Episodio XXIII

Ante los ojos de Roberto las pequeñas hendiduras de la persiana que tapaba la ventana de la cocina por las que pasaba la luz se iban apagando de izquierda a derecha. Primero una columna, luego se apagaba la siguiente, luego la siguiente, y la otra, y una más, hasta que la que primero se hubo apagado volvió a dejar entrar la luz y así consecutivamente, formando una confusa figura humana que avanzaba poco a poco.

Incrédulo, Roberto, tardó varios segundos en reaccionar. “¿Qué es eso?” Se preguntó estúpidamente a sabiendas de que conocía la respuesta. Aun así uno de sus duendecillos osó contestar a la pregunta: “Un zombi, gilipollas, uno de los cientos que tienes esperando ahí fuera”. Roberto masculló un insulto indescriptible mientras se preguntaba por la parte de su cerebro que debería de extirpar para hacer callar a esas molestas vocecillas.

Buscó el paquete de tabaco palpando los bolsillos pero no lo encontró, sólo notó la forma cilíndrica de un mechero en sus pantalones. Maldijo para sus adentros y caminó a zancadas amplias hasta la entrada del parking de la casa. Allí no había ningún coche, sólo leña cortada con el sudor de su frente y bolsas de basura generadas durante todos los días que Roberto había permanecido allí. El aparcamiento era mucho más frío que el resto de la casa, allí la temperatura debía de ser la misma que afuera prácticamente. Roberto se estremeció mientras buscaba lo que necesitaba. El hacha, larga y pesada, se encontraba apoyada junto al montón de leña que había recogido durante su estancia en la casa, que se debía de alargar a un mes o un mes y unos días. Había pensado en uno de las otras hachas, más pequeñas y manejables, no obstante se conformaría con el hermano mayor.

Al alzarlo, notó su peso en sus brazos. Semanas atrás Roberto no hubiera podido manejarla correctamente, pero sus brazos y su espalda se habían fortalecido a base de cortar troncos verdes e incluso ahora se sentía algo más cómodo con esa poderosa arma entre las manos. El mango aun estaba pegajoso por la sabia de los árboles que habían caído ante sus golpes. Al salir del aparcamiento Roberto contempló cuatro cócteles molotov que le habían sobrado de estos días apilados en el suelo, cerca de una secadora y una lavadora inútiles, se hizo con uno de ellos mientras pasaba a sostener el hacha con una sola de sus manos.

No sabía que debía hacer con el artilugio incendiario que acababa de coger, pero Roberto creyó que podría resultar útil en un momento dado. Llegó hasta la puerta de la entrada salvando el recibidor y sin dudar ni un solo segundo abrió la puerta decidido a comprobar que todo había sido una ilusión producida por el cansancio y el estrés.

La puerta golpeó contra la pared con un sonido tosco mientras Roberto contemplaba incrédulo cómo la puerta de la casa había cedido finalmente para acabar abriéndose mansamente ante la multitud de muertos vivientes que allí se agolpaban. Cómicamente, aunque Roberto no opinase lo mismo en ese instante, la falta de coordinación entre esas bestias reanimadas hacía que unas negaran el paso a otras, creando un tapón de cuerpos, algunos quemados, otros desnudos, pero todos blanquinosos.

En cuanto notaron la presencia de Roberto, una legión de manos pareció brotar de entre los cuerpos que se agolpaban en el hueco dejado por la puerta abierta. Las manos salían por encima de las cabezas, por entre los brazos y las axilas, por debajo de las piernas y de la entrepierna. Todas abriendo y cerrando los dedos con una parsimonia aterradora. La misma presencia de Roberto había animado más aun a los muertos que, de una forma paradójica, se negaban la entrada a ellos mismos intentado entrar cada vez con más ahínco.

Uno de ellos, una mujer corpulenta de pelo negro y enmarañado con un camisón del mismo color grisáceo que su piel, había conseguido superar el escollo de los cuerpos apretujados ante la entrada y se encontraba desorientada sobre el césped. Al ver a Roberto, se orientó hacia el cruzando su nublada mirada con la suya. No había duda, algunos habían entrada y al menos dos habían cruzado sin quererlo a la parte trasera de la casa. Eso resultaba sumamente peligroso pues la parte de atrás era la única vía de escape de la casa. No podía dejar que los muertos la tomaran. Sino, ya se podía dar por muerto.
En ese momento Roberto se vio abrumado por las circunstancias. Notaba que no podía moverse mientras se sumía más y más en la incertidumbre. La mujer del camisón gris se cercaba, cojeando, cada vez más a su posición pero ¿Qué podía hacer él? ¿Qué debía hacer primero? ¿Debía dirigirse a la parte de atrás de la casa y acabar con los rezagados? ¿Debía intentar cerrar de nuevo la puerta? ¿Debía coger la mochila y largarse sin más? Su cuerpo parecía querer hacerlo todo a la vez y, por esa misma razón, no podía hacer nada.

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