Episodio XXVI

Tras los muros vinieron los pinos, altos, verdes, húmedos. En el suelo, la pinaza fresca se había pegado al arcilloso barrillo que se había formado en el firme. El olor allí era fresco y casi embriagador, allí olía a vida, a cierta normalidad. Pero Roberto no percibía nada salvo los troncos de los árboles elevarse y retorcerse y, muy de fondo, la tremenda pendiente que le aguardaba. Allí había talado ramas, arbustos y pinos jóvenes los días que estaba dejando atrás y, mientras ascendía, veía los rastros que otrora hubiera dejado en forma de muescas en los troncos, ínfimos tocones sobresalientes de la tierra y muñones rezumantes de sabia seca allí donde debía de haber una gruesa rama baja.

Nubes de vaho se formaban ante su cara mientras su respiración se veía más y más forzada. Hacía frío, la humedad era extrema y los bronquios de Roberto parecían negarse a abrirse del todo. Le costaba respirar y casi sin darse cuenta, Roberto pudo contemplar como los pinos habían quedado atrás para dar paso a pequeños matorrales y bajas plantas cortantes. Empezó a comprender el por qué de sus dificultades respiratorias, la pendiente estaba creciendo en inclinación. Había dejado atrás el barro y ahora reinaba lo calcáreo.

Dejó de correr y continuó la marcha caminando. Las piernas, a medida que continuaba, parecían acusar el peso de todos los bártulos que cargaba en sus espaldas. Roberto paró un instante para tomar aire y descansar. Como de forma instintiva miró hacia arriba y pudo ver que el pino ya se distinguía arriba del todo, retorcido y castigado por los años, escaso ya en sus finas hojas puntiagudas. Estaba cerca, había avanzado rápido. Eso estaba bien.

Se giró en dirección al mar. Las vistas eran magníficas, estáticas. Toda la ciudad se extendía por el delta del Bajo Llobregat, teñido del gris claro de las mañanas lluviosas. Barcelona, al norte, difícilmente se distinguía entre la densidad de las nubes aun bajas. De nuevo, la sensación de estar viendo una foto estática. Por suerte, había dejado de llover desde hacía un rato y pese a que tenía los pies algo congelados por el contacto con las plantas empapadas, Roberto estaba prácticamente seco y cálido en su interior.

Más cerca de su posición, por encima de los árboles que acababa de atravesar, se podían ver las paredes de la casa que acababa de abandonar y como un humo negro y denso, el de la carne humana al quemarse, se alzaba por encima de las tejas rojizas. Los cuerpos reanimados de los muertos en llamas habían entrado dentro del recinto y posiblemente pronto ardería para acabar por siempre con los pocos recuerdos de la familia que allí había habitado. Y también con los de la estancia de Roberto. No sentía emoción alguna en ese momento. Roberto había dado el paso hacia delante y ya no había vuelta atrás. Desde su posición, creía incluso ver algunas llamas danzantes alzándose tímidamente por encima de los muros. Muy probablemente sólo fuesen imaginaciones, pero no albergaba dudas de que la casa acabaría ennegrecida y chamuscada irremediablemente. “Así seguro que no me arrepiento de haberme marchado”, se dijo para sus adentros.

Pero si tan seguro estaba de no querer volver ¿por qué tenía la sensación de que algo no estaba del todo bien? ¿Por qué tenía la impresión de que algo fallaba? Roberto miró hacia abajo y en cuanto pudo ver lo que tenía entre las manos entendió el por qué de su extrañeza. Eso no estaba bien.

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