Episodio XXXI

Aquel día no duró mucho más. Tras recoger la mochila que había dejado atrás y echársela a la espalda inició la marcha hasta el pino viejo. Una vez hubo llegado aun iba cargado con todos y cada uno de los trastos con los que había iniciado su escapada. El pino se retorcía sobre si mismo. Viejo, pelado, desconchado. Roberto tomó asiento para descansar un rato bajo lo que hubiera sido su sombra si hubiese sido ese un día soleado. Estaba sudando y sabía que en unos minutos quizá empezara a enfriarse, pero necesitaba tomar un descanso y, por qué no, también necesitaba mirar atrás.

Sentado, descansando y con un cigarro en la boca, Roberto contempló la estampa que estaba dejando atrás. La casa quedaba ya a una gran distancia y se difuminaba entre las otras que conformaban aquella barriada. Las llamas parecían haberse apagado por si solas sin causar demasiados estragos. Luego de pensar en su antigua parada, escruto el cielo y el mar con la vana esperanza de ver algún avión, algún barco. Pero tal como pensaba, fue inútil.

Su tobillo estaba inflado pero Roberto no se asustó demasiado al verlo. Por el exterior se había inflado y se veía enrojecido, pero no parecía más que un típico tobillo torcido. Le molestaría unos días, quizá unos cuantos más debido a que no tenía intención de guardar reposo, tal y como le habría recomendado su traumatólogo, pero podría lidiar con eso. Era mejor un tobillo torcido que un mordisco en el culo de uno de aquellos zombis. A Roberto le parecía que, después de todo, un tobillo torcido era como si te tocaba la quiniela dado a como se habían puesto las cosas.

Lo que en principio iban a ser unos minutos al final acabaron siendo muchos. Las piedras sobre las que había plantado sus nalgas le parecían cada vez más cómodas y, pese al frío, la ropa aguantaba bien su temperatura corporal. Al final, se incorporó y se puso en marcha de nuevo. Desde allí, en lo alto de la montaña, el camino se bifurcaba a izquierda y derecha. El camino de la izquierda le llevaría directamente hasta Sitges y toda la zona del Garraf. El de la derecha lo conduciría en dirección a Barcelona cruzando la sierra hasta llegar al lecho del río Llobregat. Roberto había pensado en coger la pista del de la derecha, quizá si mantenía un buen ritmo llegara a un pequeño castillo de roja piedra arcillosa. Un castillo, una ermita. El uno sobre la otra. Había ido mil veces con la escuela y otras cuantas con los amigos en alguna excursión. El macizo del Bruguers: Allí podría hacer noche tranquilo y seguir a la mañana siguiente en dirección a cualquier parte.

Pero no podía perder más tiempo. A Roberto le daba la impresión de que no debía de ser aun medio día, no obstante, sin el sol para orientarse, resultaba difícil asegurarlo. Se puso en marcha, no sin antes decidir dejar atrás el hacha con el que había salido de la casa en su primera intentona. De un golpe, lo clavó en el tronco del viejo pino astillando los bordes que quedaban justo donde el metal atravesaba la madera. A Roberto le pareció que quedaba bastante poético.

Cuando le dio la espalda al árbol, sintió una extraña sensación de angustia en el pecho, como si sus costillas hubieran empequeñecido de golpe y eso no le permitiera respirar. Recordó la sensación de ser perseguido, de notar la presencia de alguien observándolo entre los árboles sin mostrarse. Intentó serenarse. Hacía un buen rato que no notaba nada extraño y, además, la vegetación sería baja aun durante un buen trecho. Eso le ayudaría a controlar sus espaldas por si volvía a notar algo raro.

“Además, no puedes permitirte el lujo de quedarte aquí pensando mientras las ves venir, gilipollas”.

Sus vocecillas volvían a tener razón. Se puso en marcha sin rechistar, pensando en que quizá, aquella presencia aprovechara ahora que había dejado el hacha atrás para usarlo en su contra. Sabía que era poco probable, que nadie permanecía escondido, aguardando a que se alejase para emerger de su escondite, pero una cosa era saberlo y otra era sentirlo. Se forzó a no mirar atrás y se puso en marcha. “Duendecillos, malditos duendecillos” musitaba entre dientes mientras cojeaba ligeramente por el austero y pedregoso camino de ascenso.

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