Roberto soñaba y mientras lo hacía se agitaba dentro de su saco de dormir como un niño con terrores nocturnos. En su sueño, miles de manos salían de la nada para agarrarlo y tirar de él hacia abajo, intentando enterrarlo en un campo de muertos fétido y supurante. Era una sensación claustrofóbica y agobiante, que le oprimía el pecho y le dificultaba respirar. No podía ver, pues la luz parecía ahogada en aquella sala de muertos, pero mientras él descendía, una fina lanza de luz blanca parecía despuntar hacia arriba.
Primero sólo un resplandor. Luego, centímetro a centímetro el filo blanco de una espada (que Roberto reconoció de otro sueño) crecía como una semilla a cámara ultra rápida lanzando a su vez un haz de aquella luz tan fino que parecía cortar la negrura como un futurista láser. Cuando la espada surgió del todo, Roberto pudo ver como un puño metálico la sostenía hacia arriba mientras el haz se abría desplegando su luz en todas las direcciones lenta y armoniosamente. Sin saberlo, Roberto sabía sin llegar a verlo que de aquel puño habían colgado húmedas algas de río. Mirarlo era un acto de sublime belleza. Por un segundo todas las manos desaparecieron hasta que, finalmente, unos dedos furtivos se introdujeron en su boca. Sabían a sangre seca y moho, luego otros se aferraron a sus cuencas oculares y a su nariz, y con fuerza abrumadora lo empujaron fatalmente de nuevo a la oscuridad sin darle la opción de oponer resistencia. Quiso gritar, pero aquellos dedos infinitos parecían querer arrancarle la campanilla.
Entre espasmos, Roberto despertó.
Lo primero que pensó es que aquello no había sido un sueño, unos finos y delgados dedos se le metían en la boca, atragantándole. Desesperado, como el que se da cuenta de que no le queda aire para respirar, comenzó a revolverse dentro del saco como un poseso. En un intento final de liberación intentó escupir a inútiles golpes de lengua y soplidos aquellos dedos asfixiantes pero su intento fue fútil. No se atrevía a morder. ¿Y si la sangre era contagiosa? ¿Y si la ponzoña lo consumía por liberar aquella putrefacción en su boca? ¿Y si…? Miles de “¿Y si…?” cruzaron su cabeza en lo que parecieron miles de asfixiantes segundos.
Hasta ese momento, Roberto no se había dado cuenta de que aun tenía los ojos cerrados. Cuando los abrió una tenue luz superó la barrera de sus parpados para empapar sus retinas con un color marrón grisáceo. “¿Marrón?”, se sorprendió Roberto que, en un intento desesperado, mordió y se agitó como si le fuera (¿acaso no le iba?) la vida en ello. Finas y recias hebras se desprendieron enganchándose en el interior de su boca mientras una borrosa figura saltaba de su lado lanzando un lastimoso y ronco alarido.
La figura se desplazó hasta una de las esquinas de la pequeña iglesia, donde la luz de la mañana apenas si llegaba. Totalmente desconcertado, Roberto se extrajo unas cuantas de aquellas hebras con la mano mientras escupía otras cuantas en un gesto de repugnante ignorancia. Fue entonces cuando comprendió lo que allí estaba pasando. Y no pudo evitar reír a carcajadas cuando siguió con su mirada la serie de seguidos gimoteos y encontró a un perro escondido, hecho un gurruño y con la cola entre las piernas, mirándole con gesto miedoso desde varios metros de distancia.
Roberto no tenía ni idea sobre razas de perro y allí escondido en la esquina, amparado por la oscuridad menguante, lo único que quedaba claro era que aquel can estaba demacrado y delgado. Una bolsa de pelo y hueso, cagado de miedo y aun más perdido que el propio Roberto. Con la espalda destrozada de dormir en el raso, se incorporó lentamente desperezándose y estirando los brazos. Al hacerlo, vio la lata abierta de albóndigas tirada por el suelo terroso de la vieja iglesia. Sin duda el olor a comida (y puede que también el calor de la hoguera) había sido el detonante que al fin había hecho que su perseguidor diera la cara. Sin duda la sorpresa era mucho más grata de lo esperada.
Con cierto esfuerzo, al que había que sumarle una punzante sensación de dolor en el tobillo, Roberto se calzó sus deportivas montañesas y se aproximó a la esquina donde el lastimoso sabueso seguía gimoteando como si le hubieran dado ochocientas palizas, ochocientos dueños diferentes.
– ¡Qué pasa muchacho! – Le dijo afectuosamente al perro mientras alargaba una mano tímidamente, acercándola a su hocico. – ¿Te gustaron las sobras de las albóndigas? Cómo sois los perros ¡Si me hubieses avisado antes hubiera preparado para los dos! – Sin casi darse cuenta, Roberto estaba hablando después de no sabía cuanto tiempo. Su voz le sonaba rara, casi ajena.
El perro, lejos de mostrarse hostil con aquel que le había mordisqueado el lomo mientras buscaba calor para hacer más llevadera la fría noche, le lamió la palma de la mano a Roberto que no pudo más que reír fruto de las cosquillas que le producía el húmedo apéndice al pasar entre sus dedos.
Roberto rió con ganas mientras el perro le relamía los dedos como si aun quedaran restos de comida. Se alegró de no haber perdido la capacidad de reír aun cuando había estado en las mismísimas manos de la muerte. Roberto le arrebujó el pelo de la cabeza al perro que, lejos de estar molesto por los pelos arrancados de su lomo, continuaba lanzando impetuosos lengüetazos.
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