Episodio XXIV

En cuanto el zombi del camisón alargó sus brazos y emitió su grotesco gemido por encima del de la siniestra multitud, Roberto se puso en marcha. Dejando el coctel explosivo con el máximo cuidado al lado de la puerta, izó la enorme hacha con las dos manos preparando sus brazos para descargar toda su fuerza en el golpe que empezaba a visualizar.

¿Cómo podía haber permanecido estático tanto rato? Unos segundos más y quizá no le hubiera dado tiempo a armar el golpe. A tan solo dos metros de su posición, la muerta de horripilante y ojerosa mirada parecía comenzar a excitarse visualizando el jugoso bocado con el que iba a deleitarse. No hubo tiempo para más, Roberto se abalanzó hacia ella sin dudar ni un solo momento, descargando un golpe lateral sobre su cuello. Falló y el filo del hacha, algo mellado debido al desgaste generado por las horas de tala, se clavó en el hombro derecho de aquella zombi. No penetró en exceso en la carne y el hueso, pero el golpe pareció inutilizar el brazo que se descolgó torpemente atraído por la gravedad.

La fuerza del golpe desestabilizó a la muerta que trastabilló hacia la derecha sin llegar a perder del todo el equilibrio. Fue suficiente para dar unos preciados segundos a Roberto que, liberando el hacha del abrazo de la carne y el hueso de aquella cosa, armó ahora un golpe brutal por encima de la cabeza.

Roberto gimió como un tenista al lanzar el golpe hacía abajo con todas sus fuerzas.

Si hubiera fallado hubiera sido él el que perdiera el equilibrio y la historia de Roberto hubiera acabado ahí. No obstante, no falló. El hacha partió en dos la cabeza de la mujer como un melón, entrando la hoja prácticamente hasta la base del cuello. Notaba los brazos ardiendo por dentro. Las manos, frías y endurecidas. Sin dudar ni un solo segundo lanzó una patada contra el mullido torso de la (ahora sí) muerta, mientras seguía agarrando el mango del hacha con las dos manos. Tiró del arma en dirección contraria a la de la patada y, no sin gran esfuerzo, liberó la gruesa hoja mientras la mujer caía al suelo de espaldas para no volver a levantarse jamás.

Los espectadores de la puerta no parecían amedrentados por el sadismo de la escena que acababan de presenciar y continuaban lidiando entre ellos para ver cuál de ellos era el siguiente en probar suerte. Roberto, después del chute de adrenalina, vio claro que no podía perder más el tiempo. Tenía que largarse ya. Era ahora o nunca.

El combate fue limpio. La sangre negruzca apenas había manchado algo más que la hoja del arma que había partido la cabeza como una fruta turgente. Su espesura y densidad hacía que prácticamente no brotara de los vasos seccionados por el filo de la contundente arma. Roberto, nervioso y excitado por la situación, apenas recayó en aquel detalle. Uno de los muertos que lidiaban en la puerta por librarse del involuntario abrazo del resto consiguió liberarse y cruzar el umbral de la puerta aunque con la mala suerte de que su pie izquierdo tropezó con uno de los muertos unidos al tumulto, haciéndole caer al suelo de bruces. Roberto, a varios metros de allí, contempló como el pobre y descoordinado desgraciado caía y comenzaba a arrastrarse lentamente en dirección a él. Sin perder el tiempo, Roberto retrocedió hasta la puerta de la casa y cogió del coctel explosivo que allí había dejado. Palpó los bolsillos y allí encontró el mechero, con el que encendió el extremo de tela que sobresalía del cuello de la botella de vino.

Lanzó el rudimentario artilugio en dirección a la abarrotada puerta del muro, donde se agolpaban multitud de muertos, entre ellos el que se arrastraba lentamente en pos de él. En cuanto el cristal se quebró, las llamas abrazaron a éste y a varios de sus compañeros en una hermosa bola de fuego anaranjada, haciendo que de nuevo una puerta, ahora de llamas voraces, se alzara allí donde antes hubo una de metal.

No perdió el tiempo. Roberto no se molestó en deleitarse frente a las llamas. Ni el olor, ni la imagen eran, en sí, atractivos. Cerró la puerta de madera para no volverla a abrir nunca y se internó en la casa en busca de la mochila. No había tiempo para perder.

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