Episodio XXXIV

La noche, tal y como había sospechado, era cerrada y tan negra que le hubiera sido imposible ver una pared a un metro de distancia. No obstante, antes de que la noche se le echara encima, le había dado tiempo a desmenuzar el palé en trozos con la ayuda del hacha y convertirlo en alimento para una pequeña hoguera que Roberto dispuso en el centro de la pequeña capilla. La pequeña capilla, bien ventilada por la gran puerta y dos ventanucos redondos dispuestos justo debajo de los amplios ángulos que formaban el grueso techo en uve inversa, se iluminaba en un tenue naranja que parecía bailar sobre la roca de las paredes y los arcaicos graffitis.

Allí dentro permanecía el pequeño altar alzado en honor a la madre de ese al que llamaban Cristo. Varias icónicas figuritas estaban pegadas con algo similar a cemento o masilla a las piedras que hacían de repisa, hundidas en el ancestral muro de piedra, justo unos metros por debajo de uno de aquellos ventanucos redondos. Ninguna de las figuritas había conseguido evitar que algún imbécil las rompiera o mutilara. De una ellas sólo quedaban los pies enganchados a la piedra. Todas estaban mutiladas salvo la figurita de la propia virgen, que pese a estar sucia y gastada, permanecía significativamente bien conservada.

Roberto había extendido el saco de dormir a menos de dos metros de las pequeñas llamas que le daban luz y calor. Dentro del saco se encontraba cómodo. Lanzó un trozo de madera a las llamas y se estiró dispuesto a dormir hasta la mañana siguiente. Esperaba que mañana los dioses fueran piadosos y le deleitaran con un día soleado, aunque tampoco había puesto demasiadas esperanzas en ello. En su estomago reposaba ahora el contenido de una lata de albóndigas con tomate y guisantes que le había sabido a manjar de dioses. Cuando la llama del madero que acababa de arrojar a la hoguera empezó a emitir menos claridad, Roberto se vio invadido por el sueño.

Había imaginado que dormir allí solo le daría más miedo. No obstante estaba tan cansado que era difícil sentir algo diferente a una somnolencia frugal, que le devoraba el entendimiento y hacía que cada pensamiento se perdiera en inútiles giros argumentales. Cada percepción casi un delirio. El último pensamiento coherente que le pasó por la cabeza antes de caer rendido fue el de que había sido seguido hasta allí. Sabía que, si pudiese volar, viajaría en un segundo al pino y sus miedos se verían confirmados al contemplar que el gran hacha no estaba clavado en el viejo y retorcido pino, sino en las manos de un asesino, un morador, apostado a la entrada de la capilla. Esperando a que Roberto se durmiera. Roberto pensó en levantarse e inspeccionar la zona pero claudicó debido al cansancio, abandonándose a su suerte.

“Si me quiere muerto, no opondré demasiada resistencia. Que se quede mis pertenencias y se joda la espalda con la mochila, como me la he jodido yo hasta llegar aquí. Y que se joda también por despreciar mi compañía. Que se joda ¡Que se joda solo!”

Segundos después Roberto yacía dormido, roncando levemente, mientras las llamas bailaban en la pequeña fogata. A fuera, sobre el sendero que llevaba al castillo, dos ojos centelleaban mientras observaban cómo la claridad anarajanda escapaba por los pequeños ventanucos de la antigua iglesia. Una fina verja de metal pintado con pintura plástica verde era el único obstáculo a salvar para llegar a la fuente de aquella claridad que rompía el negro mate de aquella noche sin luna.

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