Episodio XXX

La escopeta aguardaba allí dentro, en el salón. Aunque Roberto no recordaba haberla dejado allí. La enfundó dentro de su bolsa larga y caqui y se la cruzó sobre el pecho, cargándola a la espalda. Antes había revisado la recamara y sacado el cartucho gastado, aun le quedaba otro en su interior y en total, sumando los que quedaban en la mochila, disponía de siete cartuchos.

Volver a estar dentro de la casa era una sensación extraña. Horas antes le hubiera parecido el lugar más seguro del mundo, ahora no era más que una tumba amplia y decorada al estilo inicios del siglo XXI, con su inconfundible tufo modernillo sacado directamente de un catálogo del Ikea.

Se notaba ajeno a ese lugar. Ya había jurado marcharse de allí y notaba una sensación de inconexión con ese sitio. “Ya perteneces a este lugar” le decían sus duendecillos.

Volvió a la cocina y asomó la cabeza a la ventana. La cruzó con toda la cautela posible y marchó en dirección de nuevo a la parte de atrás. Los muertos, lentos y torpes, no pudieron hacer otra cosa que mirarle escapar de sus torpes garras. La operación relámpago había salido mejor de lo que hubiera imaginado, la escopeta rebotaba en su espalda dentro de la funda mientras Roberto continuaba a paso ligero y mantenía todas sus extremidades intactas, libres de cualquier mordisco mortal.

Los gemidos, que se habían reanudado al acercarse a la casa, se diluían entre la frondosidad de los pinos que empezaban de nuevo a rodearle. Sus zapatillas estaban totalmente manchadas de barro y salpicaban sobre su espalda con cada zancada que lanzaba. Por un momento, cuando se encontraba en lo más frondoso del bosque, a escasos metros de que la zona se despejara de vegetación alta y comenzara el ascenso hacia donde había dejado la pesada mochila, Roberto notó una sensación extraña. Los pelos del cuello se le erizaron al acto.

Paró en seco y miró sobre sus pasos, escrutando con la mirada cualquier figura extraña o movimiento sospechoso. Pensó que los zombis le estaban dando caza, pero eso era imposible, pese a su inflamado tobillo, Roberto había conseguido imprimirle buen ritmo a la escapada. Era imposible que alguno de esos muertos vivientes pudiera si quiera desplazarse a la mitad de la velocidad a la que él se estaba desplazando.

En el bosque no vio nada. Árboles retorcidos alzándose al cielo perezosos, barro y matojos húmedos. Nada más. Durante unos segundos continuó su ascenso mirando hacia atrás. Llegó al límite del bosque, cuando el claro tan sólo duraba unos metros hasta convertirse en una pendiente escandalosa, y volvió a realizar un último escrutinio tan infructuoso como el anterior. Allí no había nadie y si lo había, se ocultaba de una manera tan efectiva como amenazadora.

Los pelos de su nuca se negaban a regresar a su estado original. Roberto creía que sería imposible que su perseguidor (si es que éste existía) no debiera de ser un zombi, pues estos no se ocultaban ni intentaban pasar desapercibidos. No poseían la inteligencia necesaria para ello. Entonces, ¿Era un vivo? ¿Un superviviente? Y si lo era ¿Por qué se escondía? Durante los minutos que tardó en acabar de cruzar el bosque y llegar a la gran pendiente que ascendía hasta donde había dejado la mochila, Roberto no paró de lanzar cabezadas hacia atrás, tratando de cazar infraganti a lo que fuera que le provocaba aquella mágica sensación paranoica.

Una vez allí, se giró tentado de coger la escopeta, esperando que aquella sombra diera la cara pero no ocurrió nada. Cuando empezó a notar el abotargamiento en todo su cuerpo debido al cansancio físico de los golpes, los saltos y las carreras, Roberto decidió ponerse de nuevo en marcha para evitar que su cuerpo se amodorrara. Allí, entre matojos más bajos, se sentía menos perseguido.

“Es imposible que alguien me siga por aquí. Debería reptar como una jodida serpiente y si reptando, va más rápido que yo… Le doy la mano, lo felicito y le entrego todas mis pertenencias para hacerme luego el Harakiri con un pelapatatas”.

Roberto se alegró de poder reír aun.

Sigue leyendo » Episodio XXXI;

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