí en la oscuridad que le confería la persiana bajada de la cocina, por la que se colaban unos hilillos finos de tenue luz.
Se sentía optimista y reconfortado disfrutando de su negra y estimulante bebida, como si hubiera dormido como un lirón aquella noche. Roberto estaba sorprendido de los cambios en su estado de ánimo. “Te vas a poner en marcha, te vas a ir. Vas a cambiar de aire y eso siempre es bueno”. Disfrutó de unas caladas más mientras sorbía poquito a poquito el café que aun humeaba en la taza. Sentado en la cocina y amparado por la oscuridad, ni la cafeína pudo evitar que Roberto se quedara embriagado por el abrazo del sueño.
Era una sensación rara. Roberto no había ni cerrado los ojos, pero ya estaba prácticamente soñando. Su mirada encuadraba la pica, donde se acumulaban unos cuantos vasos con restos de café de días anteriores, y la ventana, por donde entraban aquellos hipnóticos haces de luz que atravesaban la persiana. De repente empezó a imaginar que sus amigos llegarían de un momento a otro, David le haría una perdida al móvil y tendría que salir a la calle para marcharse a dar una vuelta. O quizá fuera Marta. En su cabeza era sábado, así que tocaba ir a hacer un vermut a la playa, para disfrutar del sol después de la lluvia. No notaba brazos ni piernas, únicamente existían sus pensamientos, mientras la imagen de la pica con los vasos y la ventana no era mas que una imagen en segundo plano, difusa y lejana.
Se sentía cómodo y seguro, cálido y ligero. El tiempo parecía haberse detenido mientras Roberto iba entrando más y más en el sueño. La imagen de la pica y la ventana había pasado ya a un tercer o cuarto plano mientras recuerdos de su antigua vida cruzaban su cabeza.
Cuando una sombra cruzó por delante de la ventana de la cocina, Roberto casi ni lo advirtió debido a lo abstraído que estaba en sus pensamientos. Tras varios segundos, lo primero que a Roberto se le ocurrió pensar fue preguntarse el por qué David no le había hecho la llamada perdida mientras le esperaba en el coche y había decidido entrar directamente a su casa. Sintió curiosidad e intentó levantarse para ir a abrirle la puerta a su amigo. Sin embargo, no pudo ni mover un músculo, un dedo. Estaba tan bien allí. ¿Quién querría moverse de allí? David, Marta o quien fuera podía esperar un momento, sólo serían unos segundos. Estaba tan a gusto.
Medio segundo de lucidez fueron suficiente para que Roberto saltara de la silla, derramando el café y las cenizas del cigarro que tenía entre las manos. Un “No puede ser” cruzó su cerebro de lado a lado, mandando toda su ensoñación al traste. “Esto no puede estar pasando”. ¿Realmente Roberto había visto una sombra atravesar la ventana de la cocina? “¿Seguro que no era un sueño?”. Roberto se quedó petrificado con las piernas abiertas, el ceño fruncido y las manos en torno a la taza de café que aun mantenía una parte de su contenido. Los ojos de Roberto pretendían infructuosamente atravesar el cristal y el plástico de la ventana para ver más allá de él pero no lo conseguían. Se conformaban con mirar cómo la luz se colaba entre las finas rendijas que dejaba la persiana. “No ha sido más que una imaginación mía. No ha sido más que una pesadilla” se dijo para sus adentros. Se llevó el cigarro que aun tenía entre los dedos índice y corazón a la boca, pero se había consumido solo y no quedaba más que el filtro quemado.
La ventana de la cocina daba a una de las paredes laterales de la casa. Precisamente al pasillo que llevaba hasta la parte trasera de la casa, donde se encontraban la barbacoa, la caseta de la piscina y la misma piscina. “Si algo o alguien ha cruzado por ahí ha tenido que atravesar la puert…”. El diálogo interno de Roberto consigo mismo cesó ante lo que estaba ocurriendo ante sus ojos. Qué lejos quedaban ahora David y Marta.
“Qué lejos está todo el mundo, joder”
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