Episodio I

Como era de esperar, el haz de luz desapareció con rapidez y el hueco por el que la luz se colaba fue sellado por otras nubes. En cuestión de minutos el día se había vuelto idéntico al anterior, y al anterior del anterior. Para cuando Roberto estaba listo para emprender su nueva marcha la profética “señal” ya se había esfumado del horizonte. No obstante, eso no le frenaría en su empeño, pues sabía donde tenía que ir. Más o menos.

La distancia se intuía larga, pues desde allí arriba, entre las ruinas del pequeño castillo, solo alcanzaba a vislumbrar la elevación del terreno, en dirección nordeste, por donde el haz de luz se había ocultado. Desde allí no era más grande que su puño. El haz, un fino hilo. Sobre el montículo, la emblemática y futurista torre de una conocidísima empresa de comunicaciones y el palacio de deportes, inaugurado en las olimpiadas del 92, se mostraban como efímeras miniaturas que se pudieran vender en la más cutre tienda de souvenirs.

Roberto recordaba el camino de descenso. Él había llegado al castillo por el camino que accedía por el oeste, un camino más ancho y cómodo. No obstante también existía un camino más rápido: Un sendero que descendía de una forma más directa hasta una ermita y luego hasta un barrio residencial perteneciente a la localidad colindante de la que procedía Roberto. Saltó la verja introduciéndose a Albóndiga dentro de la chaqueta, el cual al principio se revolvió un poco para finalmente calmarse y se dejarse hacer. Notando el calor y los latidos casi taquicárdicos del perro pegados a su pecho, Roberto tuvo que remontar la verja y saltar con sumo cuidado al apoyar los pies en el irregular firme. El tobillo le aguantó pese a todos los bártulos que colgaban de su espalda y Roberto se alegró que la recuperación de su pequeña lesión fuera tan rápida. Abrió la cremallera de la chaqueta y Albóndiga saltó tranquilamente al suelo dedicándole luego una mirada inquieta, como diciendo “¿Y ahora qué? ¿Hacia dónde nos dirigimos?”. Roberto pareció pillar la indirecta y se dirigió al estrecho camino bordeado por arbustos que iniciaba la bajada con Albóndiga pegado a sus talones, meneando alegremente la cola.

El descenso por el angosto sendero fue tal y como Roberto lo recordaba. Pronto, pese a que iba cuesta abajo, empezó a sudar y a notar como el tobillo dolorido llegaba al límite cada vez que tenía que apoyarse en una piedra o realizar un pequeño salto para salvar un obstáculo. En contraposición, Albóndiga parecía pasárselo en grande, saltando obstáculos y escurriéndose entre las rocas para esperar a Roberto mirándolo con curiosidad. Tras unos largos minutos, lo peor del descenso quedó atrás para dar paso a un camino estrecho y pedregoso pero de mucha menor inclinación.

No hubieron ni trascurridos treinta minutos cuando Roberto alcanzó finalmente la última de las marcas en la piedra que delimitaban la travesía y se topó de frente con la pequeña ermita románica (o eso había pensado siempre Roberto, el cual no era precisamente un erudito en el tema) a la que tantas veces había acudido en aburridísimas excursiones de instituto. A escasos cincuenta metros de allí se encontraba la sinuosa carretera que serpenteaba cruzando varios pueblos que se diseminaban por toda la sierra litoral, y a ambos lados de la carretera, grandes casas de varios pisos, muy parecidas a las que había dejado atrás el día anterior.

Casas. Carreteras. Civilización. A Roberto se le erizaron los pelos de los brazos por un momento, pues todo aquello ahora no significaba más que una cosa: Muertos. Era tan solo un tramo de unos cien metros y pico de asfalto bordeados a ambos lados por casitas muy monas y un restaurante. Sin duda aquella zona había estado muy poco poblada y era casi imposible que una horda de muertos le sorprendiera allí.

Aun así aquello no le gustaba un pelo y aun así continuaron sus pasos (que ya habían superado la ermita del mismo rojo terroso que toda la roca de aquella zona), pues ahora debía descender por la carretera un buen trecho y caminar por allí era exponerse a las vacías miradas de los muertos vivientes que por allí anduviesen. Una cosa estaba clara, mientras antes y más rápido lo hiciera, mejor.

Sigue leyendo » Episodio II;

Un comentario en "Episodio I"

  1. Islabobo
    01/09/2011 at 4:43 Permalink

    Descubri ayer tu pagina de casualidad y ya me zampe todos estos capitulos , tio mola la historia , haber como sigue .

    Buen trabajo

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