Episodio XXVIII

En el patio de atrás de la casa un zombi flotaba impasible sobre las aguas, algo verdosas por la falta de cloro, de la pequeña piscina. Sus ojos blanquinosos se habían orientado hacia la figura humana que aguardaba subida al muro de ladrillos y cemento que delimitaba la casa del bosque. Junto a la puerta de la caseta de la piscina, había otro cuerpo desnudo tirado, con la cabeza unida al cuello por escasos filamentos de tejido ocultos bajo una mata apelmazada de negro cabello largo y sucio. La sangre negruzca parecía negarse a brotar del grotesco desgarrón que había decapitado aquel cuerpo casi por completo.

Roberto sabía que aquella cabeza semi-seccionada también desearía mirarlo, pero no tenía manera de girar un cuello al que ya no estaba unido. Recordaba como aquellos ojos nublados le habían seguido hasta salir de su campo de visión ¿Qué tipo de brujería podía animar una cabeza que había sido separada de su cuerpo?

Aquello era de locos.

Sin embargo, ni el “Phelps” de los no-muertos, ni la cabeza parlante preocupaban a Roberto tanto como los otros tres muertos que habían acudido también allí, movidos por quién sabe qué motivación. También le miraban y pese a que estos sí podían moverse, tampoco hacían el ademán de mover un dedo. “Estos cabrones no tienen ninguna prisa”.

Sabía que en cuanto tocara el suelo esos tres se animarían y comenzarían a aproximarse a él. Los tres muertos estaban deformados y ennegrecidos por las llamas, que por lo visto se habían extinguido, ya que ninguno se había librado de pasar por el arco danzante y naranja que había substituido a la antigua puerta de metal. Los detalles resultaban irrelevantes. Roberto ya no los veía como individuos (personas), eran objetivos a abatir, mojones a esquivar a lo sumo. Su hedor a carne quemada llegaba hasta las fosas nasales de Roberto, irritando no sólo sus sentidos, también su paciencia.

La escopeta, lo que había venido a buscar, parecía un detalle sin importancia ahora que había llegado hasta allí. No sabía cual era el motivo real de que él estuviera allí en ese momento. Sentía como si una fuerza magnética le hubiera arrastrado hasta allí irrefrenablemente, pues en condiciones normales, hubiera puesto pies en polvorosa sólo tras oler su asqueroso y nauseabundo aroma a muerte y chamusquina. Sin embargo, estaba decidido a bajar, a enfrentarlos, a destruirlos y alzarse sobre ellos con su arma refulgiendo azulados destellos metálicos desde su cañón.

Había elegido un arma para acometer esta aventura: El hacha de mano. Sin embargo antes de llegar de nuevo al muro de poco más de dos metros de altura se había agenciado un palo robusto de madera húmeda pero contundente que podría tirar sin problema una vez que se hiciera con el arma de fuego. Le dolía el tobillo pero eso no evitó que saltara, cautelosamente, de nuevo dentro de la casa.

“Ya me dolerá mañana”. Se dijo, “como si quiere explotar, ya me pondré un palo como apoyo si hace falta”.

Tal y como había predicho Roberto, en tanto en cuanto sus pies se posaron en el firme, los muertos se activaron como si funcionaran con sensores de movimiento y se dirigieron en pos de él gimiendo quejosamente. Una lanzada de dolor le subió desde el tobillo a la rodilla, pero reaccionó con suficiente presteza. En cuanto se incorporó de la caída, ejecutó sus movimientos con la agilidad característica de los vivos.

“Una vez has visto el mar de muertos, tres desgraciados gimiendo no asustan a nadie”, pensaba Roberto mientras lanzaba golpes a los cráneos y esquivaba las torpes pero fuertes manos que intentaban asirse a su ropa.

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