Episodio XXXII

Sin duda lo que más le molestaba era no saber en qué posición estaba el sol. Desde hacía días, quizá semanas, Roberto había empezado a fijarse más en la posición del sol para orientarse en la hora del día que intentar fijarse en los pocos relojes que aun funcionaban gracias a sus duraderas pilas. Ya no importaba si eran las ocho y cinco minutos, o las siete y cuarto. Ya no tenía que madrugar a una hora exacta para coger un autobús exacto y llegar a su puesto de trabajo exactamente a la misma hora cada día. Y no lo echaba de menos.

Era mucho más informativo ver la posición del sol, fijarte en el hambre que tenías y decir: “Vale, es mediodía, quizá sea hora de comer”.

Pero hoy el cielo estaba de un gris claro mortecino y era imposible saber si serían las doce, las dos o las cuatro de la tarde. Roberto se imaginaba que debían de ser entre las doce y las dos de la tarde, así que suponía que tenía unas seis horas como máximo antes de que la noche se le echara encima. No era mucho tiempo para cubrir la distancia hasta aquel castillo en ruinas que se alzaba sobre su población, coronando la sierra sobre un lecho rojizo de tierra arcillosa. Roberto sabía que no era suficiente tiempo, necesitaría volar.

Caminaba sobre la piedra grisácea, con ligera cojera, mientras los duros y bajos matojos se enganchaban del bajo de su pantalón, tirando de él en cada paso. Al principio, la pendiente continuó subiendo hasta que Roberto alcanzó la cresta de la sierra y continuó el camino con la playa a la derecha y más montañas a su izquierda. Pasados diez minutos tras clavar el hacha en el pino viejo una cruz de hierro oxidada de un metro y medio de alto le dio la bienvenida con el silbido del viento al cortarse. La cruz, posada sobre un lecho de piedras apelotonadas en forma piramidal, parecía una extraña y arcaica tumba.

Roberto pasó de largo sin demorarse ni un segundo y al cabo de medio kilómetro la ladera empezó a descender de nuevo. El sendero parecía desaparecer ante sus ojos. Se intuía más que verse y aun así Roberto no tuvo problema alguno en seguirlo. Descendería por la ladera de la montaña, hasta que el camino enlazara con una pista forestal y de nuevo volvería a ascender, pero ahora por un terreno plagado de nuevo de árboles y matorrales más altos. Si se apresuraba llegaría, justo de tiempo, pero llegaría.
Caminó por horas, primero por esquivos senderos, luego por pistas forestales mucho más decentes y cómodas, amparadas a izquierda y derecha por altos y frondosos pinos. Pese a lo que hubiera podido pensar, lo que más molestaba a Roberto no era su maltrecho tobillo, que aguantaba los envites del terreno con estoica resistencia, sino la mochila dando por saco en su espalda. Deseaba llegar a la seguridad que le ofrecería su nuevo refugio, pero sobretodo deseaba quitarse las asas de aquella mochila y dejar descansar sus lumbares y sus hombros.

Por momentos, Roberto dudó de si se habría equivocado al coger uno u otro desvío. Finalmente las dudas se disiparon cuando, detrás de las montañas, surgió de nuevo el ruinoso castillo mucho más grande y reconocible, coronando un pico de piedra del color del óxido. Su corazón pareció relajarse al contemplar su objetivo y sintió, por momentos, que la mochila se tornaba más liviana. Sin embargo el camino era largo y Roberto calculó que, como poco, aun le debía de quedar una hora más de travesía, que sumada a las tres que llevaba ya, dejaban poco margen de luz diurna.

Si al final la oscuridad se le echaba encima, Roberto tendría serios problemas para llegar allí arriba. El día seguía tan tapado como había comenzado y la luz se intuía mucho más tenue que la última vez que se había fijado en ese detalle. Cuando el sol cruzara el horizonte definitivamente la noche sería cerrada, la oscuridad casi absoluta. Quizá tuviera que acampar al aire libre. Sin duda, esa idea no le hacía la más mínima gracia.

Apretó el paso hasta que el tobillo le dijo basta, prácticamente corriendo más que andando, con los bártulos a su espalda tambaleándose incómodamente. Roberto tenía la impresión de que lo podía lograr. También tenía la impresión de que lo volvían a seguir, pero eso casi no se atrevía ni a pensarlo.

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