Episodio XXXVI

Un perro escuálido de mediana estatura, pensó Roberto (que nunca había tenido una mascota) con el pelaje sucio, marrón y quebradizo debido a la mala alimentación. Tenía cara de viejo, con el hocico gris gastado, las orejas gachas y la mirada bobalicona y algo desquiciada del que ha visto las locuras más inhumanas y es incapaz de expresarlo. Aun así Roberto no tenía ni idea de cual podía ser realmente la edad del pobre animalillo ¿Cuántos años perrunos podía tener aquella criatura? Para Roberto podía tener tres o trescientos años, pero suponía su aspecto no debía de ser un buen indicativo de su edad, pues seguramente él también estaba muy desmejorado, con las barbas que empezaban a invadir sus facciones de nuevo y el pelo enmarañado tapándole cada vez más la frente.

Pese a todo, sólo habían hecho falta cuatro carantoñas para que ambos se encariñaran el uno del otro. El uno le había rascado tras las orejas al otro y el otro le había lamido la mano al uno, y eso había sido lo más reconfortante que Roberto había sentido en meses. El contacto con otro ser vivo era un recurso tan escaso que ya casi había olvidado lo que era.

“¿En meses dices? En toda tu anodina vida no has sentido emociones más fuertes como las que has podido sentir en este último mes”. Sentenció uno de sus duendecillos dentro de su cabeza, y tenía toda la razón. No podía decir que le gustara su nueva vida, pero Roberto se había visto sorprendido al reconocer que tampoco podía afirmar lo contrario.

Roberto hizo arder unos cuantos trozos de madera más en las apagadas cenizas de la hoguera y puso otra lata a calentar. Esta vez eran lentejas. Encalló la lata entre los pedazos de madera y dejó que el fuego la envolviera e hiciera burbujear el líquido marrón de su interior. El perro saltaba y brincaba emocionado alrededor del fuego con la lengua fuera mientras emitía un apagado ronquido asmático que distaba mucho de un auténtico ladrido. A Roberto le dio la impresión de que aquel animal había pasado muchísima más hambre que él. La verdad es que él se tenía que sentir afortunado: Estaba vivo y prácticamente no le había faltado comida.

Cuando el contenido se calentó y su olor empezó a hacerse evidente, Roberto quitó la lata del fuego con la ayuda de un trapo y derramó una parte del caldo con algunas legumbres y trozos de chorizo sobre la lata de las albóndigas y se la dispuso a su nuevo amigo mientras él se quedaba con la mayor parte. Los dos apuraron su ración con la velocidad del rayo y por un momento, ambos compartieron una mirada cómplice que parecía decir: “¿Esto y ya está? ¿De verdad que no hay más?”. Y aun así, había sido un gran desayuno que había calmado el frío de sus cuerpos. Nunca hubiera pensado que unas lentejas por la mañana pudieran sentar tan bien. El perro sacó la lengua y ladró con su apagado ladrido. A Roberto le dio la impresión de que estaba sonriendo.

Desde que lo viera por primera vez a Roberto aquel perro le había recordado a alguien. No obstante, no fue hasta el momento en que se miraron a los ojos reclamándose mutuamente un desayuno más digno cuando Roberto tomó conciencia de a quién le recordaba aquel perro.

“El perro de Fry” Dijo otra vez uno de los duendecillos en una voz tan clara que casi creyó escucharla de verdad. “Es el jodido perro de Fry. Espero con ansia que nos deleite con su espectacular versión del Walkin’ on Sunshine”. Por lo visto los duendecillos se habían despertado hoy tan animados como el propio Roberto.

Roberto no pudo reprimir una carcajada que resonó abiertamente dentro de los gruesos muros de roca de la pequeña capilla. En su anterior vida Roberto había visto innumerables capítulos de una serie llamada Futurama y en uno de ellos Fry, el protagonista, encontraba a su “prehistórica” mascota que, pese a protagonizar sólo un capitulo, había calado hondo en el corazón de sus seguidores con su inefable imitación de aquella canción de Katrina & the Waves a base de ladridos. Seymour se llamaba. Pues bien, por lo visto Roberto había encontrado a la versión real de aquella carismática mascota. El perro, ajeno al motivo por el que su nuevo dueño reía, parecía alegrarse y saltaba y corría con la boca abierta y la lengua colgando a un lado, los ojos tan brillantes que parecían el reflejo de la mismísima felicidad.

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