El camino se había abierto. Por aquella pista forestal podía pasar un coche e incluso había sido aplanada para eliminar el bacheado. A Roberto le daba impresión de que dicho aplanado no duraría mucho. Había ganado altura y ahora la pendiente ya se había esfumado para dar paso a un cómodo sendero plano, que serpenteaba entre las montañas ligeramente.
El día estaba empezando a llegar a su fin. Roberto lo intuía más que notarlo, pero sabía que era inminente. Sus pies volaban sobre la tierra compacta de la pista, el dolor del tobillo se había diluido en un mar de adrenalina y la sensación de ser perseguido le espoleaba hacia delante, como un jinete a su caballo.
Uno de los repechos de la pista forestal se abrió hacia la izquierda de forma exagerada y en cuanto Roberto lo cubrió, el castillo en ruinas apareció en frente de sus narices. Grande, castigado por los años, rojo como las piedras sobre las que se posaba. Estaba muy cerca. Roberto lo había conseguido.
Desde allí ya podía ver prácticamente el castillo al completo, derruido y maltrecho, así como su capilla, mucho mejor conservada, con el techo grueso de piedra intacto y los pequeños ventanales. Al ver el castillo tan cerca, multitud de recuerdos acudieron a su mente. Eran recuerdos de muchos años atrás y en ellos se mezclaban una balsa de agua esculpida en una gran piedra, igual que unas tumbas de un tamaño tan pequeño que inquietaron su pensamiento la primera vez que pudo observarlas. Ambas, tanto la balsa como las tumbas, estaban llenas de agua musgosa, repleta de bichos deslizándose sobre su superficie. También recordó una especie de hendidura sobre uno de los muros interiores de la capilla. En el hueco había unas figuritas de la Virgen María y de otros personajes bíblicos ajenos al conocimiento de Roberto. En contraposición a los iconos de fervor religioso, en varios muros algunos insensatos habían pintorreado viles grafittis de dudosa calidad, varios de ellos en clara referencia a Satanás. Otros ensalzaban el amor entre un garrulo y su hembra, uniendo los dos nombres con un símbolo que significaba el amor en su sentido más amplio, la “X”. Eran recuerdos extraños, pero Roberto se alegró de poder saborearlos mientras se acercaba, creciendo el castillo ante sus ojos.
Roberto corrió. Esta vez no por sentirse perseguido, sino por la esperanza del que encuentra un lugar seguro donde refugiarse. Y él lo tenía claro. La capilla le serviría de refugio a las mil maravillas ¡Y encima sus cuatro muros se mantenían en pie! Allí podría resguardarse del frío y la posible lluvia que podía asaltarle de nuevo en cualquier momento.
El castillo crecía a cada paso que daba, imponente pese a las decenas de generaciones que había visto pasar. En cuanto llegó, la sorpresa se apoderó de Roberto al ver que el ayuntamiento de la localidad vecina, a la cual pertenecía el castillo, lo había vallado con una fina e inofensiva verja metálica. A Roberto le agradó la idea, pues era una defensa extra si es que se daba el caso que los muertos se le echaban encima, cosa que a Roberto se le antojaba bastante improbable. Justo donde el camino era cortado por la puerta de entrada, bien cerrada y más alta que el resto del enrejado que configuraba el perímetro, un cartel indicaba que las visitas al castillo sólo se realizarían dos domingos al mes, por la mañana y con la compañía de un guía que, con seguridad, sería un tío de lo más aburrido.
A Roberto todo eso le daba igual. Hacía años que no pasaba por allí y esa reja era algo nuevo para él. Sin duda el vallado era reciente pues dentro del recinto Roberto podía aun ver restos de la construcción entre los que destacaban algunos sacos de cemento sobre un palé de madera. Era casi un regalo de los dioses, esa noche dormiría caliente. La noche casi se le había echado encima, así que no perdió tiempo y buscó un punto cómodo para salvar el obstáculo. No le costó demasiado encontrar una zona elevada donde una roca se alzaba lo suficiente como para poder encaramarse sobre la valla. Así lo hizo y, no sin dificultad, cruzó al otro lado.
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