Episodio XXV

La mochila pesaba de lo lindo. De ella colgaban un saco de dormir, un hacha de una sola mano, uno de los dos arcos y algunas flechas en el carcaj rudimentario confeccionado con una manga de chaqueta. Dentro tenía prendas de recambio, un par de zapatillas extra y víveres para aguantar varios días, una semana a lo sumo si restringía sus ingestas.

Se la echó al hombro y salió de nuevo a la carrera con todo el cacharraje que llevaba colgando, haciendo un estrepitoso ruido. Ahora tendría que saltar por una ventana y llegar a la parte de atrás de la casa y así lo hizo. Roberto no tenía intención alguna de abrir de nuevo la puerta que había cerrado segundos atrás. Alzó la persiana de la cocina hasta el tope, se subió a la pica de mármol y, tras abrir la ventana, la cruzó torpemente para dar al pequeño y estrecho pasillo exterior que daba a la piscina. Allí el aire estaba impregnado del olor a carne a la parrilla y la gasolina ardiendo. Roberto sabía que las llamas estarían haciendo su faena. También sabía que por nada del mundo aquellas llamas detendrían al ejército de no-muertos. Dudaba incluso que los detuviera unos segundos. Corrió hasta la piscina con el gran hacha aun entre las manos y pudo ver dos cuerpos erguidos de espaldas a él, uno junto al bordillo de la piscina y otro más alejado, a escasos metros de la caseta de la piscina.

El ruido de los cacharros entrechocando a su espalda llamó su atención y los dos muertos empezaron a orientarse en dirección a Roberto. Tarde. La mente de Roberto estaba en blanco, en manos de su parte más irracional, amparada por un eficaz impulso asesino. Su cuerpo se lanzó sobre el primero, cargando con el hombro sobre la espalda de aquel pobre infeliz, que aun se estaba girando, haciéndolo caer al agua helada de la piscina. Torpemente, el zombi cayó de cabeza al agua y comenzó a revolverse desorientado en lo que seguramente sería su final. El otro, una mujer de mediana edad bastante horripilante y desprovista de cualquier prenda de ropa, había sido más rápida que su compañero, que continuaba debatiéndose en el agua sin resultado, y ya se dirigía hacia Roberto. Los dos cuerpos chocaron, ambos con los brazos extendidos en pos del adversario. La inercia, que favorecía al vivo, lanzó a la muerta contra la pared de la caseta con violencia.

Su cabeza poblada de un largo y negro cabello grasiento golpeó contra la pared de ladrillo, dejando una marca negruzca y viscosa allí donde la cabeza había topado contra la pared. Los pechos colgantes bambolearon anárquicamente mientras todo el cuerpo, blanquinoso y cruzado por violáceas líneas que antaño fueron venas, parecía desconectarse y caía al suelo de boca. Antes de que la muerta comenzara a alzarse de nuevo, Roberto lanzó un golpe vertical con el hacha sobre el cuello de aquella cosa. Las chispas saltaron en cuanto el metal atravesó la carne, el músculo y el hueso y dio contra las duras baldosas del suelo. Los brazos de Roberto sufrieron una estrepitosa sacudida. La cabeza de aquella zombi, enganchada al cuerpo por poco menos que un guijarro de piel y tendones, quedó orientada hacía Roberto devolviéndole una mirada vacua mientras parecía querer emitir un gemido mudo.

A Roberto se le pusieron los pelos de punta pero no paró y continuó su marcha para escapar de allí por siempre. Saltó sobre el muro que daba al bosque de detrás de la casa como había hecho tantas veces cuando salía a por leña, una vez arriba, se dejó caer sobre la tierra reblandecida por la lluvia con las manos ocupadas por el gran hacha y unos veinte kilos de peso a la espalda. Mientras caía, pensó en que no había tenido en cuenta el peso extra que cargaba y casi de manera profética, notó como su tobillo derecho cedía y se torcía mientras sus rodillas amortiguaban el golpe de la caída. Una punzada de dolor le recorrió la pierna y le hizo soltar el hacha para apoyar las manos y no caer.

Para cuando se incorporó, recogió el hacha una vez más y comprobó que el tobillo parecía seguir funcionando normalmente. No dudó ni un segundo más y se internó en el bosque, frío y húmedo, para empezar el ascenso a la colina en dirección al pino viejo.

Sólo se paró para reverenciar brevemente a la familia, difunta, que allí detrás había sido enterrada. Se sentía en deuda con ellos así que al pasar al lado del montículo de tierra removida y húmeda Roberto bajó la cabeza y pensó algunas palabras de gratitud hacia ellos. No pudo verbalizar un mensaje claro así que simplemente les dio las gracias hablando para sus adentros y continuó su ascenso.

Tenía alrededor de un kilómetro de ascenso, y gradualmente se haría cada vez más empinado hasta alcanzar la parte más alta. Allí no había muertos y no le seguirían a menos que rodearan toda la manzana y se internaran al bosque. Y eso si sus cerebros podridos no se despistaban con cualquier otro estimulo y se olvidaban de él. No tenía motivos para estar tan nervioso, así que decidió tranquilizarse y bajar el ritmo, continuando su ascenso a paso ligero. Con el ruido de los trastos colgando en sus espaldas de banda sonora.

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